Al pie de la escalera

Tassie es una chica de familia campesina que se traslada a una ciudad para estudiar en la Universidad. Allí encuentra un trabajo como canguro de una niña negra que acaban de adoptar unos padres blancos. La historia no es la que parece y a medida que avanzan las páginas nos damos cuenta de que la historia radica en el interior de Tassie y en esa visión tan sorprendente como deliciosa que va dando a ese mundo que la envuelve. Los personajes aparecen como deshilachados, si es que un personaje puede considerarse formado por hilos, pasan por su vida como los acontecimientos, desapareciendo, pero volviendo una y otra vez como esos impulsos del subconsciente que no podemos controlar.
Es imposible no dejarse seducir por el personaje de Tassie, esta veinteañera, creada por la escritora norteamericana Lorrie Moore y que en un monólogo tan variado como sorprendente nos va narrando esta novela. El color de su mirada destella más que el espectro de colores del arco iris y nos permite ver más allá de esas cosas habituales que, un espectador normal, captaría. Impresionan esas descripciones tan pormenorizadas y vivas de la naturaleza que si cerramos los ojos nos pemiten escuchar el vaivén de las ramas al ser agitadas por el viento o el trino de los pájaros. Una de esas novelas que nos permite reconciliarnos con la literatura.
"Tenía la sensación de que en casa todos, y me incluía a mi misma, éramos como personajes de un cuento tenebroso y espeluznante, cada uno de un cuento distinto. Todos éramos personajes grotescos, pero pertenecíamos a narrativas distintas, y por eso nuestras interacciones eran extrañas y sin sentido, como ocurría con los personajes de una obra de Tennessee Williams, con sus respectivas intervenciones locas y anodinas, y a la vez sobrecogedoras. Sólo Mary-Emma parecía immune, normal, como si no fuera parte de la obra, pese a que lo era, y a que sin duda tenía sus soliloquios, y los tendría más adelante en la vida. ¿Cómo no?".
Desmemoria

Llevaba años ejercitando la desmemoria e intentando olvidar, pero aquello no funcionó. Cuando te conocí, cambió el signo de mis recuerdos y empecé a ejercitar la memoria, pero no sé si sería por el poco uso, tampoco funcionaba. Ahora he decidido detenerme y vivir el presente...¡espero que, al fin, funcione!
Rumor
Aprovechando el día tan maravilloso que hacía me fui a pasear junto a la orilla del mar donde me detuve a escuchar ese rumor de tus palabras que me llegaba envuelta en la tórrida espuma de las olas, cuando rompían en la orilla lamiéndome los pies.
Preocupación nocturna

No debí hacerlo, no debí hacerlo…y por culpa de eso ahora no puedo pegar ojo. Ya sé que no es excusa, pero llevaba demasiado tiempo aguantándome y una es caprichosa. Quizás, aparte, es que soy demasiado sensible y me gusta dejar que mis sentimientos fluyan. Llevo ya mucho tiempo trabajando a su lado y un día que un rayo de sol iluminó su perfil, abrazándolo, me fijé especialmente en él. Desde entonces no podía quitarle ojo. Claro que hacía mi trabajo y atendía a los clientes, pero algunas veces, cuando devolvía el cambio o enseñaba a las clientas los vestidos, me descubría despistada mirándole. Me gustaba ver las distintas vestimentas que tenía, todas le quedaban de maravillas y alguna vez me acercaba, como si fuera a coger algo de su alrededor a aspirar algo de ese olor tan sugestivo que emanaba..
Pero anoche fue mi perdición, estaba a solas con él, mirándolo con descaro al abrigo de otras miradas que me observaran, mientras preparaba el escaparate para el cambio de temporada. La cercanía de la primavera me tenía algo revuelta e incluso había estrenado un lápiz de labios de un escandaloso tono rojo brillante, que acababa de comprar en la sección de perfumería. Estaba próximo a él y…no me pude reprimir mis labios se lanzaron a los suyos, con la fuerza de estar realizando un sueño. Él permaneció estático con aquella mancha roja que ahora resaltaba escandalosamente en sus labios.
No debí hacerlo…por más que lo intenté no hubo forma de limpiarle los labios, debe ser que el lápiz de labios ha hecho alguna reacción con la materia de la que está hecha ese maniquí y se ha convertido en una mancha permanente. Lo peor será mañana cuando se descubra el escaparate y todo el mundo vea ese maniquí de labios chillones…¿cómo explicaré eso?
Más cuentos para sonreír

Si hiciéramos una metáfora gastronómica, una novela equivaldría a un copioso almuerzo y unos cuentos a los aperitivos, a esto “saben” los más de trescientos cuentos que nos trae esta antología. A unos aperitivos que, al tener autores tan diferentes, compensan las diferentes calidades que pudieran tener con la gran variedad que presentan. Hay algunos que son francamente buenos y que, con esa brevedad que caracteriza al cuento, nos anima a releerlos. En otros descubrimos más buena voluntad que un verdadero interés literario. Pero eso sí, es un libro que continuamente nos está sorprendiendo y cuando terminamos de saborear cada uno y vemos el siguiente a continuación, pensamos que todavía tenemos algo de apetito y esa impaciencia golosa que también se da en la literatura nos invita a hincarle el diente al que viene detrás y a no esperar al día siguiente.
El cuento, el relato, ese que parece ser el hermano pequeño de la novela, es un género vivo, que requiere una espontánea agilidad para darle formas atractivas y no dejar que el interés decaiga, ni un solo instante, en tan pocas palabras. Sin duda, para los que leen poco, es un empujón, un aperitivo, para introducirse en ese proceloso y sugerente mundo de la literatura, por lo que siempre han de ser bienvenidas las antologías como, la que en este caso, nos ocupa.
Palabras

Las palabras, si tenemos la capacidad de prestarles atención, nos despiertan y revelan sensaciones más allá de la combinación habitual de sus letras. En este caso estas solitarias letras metálicas sobre una valla callejera, parecen anunciarnos que a estas horas y al otro lado de esa valla está despertando la aurora y además, ¿por qué no?, que puede ser un hermoso amanecer.
Soñando en ombligo

Desde que te vi desnuda, aquella primera vez, bajo la sombra de aquel manzano, quedé prendado por las formas de tu ombligo. Aquel círculo, tan menudo como perfecto, con una leve hondura que sombreaba esos pliegues interiores de formas tan sensuales como caprichosas, despertaba mis deseos y disparó desaforadamente mis más hondos apetitos.
Después de eso he visto muchos ombligos de mil formas y tamaños, desde esos que se ocultan en las oscuras profundidades de la barriga, hasta esos otros que sobresalen descarados y gustosos que invitan a saborearlos, algunos que adquieren formas caprichosas e incluso otros parecen como un párpado sin pestañas que ocultara la entrada a la cueva de los más apetecibles placeres, aunque… ninguno como el tuyo tan perfecto y único del que anhelo cada día ese momento en que puedo acariciarlo…
-Desde luego Adán, algunas veces eres tan tan obsesivo...
-Ten en cuenta Eva, que lo que uno siempre echa más de menos es aquello de lo que carece.
El viejo púlpito

Mis pasos perturbaron el silencio y la quietud de la vieja iglesia de pueblo, a pesar de que se deslizaron silenciosos por la pulida superficie de su suelo. Las luces de los cirios que iluminaban los altares, agitadas por un viento invisible, provocaban sombras caprichosas en aquellos muros, bañados en penumbra. Al girar una gruesa columna, serpenteando en torno a ella, me topé con la subida del viejo púlpito.
Sus escalones, desgastados en madera de un tono oscuro indefinido, rezumaban polvo de años, que parecían agarrarse con fuerza, cual percebes a sus rocas, y ascendían pesadamente hacia esa altura donde se abría el púlpito. No era difícil imaginar, hace años, los pasos producidos por los anchos zapatones de algún clérigo de luenga sotana, al subir, con esa soltura que da la habitualidad, aquellos escalones para proceder a su prédica. Desde aquella altura a superioridad distancia de los bancos atestados de fieles, emitiría sus soflamas con voz impostada y blandiendo, a modo de arma, un dedo dirigido al cielo, con lo que querría indicar su cercanía al mismo o señalando a alguien, lo que implicaba la vergüenza del apuntado. Sus palabras asustarían más que convencerían, sobre todo cuando citaba aquellos tormentos apocalípticos que ponían e alma en un puño y advertía sobre las nefastas secuelas de los malos comportamientos.
Esto ha cambiado, afortunadamente, ya no habla el sacerdote desde aquella “cercanía” al cielo sino desde ese suelo a ras de sus oyentes. Ya no pretenden asustar sino convencer y hablar de un Ser que no persigue para castigar, sino que acompaña amorosamente en el camino de cada día. Por eso, cuando miro esos viejos escalones polvorientos, me gusta el que tengan ese polvo incrustado consecuencia de que nadie los pisa desde hace mucho tiempo.
El lazo azul

Me citaste en una playa lejana, costándome trabajo llegar hasta allí, era una cala solitaria en las que las olas espumeaban la orilla. Siempre me gusta llegar con tiempo suficiente a las citas y tendiéndome en la toalla me dejé acariciar por el sol disponiéndome a esperarte. La brisa jugueteaba con los granos de arena que formaban remolinos en torno a mis pies. A lo lejos escuché tu voz, que me llamaba. Al volver la cabeza me sorprendí gratamente al contemplarte, totalmente desprovista de ropa, mientras te acercabas.
Era la primera vez que veía tu cuerpo desnudo y quedé admirado con aquellas curvas ampulosas que se volvían sobre tí misma trazando unas líneas, que me parecieron, marcadamente sensuales. Destacaban tus pechos que con oscilaciones disimétricas caldeaban el aire a su alrededor. Tus pies hoyaban la arena y dejaban tras de ti el reguero de tu camino. No sabía cual era el motivo de aquella cita y el aroma de tu proximidad no hizo sino aumentar mis dudas.
Me miraste con ojos límpidos mientras extendías tus manos hacia las mías, de pronto una ráfaga de viento agitó tu melena rizada, que al bambolearse con el aire dejó al descubierto algo que llevabas prendido sobre tu cabellera: ¡un lazo azul! Ahora lo comprendí todo. Te conozco bastante bien y sé lo especial que eres para muchas cosas, nunca das un regalo sin coronarlo con un lazo. En esta ocasión, aunque estuvieras desprovista de todo, si habías decidido, en ese momento, "regalarme" tu cuerpo, no podía faltar el lazo azul.
Entre catedrales

Cuando uno recorre la ciudad de Cádiz, descubre una original estructura de calles estrechas y en algunos momentos se parece pasear por un laberinto, donde repetimos las esquinas, ya que muchas parecen iguales. Cuando uno tiene la habilidad de encontrar alguna de las salidas de ese laberinto, siempre tiene el mismo premio: el mar, que rodea a toda la ciudad como un collar de perlas.
En una de esas salidas se encuentran las dos catedrales, la nueva y la vieja, y entre ellas se acaba de inaugurar este espacio arquitectónico, "entre catedrales". Así se llama ese recoleto y níveo rincón, que rodeado de los muros ásperos de piedra ostionera de los dos templos gaditanos, se alza, como un extenso mirador, frente al mar. Es un lugar digno de visitar y sentados en sus bancos marmóreos, los tiene de sol y sombra como los cosos taurinos, dejar que la mirada se mezca en ese vaivén continuo y eterno que producen los rayos de sol sobre el verde brillante del océano. El oído se acaricia por el rumor asíncrono de las gaviotas que cruzan el cielo. ¡Cómo no detenerse a disfrutar de la quietud y el recogimiento al que aquel escenario invita!
