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Rumor
Aprovechando el día tan maravilloso que hacía me fui a pasear junto a la orilla del mar donde me detuve a escuchar ese rumor de tus palabras que me llegaba envuelta en la tórrida espuma de las olas, cuando rompían en la orilla lamiéndome los pies.
Palabras

Las palabras, si tenemos la capacidad de prestarles atención, nos despiertan y revelan sensaciones más allá de la combinación habitual de sus letras. En este caso estas solitarias letras metálicas sobre una valla callejera, parecen anunciarnos que a estas horas y al otro lado de esa valla está despertando la aurora y además, ¿por qué no?, que puede ser un hermoso amanecer.
El viejo púlpito

Mis pasos perturbaron el silencio y la quietud de la vieja iglesia de pueblo, a pesar de que se deslizaron silenciosos por la pulida superficie de su suelo. Las luces de los cirios que iluminaban los altares, agitadas por un viento invisible, provocaban sombras caprichosas en aquellos muros, bañados en penumbra. Al girar una gruesa columna, serpenteando en torno a ella, me topé con la subida del viejo púlpito.
Sus escalones, desgastados en madera de un tono oscuro indefinido, rezumaban polvo de años, que parecían agarrarse con fuerza, cual percebes a sus rocas, y ascendían pesadamente hacia esa altura donde se abría el púlpito. No era difícil imaginar, hace años, los pasos producidos por los anchos zapatones de algún clérigo de luenga sotana, al subir, con esa soltura que da la habitualidad, aquellos escalones para proceder a su prédica. Desde aquella altura a superioridad distancia de los bancos atestados de fieles, emitiría sus soflamas con voz impostada y blandiendo, a modo de arma, un dedo dirigido al cielo, con lo que querría indicar su cercanía al mismo o señalando a alguien, lo que implicaba la vergüenza del apuntado. Sus palabras asustarían más que convencerían, sobre todo cuando citaba aquellos tormentos apocalípticos que ponían e alma en un puño y advertía sobre las nefastas secuelas de los malos comportamientos.
Esto ha cambiado, afortunadamente, ya no habla el sacerdote desde aquella “cercanía” al cielo sino desde ese suelo a ras de sus oyentes. Ya no pretenden asustar sino convencer y hablar de un Ser que no persigue para castigar, sino que acompaña amorosamente en el camino de cada día. Por eso, cuando miro esos viejos escalones polvorientos, me gusta el que tengan ese polvo incrustado consecuencia de que nadie los pisa desde hace mucho tiempo.
Entre catedrales

Cuando uno recorre la ciudad de Cádiz, descubre una original estructura de calles estrechas y en algunos momentos se parece pasear por un laberinto, donde repetimos las esquinas, ya que muchas parecen iguales. Cuando uno tiene la habilidad de encontrar alguna de las salidas de ese laberinto, siempre tiene el mismo premio: el mar, que rodea a toda la ciudad como un collar de perlas.
En una de esas salidas se encuentran las dos catedrales, la nueva y la vieja, y entre ellas se acaba de inaugurar este espacio arquitectónico, "entre catedrales". Así se llama ese recoleto y níveo rincón, que rodeado de los muros ásperos de piedra ostionera de los dos templos gaditanos, se alza, como un extenso mirador, frente al mar. Es un lugar digno de visitar y sentados en sus bancos marmóreos, los tiene de sol y sombra como los cosos taurinos, dejar que la mirada se mezca en ese vaivén continuo y eterno que producen los rayos de sol sobre el verde brillante del océano. El oído se acaricia por el rumor asíncrono de las gaviotas que cruzan el cielo. ¡Cómo no detenerse a disfrutar de la quietud y el recogimiento al que aquel escenario invita!
Lo primero...

...ha sido abrir los ojos, lo segundo abrir la boca simultaneándola con un bostezo y lo siguiente, acudir medio adormilado al ordenador para escribirte este correo y decirte que, tras este paréntesis de la siesta en que había estado soñando contigo, tras despertarme, como cada minuto desde que te conocí, he vuelto a vivir contigo.
De difuntos

Nos decía un profesor de Filosofía, que la idea de la muerte siempre la tenemos presente, pero que, sin embargo, no siempre estábamos pensando en ellas. Sin duda, que esto sería agotador y algo desquiciante. Sin embargo, hay momentos en el año, como estos días, en que la muerte en algunas de sus formas se inocula más en nuestra cotidianeidad.
Dos tradiciones perviven a este respecto, por un lado esa tradicional visita al cementerio a adecentar las lápidas de nuestros difuntos y poner unas flores de precios prohibitivos y por otro, esa especie de tétrico carnaval de calabazas y calaveras que exportado de tierras americanas cada día, tiene más aceptación entre los jóvenes. Esto segundo me parece una invento un tanto absurdo, en cuanto a la visita al cementerio, voy alguna vez, pero nunca en esta época de atascos de los pasillos entre lápidas y desde luego con el respeto que puedo tener a los restos de mis seres queridos, sé que de ellos queda bien poco ahí y no creo que haya que darle lustre a la piedra que tapona ese hueco. A mí no me gustaría que mis restos quedaran en ningún sitio, que se incineraran y volaran al viento. Que quien quiera recordarme no necesite de viejos huesos carcomidos por los años, sino por lo que durante mi vida haya podido dejar en ellos.
En relación con este mismo tema, el otro día en mi trabajo me ocurrió una cosa curiosa. Después de solucionarle un problema a una señora, me confiesa que hace unos días pasaron un verdadero sofocón en su casa, porque alguien les había comentado que yo me había muerto. La señora me comentaba esto sonriente y me decía que había pensado:
-¿Quién me va a solucionar a partir de ahora estos problemas que este hombre me resuelve tan estupendamente?
Brillo en el cielo

Aunque el atardecer llegue una hora antes, no es obstáculo para que este espectáculo tan barato como maravilloso se haya producido esta tarde en el cielo.
Fiesta local
Los días de fiesta local, como el de hoy, tienen un aroma especial, en mi pueblo todo se paraliza. Todos los comercios están cerrados, el silencio de las calles sólo son rotas por el ruido de las suelas de los escasos paseantes y hasta los pájaros parecen enmudecer. Es extraña esa sensación de reloj detenido, cuando a sólo a unos escasos kilómetros el ajetreo laboral bulle como en un día normal. De hecho la mayoría de los centros comerciales y pueblos de alrededor están llenos de mis convecinos que huyen de lo que para ellos supone un pesado silencio.
Hay otro grupo que ven el día como un regalo para realizar, con desusado sosiego, aquello que en los demás días no pueden hacer. Ya no sólo hablo de todos aquellos con los que me topé esta mañana paseando junto al mar en esa lucha cotidiana del andurrear contra el colesterol, sino algunos, mucho más coloristas, aprovecharon la mañana para dar capotazos en rojo sangre sobre la arena, pensando ¿quién lo sabe? en un más o menos cercano triunfo en otra arena distinta.
Los más jartibles

Cuando se acercan tiempos malos, hay dos posturas: la del que va sacrificándose en preparación a lo que se avecina o la del que vive lo bueno hasta el último instante pensando que ya habrá tiempo para pasarlo mal cuando no haya más remedio. Con la climatología pasa parecido, los más previsores ya sacaron las ropas de invierno, pero estos de la foto, tomada hoy doce de octubre en un lugar cercano a Rota, los más jartibles de la playa disfrutan del sol y del mar como si estuvieran a principios del mes de agosto.
Momento mágico

Hay muchas veces en la vida momentos mágicos que salpican nuestra existencia y en los que nos acercamos al significado de la palabra felicidad. No suelen ser momentos ruidosos, ni envueltos en bullicio y aunque tengamos los pies en la tierra parece que con los dedos estemos tocando las estrellas.
En el pasado fin de semana tuve uno de esos momentos mágicos, sentado en un banco de piedra y contemplando los álamos de la orilla del Tormes, mientras el rumor del agua se acompasaba con el descenso trémulo, a través del aire, de las hojas secas que alfombraban caprichosamente el suelo. El sol desprendía los últimos rayos de la tarde, alargando la sombra de los chopos, y entonces fue, cuando me di cuenta que para tener un momento mágico, como ése, sólo hacía falta algo: la capacidad de disfrutarlo.
Portátiles ¿de regalo?

La Junta de Andalucía a través de la Consejera de Educación ha anunciado que durante el próximo curso se le regalará un ordenador portátil a todos los alumnos de 5º y 6º de primaria, en total poco más de 173.000. Me cuestiono si es tan necesario, sobre todo en los tiempos de crisis que estamos sobrellevando, ese gasto que no creo que sea tan imprescindible para la educación de nuestros hijos. Más bien lo que suele ocurrir a esas edades es que tenemos que restringirles el tiempo de acercamiento a los ordenadores y motivarles para que trabajen más tiempo con los libros y cuadernos.
No es difícil figurarse una clase de 25 alumnos tecleando, con un profesor que, quizás ha sido introducido recientemente por pura necesidad a las nuevas tecnologías, e intentando centrarlos en el estudio de una determinada página académica. Mientras, los alumnos que la mayoría a esas edades dominan con maestría la informática, cuando no son verdaderos hackers, se dedican a chatear por el Messenger o a comentar fotos en el Tuenti. Los ordenadores se podrán llevar a casa y es fácil imaginar algunos haciendo de postes de portería de fútbol en el patio de recreo. Luego llegarán a casa y se encerrarán en su cuarto durante horas con el ordenador, hay mucha tarea se excusarán a los padres, quienes no entenderán como después de tantas horas de “trabajo” en casa sacan sus hijos esas notas tan nefastas. Todo ello sin contar cuando se estropeen los ordenadores ¿habrá un técnico de mantenimiento en cada centro?
Creo, en definitiva, que la Consejería de Educación podría ahorrarse esa inmersión obligada a los alumnos en la informática y dedicar ese dinero y esfuerzo a educar en esas asignaturas y valores de las que tanto cojean nuestros escolares.
Provocación

No me preocupan los problemas, mientras no me falten las fuerzas para enfrentarme a ellos. . Rebusco en mi silencio y me siento a gusto con lo que me rodea. Descubro en los demás sus resquicios de bondad. No me afectan los pesimismos ajenos, no voy en busca de verbenas, ni me solazo en las muchedumbres jaleosas. Sin duda, a todo ello le afecta la provocación, que tú me haces, a la vida cada mañana.
Aromas de septiembre

La playa casi desierta nos trae en un hálito la próxima nostalgia del otoño. Los colores se atenúan en la paleta del cielo mientras el ruido bullicioso del gentío del verano ha sido sustituido por el graznido intermitente de gaviotas que planean próximas y se posan elegantes, picoteando la arena en búsqueda de comida, sin que nadie les interfiera. Los que pasean, ejercitando sus piernas por la orilla del mar, con cara de que les queda menos de un año para irse de vacaciones, se resisten a separarse del mar, desafiando la caída de las hojas del calendario.
Una pareja, madre e hija adolescente, resisten sentadas en sendos sillones sobre la arena, envueltas en toallas, para contrarrestar los aires vespertinos de septiembre. Conversan y una ráfaga de aire me trae fragmentos de las palabras experimentadas de la madre:
-Lo que ocurre es que ahora hay una gran confusión, el acostarte con uno no quiere decir que te guste.
La hija calla, con la mirada perdida hacia más allá de su corazón, y oye esas palabras que de tanto oirlas solo la rozan levemente. Su mirada queda atrapada por ese cubo de plástico solitario que está junto a la madre y estoy seguro, de que le invade el recuerdo de antiguos veranos y por un instante le apetecería quitarse el uniforme de mujer y ponerse el de niña en el que su mayor problema en la playa era que el castillo de arena quedara bien hecho.
Entre San Polo y San Saturio

He recorrido muchos kilómetros durante este verano, pero, sin duda, los más deliciosos han sido los paseados en Soria entre las ermitas de San Polo y San Saturio, bordeando la orilla del Duero a los sones del rumor alegre de las ramas de los chopos, mientras mi interior se regocijaba en los versos de Antonio Machado, que tan bien supo retratar en sus palabras los Campos de Soria: He vuelto a ver los álamos dorados, Estos chopos del río, que acompañan ¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria —barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra—.
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!
Caminando entre cascotes

El deambular por el mitológico laberinto de Creta se ha convertido en un juego de niños comparado con el circular por donde yo vivo. Debe ser uno de los lugares donde el estado más ha invertido, con motivo de la crisis en obras públicas y, cada día, nos encontramos que una nueva calle sucumbe al efecto de la piqueta. Ese dinero debe gastarse en un determinado período de tiempo, lo que ocasiona es que todas las obras se realicen al mismo tiempo, afectando de manera importante al devenir cotidiano.
Cuando salgo de casa a las 7,30 de la mañana, por las distintas calles aún solitarias se observan extraños ejércitos de excavadoras con sus focos encendidos, acompañados de una infantería uniformada de cascos de plásticos y chalecos reflectantes que se van extendiendo por las distintas calles. Se distribuyen en su lugar y empiezan a destrozar el suelo, hacer socavones, meter tubos, tender cables...atronando el aire con sus ruidos y despertando a los sufridos durmientes que, con motivo de sus vacaciones, pensaban despertarse más tarde.
Los conductores nativos debemos encontrar, cada día, caminos imaginativamente nuevos , mucho más largos, por calles por las que antes nunca pasábamos para llegar a nuestros destinos habituales. Los conductores forasteros fiados del gps, observan como éste se vuelve afónico insistiendo que cojan por determinada calle que descubren que está cortada y repleta de agujeros terrosos. La circulación a pie por dichas calles se hace especialmente compleja, sobre todo si caminas en una silla de rueda o paseando un cochecito de bebé. Los aparcamientos han disminuido apreciablemente.
Lo único bueno es que estamos desarrollando la virtud de la paciencia hasta extremos inimaginables y esa idea a laaaaaaaaaarguisimo plazo que prometen los políticos que tendremos una ciudad hermosa.
Sólo una hoja del calendario

Cuando veo que el sol empieza a ocultarse en el mar y miro las últimas horas, descubro un día diferente. Esa inusual algarabía matinal que me ha rodeado: besos y abrazos variopintos. Timbres sonoros de llamadas telefónicas tras la que aparecen algunas voces queridas, otras desconocidas y, alguna que otra casi olvidada. Voces que quieren resultar alegres y que te animan, te sonríen sin ver sus bocas o se solidarizan con tu situación. Papeles de regalo que desgarrados se acumulan sobre la mesa creando con sus brillantes colores un mosaico caprichoso, dejando al descubierto los regalos que encerraba en una mezcolanza que se reparte entre útiles e inútiles.
Siempre hay algún regalo sorprendente, maravilloso como si brotara de la lámpara de Aladino, que nunca se te hubiera ocurrido pedir y, sin embargo, es algo mágico en todos sus aspectos. La comida es jaleosa, frente al mar. Las gaviotas se mecen, extrañamente estáticas, en las ráfagas del aire. El ruido resacoso llegó hasta más allá de cuando nos encontramos a solas, yo y mi silencio.
¡Cuánto jaleo por cumplir un año! Y si lo pienso el único cambio visible con el día de ayer es que el calendario tiene hoy una hoja menos.
Paris, Paris
Siempre se agradece el abandonar por unos días el suelo que habitualmente pisamos e ir a un lugar diferente donde, a medida que nuestros pies se agotan al caminar, nuestra mirada se amplía y nos ayuda a descubrir cosas nuevas. Eso es lo que he hecho durante varios días en Paris. Hubo cosas peculiares en esta ciudad que me llamaron la atención:
-Si te paras en un paso de cebra los coches nunca paran. Hay que cerrar los ojos cruzar y cuando te ven en mitad del paso de cebra se detienen.
-Los trenes del metro, al revés que en Madrid, llegan a la estación por la izquierda.-Cuando entras a comer en algún sitio, preferible pedir agua del grifo, que sale gratis, que una botella de agua mineral que te puede salir por tres veces lo que una cerveza en España.
-Las cafeterías aprovechan mucho el sitio y las sillas se encuentran excesivamente pegadas. Es dificil mantener así una charla con una cierta intimidad con alguien y más cuando encima las sillas de las terrazas no se ponen una frente a otra, para que se miren los que se sientan juntos, sino mirando hacia la calle.
-Si quieres ver bien el cuadro de la Gioconda...¡no vayas al Louvre! La enorme sala en la que se encuentra siempre está atestada de gente haciendo fotografías a un cuadro que se ve a lo lejos con un cristal que enturbia su vista. Es fácil llevarse un pisotón o un codazo en dicho empeño.
-Si eres aficionado a los comics no dejes de pasar por la rue Dante, cerca del barrio latino, la disfrutarás.
-Si tienes niños mejor llevarlos a los museos antes de que cumplan dieciocho años, te sadrá la entrada gratis.
-Las calles se notan seguras, no es para menos cuando por la explanada de hierba que hay delante del Louvre, te ves pasear a tres jóvenes soldados con sus fusiles ametralladores en las manos.
-Para probar helados riquísimos no dejes de ir a la isla de San Luis ese recoleto terreno situado calladamente tras Nôtre Dame.
-Si montas en el metro no se te ocurra perder el billete, cuando menos lo esperas te encuentras un pasillo cortado por tres inspectores con cara de pocos amigos que te piden el billete para seguir el camino. No sólo lo piden sino que lo revisan comprobando fecha con detenimiento.
-Por 1,60 € vale la pena ahorrarse los nosecuantos escalones de subida al Sacre Coeur y subir en funicular. Mejor lleva el dinero suelto que no hay forma de oir y menos de entender a la chica que vende los billetes arriba.
-Si tienes "suerte" y tu avión se retrasa dos horas, aparte de hacerte amigos de toda la vida con tus compañeros de vuelo, la compañía aérea te regalará un bocadillo y una bebida.
La violinista

Pensé que sería una audición como cualquier otra. Asistí a ella revestido de la paciencia paternal del que escucha a través del aire los sonidos del pentagrama ejecutados por neófitos aprendices. Tras dos horas, en la que aquella agitación sobre los oídos fue adormeciendo los sentidos, llegó el momento en que todos aquellos jóvenes intérpretes junto con sus profesores se dispusieron a tocar, a modo de orquesta, varias piezas musicales. La directora, con traje largo y de espaldas, levantó ambos brazos como si fuera a imprecar una oración. Durante un instante todos los sonidos se acallaron, armónicamente descendió los brazos y estallaron al unísono los sonidos de los distintos instrumentos que manejaban aquellos jóvenes.
Fue, entonces, cuando la vi, sentada delante, en un extremo de aquella abigarrada orquesta, era la profesora de violín. Con algunos años, muy pocos, más que sus alumnos aquella figura atrajo hipnóticamente mi mirada. Una camiseta de finos tirantes dejaba al descubierto unos brazos finos y con unos torneados músculos ejercitados, aunque no exageradamente. Su barbilla abrazaba el violín con mimo maternal y los dedos de su mano izquierda alborotaban hábilmente sobre las cuerdas, mientras el arco sostenido por la mano derecha acariciaba las cuerdas extrayendo sonidos de puro goce. Su cuerpo, aposentado sobre la silla, oscilaba a uno y otro lado al ritmo de la música, dejando en cada bamboleo al descubierto retales de una barriga de blanco marfileño. Todo su elástico cuerpo danzaba al ritmo impuesto por la música que iba extrayendo de aquel mágico instrumento y que a través del aire creaba sinuosas estelas invisibles.
Mis ojos dejaron de parpadear para atrapar al máximo aquella imagen y, en un determinado momento, dejé de escuchar la música para sentir como mi cuerpo temblaba al ritmo de aquellos sensuales movimientos que, en el más maravilloso de los instantes, ella coronó con una sonrisa.
Tu cumpleaños

Al fin llegó el día de tu cumpleaños, ese que iba a ser un tanto especial y que has aguardado con una espera no exenta de euforia durante los últimos doce meses. Y es que por obra y manera de los números ahora sociológicamente y desde mi punto de vista te has convertido en una señora mayor.
Es buen momento, de hecho me consta que lo has hecho así, de mirar hacia atrás agradecida por todo lo que estos años te han regalado y sobre todo por todo lo que has asimilado. El tiempo le ha dado forma a tus, ahora viejas, ilusiones de juventud, las ha dotado de realismo y ha exprimido de ellas lo mejor que guardaban dentro. Has aprendido a relativizar las situaciones, a hacer lo que te viene en gana sin estar pendiente del que dirán, a querer a los que se lo merecen e incluso a realizar lo importante por encima de lo urgente. Comprendo muy bien esa felicidad que transmites esculpida con delicadeza minuto a minuto durante tanto tiempo. Tus gestos, tras reposar durante años en las barricas de la vida, al igual que el mejor vino se han teñido de madurez añeja y haciéndome partícipe de ellos. Hoy disfrutarás de este día entremezclando risas y lágrimas teñidas de emoción.
Lo único que se me hace extraño es tener, a partir de este día, amistad con una señora tan mayor, sin embargo en seguida se atenúa mi extrañeza, cuando pienso que antes de dos meses tendremos ya idéntica edad.
Adiós Benedetti

Hace unos días nos ha dejado el poeta uruguayo Mario Benedetti con él se nos va un hábil entretejedor de versos. Sostengo entre mis manos uno de sus libros "Preguntas al azar" y recuerdo aquel lejano día de 1986 en aquel rincón del parque del Retiro, en que estaba la feria del Libro, en que él me lo dio dedicado con su trazo vivo y anguloso.
Me siento deudor de sus palabras, porque a través de ellas ¡cuántas veces he logrado salir de la monotonía y hacer ascender mi espíritu hacia esos lugares donde sólo la creatividad es capaz de conducirlo!, también porque sus palabras, en más de una ocasión, han sido el vehículo para transmitir, aquello que sentía, de la mejor manera posible.
Descanse él en paz, pero sus palabras, no mueren, seguirán vivas allá donde haya un corazón atento que quiera escucharlas.
TE QUIERO
Tus manos son mi caricia,
mis acordes cotidianos;
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia.
Si te quiero es porque sos
mi amor, mi cómplice, y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada;
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro.
Tu boca que es tuya y mía,
Tu boca no se equivoca;
te quiero por que tu boca
sabe gritar rebeldía.
Si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Y por tu rostro sincero.
Y tu paso vagabundo.
Y tu llanto por el mundo.
Porque sos pueblo te quiero.
Y porque amor no es aurora,
ni cándida moraleja,
y porque somos pareja
que sabe que no está sola.
Te quiero en mi paraíso;
es decir, que en mi país
la gente vive feliz
aunque no tenga permiso.
Si te quiero es por que sos
mi amor, mi cómplice y todo.
Y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Una inolvidable aventura

Por motivos de trabajo, durante la semana pasada, he cogido cuatro aviones y recorrido más de mil kilómetros para realizar, por motivos laborales, un curso en tierras gallegas. El sitio donde se celebraba era un paraje encantador, rodeado de la mayor policromía de verdes que nunca había visto y situado en una altura desde la que se divisaba una hermosa extensión de mar que, con la luz cambiante del día y los diseños elaborados por las nubes, siempre se veía nueva.
He aprendido cosas, entre otras a sobrevivir veinticuatro horas sin equipaje, gracias a la ineptitud de la compañía aérea. He compartido el tiempo con un grupo de personas procedentes de todos los puntos de España y he recorrido ciudades pétreas de acogedores soportales. He experimentado la caricia dulzona de la lengua gallega en mis oídos. Por la noche teníamos tiempo de disfrutar de la gastronomía del lugar: esos animales con coraza que, al arrancárselas, permiten paladear con exquisitez sabores poco habituales, regados con un vino de Albariño que fluía en ríos dorados por nuestras gargantas.
Durante estos días el mundo mundial y el mío local, han seguido su ritmo, aunque en aquel extremo norte de la península pareciera que se había detenido por unos días. He vivido lejos de los periódicos, de la televisión, de internet...y me he dado cuenta que se puede vivir sin esas cosas tan "necesarias" que me suelen rodear habitualmente. Y esa "desintoxicación" me ha venido de maravillas cuando, además, la he podido compatibilizar con el sueño de paisajes y ciudades diferentes y el conocimiento de gente maravillosa.
Sí, en definitiva, una grata aventura, que ha dejado un sabor en los labios que sé que perdurará durante mucho tiempo.
Me gustan...

...esos ratos como el de esta mañana, en los que por unas horas dejo de lado aquello que me preocupa y logró centrarme en las sensaciones que me rodean: el color del mar, el bramido de las olas rompiendo y engalanándose de espumas, el trino confundido de los distintos pájaros saludando al sol y el alfombrado multicolor de las flores sobre los campos verdes.
¡Qué fácil resulta, cuando se abre uno a las sensaciones, el alcanzar sin esfuerzo la cima de los sueños!
Y todavía...

… nos quejaremos de que nuestra vida es difícil.
Nos conocemos hace ya unos cuantos años. Acudió a mi oficina con un fajo desorganizado de papeles que, aunque no tenían que ver con mi trabajo, sabía que lo podría orientar. Andrés ha aprendido burocracia a base de recorrer despachos, cosa que nunca le ha asustado como aquella vez, hace diez años, en que subió al tren para ir a Madrid y fue directamente a un Ministerio, desde el que llamaron asombrados diciendo que qué hacía aquel hombre allí. Tras un rato en que estuve explicándole qué pasos debía dar, le costó trabajo pero su cabeza moldeada a empujones por la vida acabó enterándose.
Ya más relajado, resuelta aquella preocupación, me habló de su vida con un tono jocoso, aunque no exento de una cierta angustia. Se levantaba a las siete de la mañana a fregar la cocina, lo primero que hacía su mujer al levantarse era “revisar” que estuviera en perfecto estado de revista y decía que en eso se jugaba su plato de comida. En su casa tiene diez personas de distinto parentesco a las que hay que darles de comer, cuando no hay comida, decía, se reunían en torno a la mesa vacía. Uno de sus hijos es minusválido síquico y llega a mediodía del centro al que acude, otra de sus hijas tiene problemas con la droga y una de sus nietas pequeñas tiene una minusvalía física que la hace totalmente dependiente. Contaba que el dormía en el sofá porque cualquiera quita a la nieta de ese lado de la cama al lado de su abuela. El soluciona todos los papeleos y cuando llegan las doce de la mañana llega su mejor rato del día, en el que olvida todos sus problemas y es que, a pesar de sus más de sesenta años, se dedica a correr 20 km y se siente nuevo. Se marchó con la sonrisa en la boca… y cuando escucho cosas como estas ¿tengo derecho a decir que mi vida es difícil? ¡Desde luego que no!
Sabor a primavera

Me gusta, llegadas estas fechas, eludir de vez en cuando la vista de los papeles que tengo sobre la mesa de la oficina y dirigirla al balcón en el que tengo esta maceta de aeonia. Es una planta agradecida y que crece a pesar de que, no siempre, me acuerdo de regarla todos los viernes, como símbolo del fin de semana. Es la primera planta a la que todos los años veo florecer y esa salpicadura de pétalos amarillos, especialmente al mediodía, me colorea la mañana.
Ha coincidido la floración con los primeros días de sol, que aquí en Andalucía con temperaturas que llegan hasta los 20ºC ya empieza a tener sabor a primavera. Vendrás más lluvias, probablemente, y alguna que otra bajada de temperatura, pero la naturaleza siguiendo su camino inexorable ya abandona las temperaturas del crudo invierno. Ojalá este brillo de primavera que ahora se extenderá por doquier no quede solo reducida a la naturaleza.
Seminario de novela juvenil

La Fundación Caballero Bonald ha organizado, un interesante seminario sobre "La novela juvenil", a desarrollar en sesiones mensuales con el siguiente plan:
29 de enero Jesús Díaz Armas habló de "En busca de un lector adolescente: paseo por la actual novela juvenil".
19 de febrero Jordi Sierra y Fabra, autor de "Lágrimas de sangre" conversa con María José Gómez Navarro
26 de marzo Mariasun Landa autora de "Mi mano en la tuya" dialoga con José García Oliva
23 de abril Eliacer Cansino autor de"El misterio Velázquez" dialoga con Antonio Ventura
21 de mayo Joan Manuel Gisbert autor de "Los espejos venecianos" dialoga con Rosa Huertas Gómez
11 de junio Lorenzo Silva autor de "El cazador del desierto" dialoga con Aida Rodríguez Agraso
Una buena oportunidad para que los amantes de las letras se acerquen a estos importantes autores que tan bien han sabido acercar al mundo de la literatura para jóvenes.
Arte

Hay figuras construidas por la naturaleza que son verdaderas obras de arte, como ésta que acabo de atrapar hace unas horas con mi objetivo. Sólo hay que estar atento a ellas.
Atardecer

Todos los días hay un atardecer, pero no siempre es tan hermoso como éste que acabo de contemplar hoy.
¡¡Feliz año nuev-e!!

Cuando sólo faltan unas horas para acabar el año 2008 quiero desearos a todos los que entréis por aquí un muy feliz año. El año empieza, tal vez un día como otro cualquiera, aunque tengamos que inaugurar calendario en la pared. Vendrá, sin duda, con sus problemas, pero lo importante es que tengamos fuerzas y ánimo para afrontarlos. A ello ayudará el potenciar los valores de paz y solidaridad que son tan necesarios para una mejor convivencia entre todos.
Ojalá que cuando terminemos el año seamos capaces de afrontar el siguiente, al menos, con el mismo ángulo de sonrisa que éste.
Feliz Navidad!

Sí, ya creo que es buen momento para desearla. No es cuestión de anunciarla desde noviembre, como hacen los centros comerciales, ellos se excusan con que tienen que vender. Pero yo no tengo que vender nada, todo lo contrario si algo hermoso tienen estos días es el don de lo gratuito, que está en su base. El origen está en ese Dios hecho niño que vino a este mundo en un rincón humilde y nada acogedor, sin pedir nada a cambio.
Es el momento de detenerse un poco sobre ello y una excusa para vivir de una manera especial el concepto de cercanía y solidaridad con aquellos que nos rodean. La vida no suele ser fácil, especialmente en estos momentos de crisis económica que se ceba sobre aquellos que menos tienen. Demos una oportunidad a lo inesperado, rompamos esa burbuja, que nos suele acompañar, llena de buenas intenciones, de cosquilleos de corazón, de besos perdidos, de ilusiones baldías, del que dirán, de palabras animosas reprimidas...y dejemos que todo ello se reparta sobre los demás, intentando hacer un mundo mejor. Unos gestos que no deben ser lo original de unos días, sino un cambio de actitud para el resto de nuestros días.
A todos vosotros, a los muchos o pocos que asomáis por aquí, a los que me leeis por primera vez y a los que sois viejos amigos de mis letras, a los que no me conocéis de nada y a los que más de una vez habéis visto mis ojos, a los que nunca más entraréis en este rincón y a los que seguiréis viniendo, a los que disfrutáis con estos días y a los que sólo deseáis que llegue el siete de enero, desde y con estas letras os deseo de todo corazón que seais felices y tengáis:
¡¡FELIZ NAVIDAD!!
En la exposición

Siguiendo los consejos de Prometeo, estuve hace unos días en Madrid visitando dos de las exposiciones colgadas en la Fundación Mapfre de Madrid. La exposición muy interesante y digna de ver, me encantaron especialmente los Sorollas, sin embargo hubo cosas, no sé si porque uno no está acostumbrado a ciertas costumbres capitalinas, que me llamaron la atención.
En primer lugar la cola. Se ve que no era el único que había decidido ir a Madrid en esos días. Cuando me acerqué, bajo el paraguas a la sede de la exposición, vi que una larga cola daba la vuelta a la manzana. Y allí estuve más de media hora intentando evitar mojarme más de la cuenta y dudando de si valía la pena tanto tiempo perdido. Me consolaba ver en la acera de enfrente, otra cola, yo diría que más larga que ésta que iba a ver una exposición de pinturas en el BBBVA. Tras ese rato y goteando agua desde la cazadora hasta el suelo, entramos en el interior.
Nada más entrar había que colocar los paraguas en una especie de paraguero con cuadritos, en los que se introducían los paraguas. Yo preferí recoger el mio y disimularlo que dejarlo allí y entré a ver los cuadros de Degas. Pero nada más entrar a uno de los vigilantes no le gustó mi mochila y me dijo que había que salir a dejarla en una consigna exterior. No entiendo el por qué se puede pasar con un bolso pero no con una mochila ¿qué distingue una cosa de otra? Eso sólo lo pensé no iba a filosofar ahora sobre el tema, así que me llegué a la consigna a dejar la mochila. La introduje dentro, cerré la puerta de la taquilla y no había forma de sacar la llave. La cambié de taquilla y lo mismo, hasta que me di cuenta de que había que introducir un euro para que se pudiera sacar la dichosa llave.
Me puse a ver los cuadros. Me gustó Degas, en especial el ver al natural aquellos cuadros, de damas en sus arreglos cotidianos, que hacía muchos años había conocido en libros. ¿Por qué en una exposición la gente no habla? El que lo hace, articula palabras entre murmullos, como si en un extraño respeto cohibiera la presencia en aquel lugar. Se acerca un vigilante a la señora que está a mi lado y le dice que su paraguas plegable no puede llevarlo colgado en la muñeca, sino que tiene que hacerlo desaparecer dentro del bolso.
Busco el ascensor y subimos a la primera planta. Un lío, se abren dos puertas en el ascensor, acierto por la que tengo que salir y veo la exposición de 1900. Me encantan estos cuadros, sobre todo la luz que emana de ellos y esos retratos sosegados que hace de la realidad. La gente sigue sin hablar y en medio de este silencio catedralicio suena mi móvil...Todavía no he podido contestar cuando tengo una vigilante a mi lado, interrumpiendo la conversación antes de empezar, para decirme que allí no se puede hablar con el móvil, sino que tengo que irme junto al ascensor. Intento decirle que no es que yo estuviera llamando a nadie, pero mejor me callo y cuelgo en segundos.
Me voy de la exposición, ha dejado de llover, contento pero con la convicción de que en estas exposiciones, antes de entrar, deberían dar un manual con todas esas cosas que, aunque se hagan en la vida diaria, no están permitidas en tan peculiares recintos.
Entrada al colegio

La mañana, armada de un pincel de frío seco, dibuja bajo un cielo límpidamente azul, el ambiente de brillantes colores. Rojo escarlata y verde esmeralda se suceden en las alturas dando órdenes de detención y aceleres a la fila de vehículos que se entrecruzan, milagrosamente, sin chocarse. La temperatura acelera los pasos agitados de madres y niños enbufandados que con ojos sólo medio abiertos se dirigen al colegio. Gestos de adioses, que expresan figuras de pelos revueltos surgen de las mangas de batas desgastadas que asoman a las ventanas.
Los árboles exhiben ostentosamente sus ramas desnudas mientras a sus pies revolotean hojas secas de podrida belleza que crepitan y crujen al ser pisadas. Un viejo edificio de piedra vieja coronado por una torre parece engullir aquella hilera revoltosa que serpenteando por la plaza desaparece en el interior en una atenuada algarabía. En lo alto de la torre la mirada abstraída de las cigüeñas acompaña los pasos, ahora relajados, de esas madres que se refugian al calor seguro del café y la cómplice compañía.
En un banco un anciano con la boina calada sobre una frente en láminas, observa como mudo espectador a aquella plaza, ahora, muda y silenciosa. Los tacones acelerados sobre el suelo indican la proximidad de una joven que llega tarde al trabajo. Su abrigo modela unas líneas que revitalizan, por un instante, aquel lugar. El anciano, al mirarla, se sorprende exclamando a sí mismo:
-¡Ay, quién tuviera cincuenta años menos!
Entre líneas

- Muchas veces, cuando has asomado la naricilla por este rincón, has intentado leer entre líneas descubrir cuanto habría de ti o no en lo que yo escribía. Yo sonreía cuando lo que era pura ficción lo convertías en algo que yo te habría dirigido tan afilado como una saeta. Hoy no tendrás que leer entre líneas, quiero dirigírtelas a ti en este día de tu cumpleaños. No puedo contactar contigo. No sé por donde andas, si siquiera si andas o estás sentada, si estas trabajando o te fuiste de vacaciones. Tan lejos...y tan cerca a la vez. No tengo forma de felicitarte, pero como sé que tarde o temprano tu nariz volverá a asomar por aquí, quiero desearte esas felicidades, que te deseo de corazón esperando que la vida siga comportándose contigo, al menos, como hasta ahora. No todos los días se cumple una nueva docena de años...
Esos instantes...

Llevo unos días de mucho trabajo y cuando llega la noche noto como el cansancio se aúpa de una manera especial sobre mis hombros, por eso se agradecen esos instantes especiales, como esta noche en que he podido contemplar la luna llena tintineando en el cielo, mientras me embriagaba el perfume exótico de la flor del azahar, que florece por segunda vez en noviembre.
Laborando

Llevo varios días en los que laboralmente no paro un instante, pero hoy, además para ser viernes, ha sido agotador. Tenía trabajo atrasado y acumulado de la semana sobre la mesa, pero al terminar la mañana todo sigue igual debido a que no he parado de atender a la gente. En primer lugar un hombre joven que estaba de permiso carcelario y aprovechó para venir a verrme para hacer una consulta. Luego una joven madre soltera que venía a que la informara de que tiempo necesita para cobrar una ayuda, trabajando como está en un hotel, feliz ella de trabajar, pero con un empresario aprovechado, que total para un par de meses que iba a trabajar tampoco le iba a dar de alta en la Seguridad Social. Después un hombre cargado de años y fatigas que me inquiría la forma de conseguir un alta médica, lleva casi dos años de baja y teme que pueda perder el trabajo, tuve que convencerle de que cuando uno está enfermo no se puede decidir por sí mismo el que está curado, sino que para eso está el médico. Tras cuatro llamadas de teléfono le logro aclarar a dónde debe dirigirse para comentar su tema con la inspección médica.
Ya terminando la mañana, y tras varias respiraciones profundas, me apareció Emilio. Éste es un hombre encorvado por el peso de las arrugas, manos rugosas de trabajador y manifiesta afición al vino. Visitante asiduo en las últimas semanas se ha visto inmerso en una burocracia que él no entiende muy bien y que hace que le hayan pagado poco más de mil euros indebidamente, deuda que quedará compensada en su totalidad con un pago que debe recibir. El problema es que lo que ha llegado a su casa es una carta con la deuda y nada de la compensación, lo que hizo que apareciera con aroma alcohólico y ojos llorosos. Y el lamento no era tanto por el dinero que en esa carta le comunicaba que debía, sino porque la mujer lo había puesto como los trapos diciéndole que todo aquello era culpa suya y era él el culpable de haber traído aquella ruina asu casa. "Esto me va a costar un divorcio", me decía. Lo consolé como pude y le dije que se viniera el lunes, pero con su mujer y que ya trataría de explicarle a ella, para que no le echara aquellas culpas indebidas.
Cerré la puerta y me senté en un sillón, intentando que mi corazón se desacelerara y tomara su ritmo normal. Saboreé durante diez minutos el hecho de no hacer nada, mirar al techo y disfrutar del silencio. Pensaba en todos aquellos rostros a los que había atendido durante la mañana, me sabía nombres y apellidos y casi en dni, y repasaba un poco aquellas historias, todas ellas con su punto de tragedia. Y concluía que me gusta mi trabajo, que me permite estar cerca de gente con unas necesidades concretas y hacer algo por ellas. Por un momento pensé, algo así como debe pensar el médico en su consulta, que no me gustaría estar al otro lado de la mesa.
Quince a uno

Sí, estamos sumergidos en una gran crisis pero eso no es motivo para que, mirando atrás, veamos todo lo que nuestra sociedad ha avanzado en estos últimos años. Aunque queda todavía un largo camino para recorrer en la igualdad de sexos, los progresos son visibles. Se trabaja por la paridad en variados lugares y situaciones. La mujer está presente en todos los ámbitos de la sociedad, muchas de ellas ocupan importantes puestos laborales y políticos. Y el hombre parece que ya empezó a entender la importancia de implicarse plenamente en la educación de sus hijos.
Pero en medio de todo este movimiento, hay un lugar que resiste: ¡mi pueblo! Llevo catorce años asistiendo a reuniones escolares y debería estar acostumbrado, pero lo de hoy me ha resultado excesivo: la tutora, catorce madres y yo.
Nos rodean...

…¡están por todos lados! Y no los distingue ni la edad ni el sexo. No están contentos consigo mismos, pero menos con los que le rodean. Sin ser “gourmets”, distinguen el mínimo fallo de condimento en una comida. Sin ser Casanovas están seguros de que ellos siempre dan muchísimo más cariño del que reciben. Cuando miran a su alrededor se fijan, con envidia, en los que están mejor que él, pero les cuesta darse cuenta de los que están peor. Su trabajo se les hace sumamente penoso e “ilusión” es una palabra a la que le falta la página en su diccionario. Son expertos, incluso parece que titulados, en el descubrimiento de errores ajenos. En verano se quejan del calor y en invierno repugnan el frío. La soledad les abruma, el bullicio les agobia. Desconfían de las sonrisas pensando que algo ocultarán detrás. La música les suena a murmullo y les molesta el trino de los pájaros. Su pasado fue duro, del presente mejor no hablar y les agobia el futuro. Son hábiles profetas de desastres y llevan escritas en su camiseta la palabra pesimismo.
Sí, sin duda abundan como si un extraño planeta nos lo fuera inoculando en la sociedad. Todos conocemos a algunos, pero no hay mejor medicina que ignorar sus síntomas, sin olvidar a las personas, para llenar de color la vida cotidiana.
Lluvia

Hoy ha estado la lluvia, durante toda la noche envalentonada con los gritos de los truenos y golpeando en los cristales de mi ventana. Si estoy atento, en ese golpeteo puedo distinguir hasta tres notas musicales diferentes, que formando un acorde acaban por acompasar mi sueño y sumergirme en su placidez. La lluvia, tan escasa por esta zona, cuando llega así, casi por sorpresa, siempre parece traernos estelas de melancolía adheridas a sus gotas. Al despertar esos cristales lamidos por microgotas nos permiten observar como en un caleidoscopio retazos de recuerdos infantiles, que al calor de una lumbre, aunque nunca volverán, permanecen eternos.
Ojeo el periódico entre mis dedos, precios... las bolsas se hunden, se inyecta dinero...sólo a los bancos, el euribor parece que baja no sin cierto esfuerzo... Entre sus páginas anuncios me asombran los productos de las tiendas de informática, cada vez más potentes y más baratos, sin embargo los libros, a pesar de todo lo que se escribe, no bajan de precio. Se me ocurre pensar que "cualquiera" podría usar un pc o un pendrive, pero para disfrutar un libro y contagiarse de lo que encierran las letras hay que tener, sin embargo, una sensibilidad especial.
El hecho de que bajen de precio y podamos tener más cosas, no nos hace más felices. La felicidad está más bien en saber vivir con ellas. Sigue lloviendo...
Ni lo intentes

Si quieres cambiar de actividad y viajar hasta el sur de la península, concretamente a Cádiz. Si quieres aprovechar que este fin de semana, a pesar de las predicciones, no está cayendo ni una gota. Si te acercas al Castillo de Santa Catalina y tras contemplar ese paisaje único de la playa de la Caleta, te gusta la pintura de Sorolla y sus contemporáneos y quieres ver la exposición que hay en su interior:
¡¡NI LO INTENTES!!
....desde ayer viernes a las 14,30 la exposición está cerrada por un fallo en el aire acondicionado. ¿Tan difícil es encontrar a alguien que lo repare, durante el fin de semana, y evite paseos inútiles hasta el interior del Castillo a todos los que nos acercamos con la intención de ver esa muestra artística?
Estirando los días

Soy afortunado al presentárseme la oportunidad, cuando ya hace tiempo que se me acabaron las vacaciones, que en un fin de semana pueda volver a hacerlas presente, como una isleta en la cotidianeidad laboral. Estos días son especialmente gratos porque el tiempo sigue acompañando y, sin embargo, el bullicio veraniego ha menguado mucho.
He visitado el sur de la provincia de Cádiz y sentido la caricia del Levante, ese viento que hace revivir y adormila al mismo tiempo, aunque afortunadamente eran soportable sus embates y he conocido las ruinas de la ciudad romana de Baelo Claudia, situada casi en el extremo sur de la península, muy cerca de Tarifa.
Esta ciudad nació a finales del siglo II a de C., en su desarrollo pudo influir el comercio con el norte de Africa, sin embargo su principal riqueza fueron sus industrias de salazón del pescado y las salsas derivadas del mismo. La máxima importancia la adquirió en tiempos del emperador Claudio (41 a 54 d.C). Hay un centro de interpretación que permite hacerse una idea de la magnitud de aquella ciudad y luego se puede visitar el conjunto arqueológico y recorrer las calles. Es fácil imaginarse el bullicio en aquellas calzadas y, a la vez, disfrutar del paisaje y del color esmeralda del Atlántico que baña la cercana playa de Bolonia, sin duda, una de las mejores playas de todo el sur.
Es interesante el conocer algo más aquellos antiguos pobladores de nuestro país. Por aquella zona había muchas fábricas de salazón, de origen fenicio y púnico pero que se desarrollaron con el imperio romano. Además aquellas proximidades al estrecho de Gibraltar es zona privilegiada de pesca gracias a la migración anual del atún que yendo a desovar al Mediterráneo tiene por allí su paso obligado. La pesca del atún en almadraba y su posterior tratamiento de conservación, en salazón fue la causa fundamental de la prosperidad de Baelo.
El pescado limpio y troceado, era salado en grandes piletas. Con los intestinos, cabezas, etc, se elaboraba el garum, salsa reputadísima en el mundo antiguo que se mezclaba con vino, aceite, miel... Además de como condimento se usaba con fines curativos.
Aquel lugar y aquel paisaje son dignos de conocer y visitar.
Va por ti

Sí, ya llego este día de San Ramón, ornado con algunas nubes y brisa fresca, tan ansiado por los que somos veranófobos, como tú y yo, y tan temidos por los docentes, ya que finalizan sus largas vacaciones y se les aproxima irremisiblemente el bullicio de las aulas. Pero ni tú ni yo nos dedicamos al muy noble arte de la enseñanza y, por distintos motivos, estamos deseando que este largo mes termine y el tiempo caluroso que acompaña al verano vaya iniciando su natural declive.
Mañana lunes empieza septiembre y, poco a poco, las cosas irán volviendo a su "normalidad", lo que ya viene anunciado por los fascículos en las librerías y la ropa otoñal que va cubriendo, aún con cierto reparo, los escaparates. Pero para ti mañana no será cualquier día, será un día muy diferente en el que va a cumplirse ese sueño que te ha acompañado durante tantos años. ¡No, todos los días se cumple un sueño! Te ha costado mucho esfuerzo el alcanzarlo, especialmente durante los últimos meses en que tu vida se ha visto sumergida en una verdadera vorágine. Pero, al fin, mañana lo habrás conseguido. Gracias por hacerme partícipe de él y, de todo corazón, mi enhorabuena.
Por eso en este post quiero que lo celebremos, saco las copas con el champagne y te digo: ¡va por ti!
Eclipse de luna

Esta noche cuando iba caminando por la calle, se me acercó una señora y me dijo: "Cuando llegue a esa esquina fíjese a la derecha y mire al cielo y verá que precioso eclipse de luna hay". Agradecí esta espontánea información de la desconocida y pude contemplar en el cielo como el brillo de la luna llena quedaba tamizado por dicho fenómeno. Saqué esta foto a las 23:36 y ahora la comparto con vosotros.
Pensaba, que si fuéramos capaces y sensibles de detenernos y mirar más a menudo hacia el cielo, probablemente nos iría mejor en la tierra.
A pesar de...

...los días de calor sofocante, de los mosquitos, de las gastroenteritis, de los atascos en carretera, de la masificación turística, de la ausencia de aparcamientos, de las jaleosas-sosegadas vacaciones, de la pésima televisión, del sudor pegajoso, de las vestimentas horteras,...
...el verano tiene algunas estampas como ésta de ayer de las que vale la pena disfrutar. ¿Se nota que se me han terminado las vacaciones y estoy deseando que lleguen ya esos días encantadores del otoño?
Azul y verde

Hoy mientras paseaba por la playa me llamó la atención que no se confundían en el horizonte el cielo y el mar. El cielo azuleaba el aire mientras el agua de mar verdecía mecida por las olas, que me hacían sospechar que el fondo estaba formado por un lecho de esmeraldas. Las nubes deshilachadas en trozos, grises al acumularse, blanqueaban el azul y modulaban los rayos de sol que acariciaban cálidamente mi cuerpo.
Las plantas de mis pies descalzos eran acariciadas por la arena amarillenta con esas cosquillas que producen sonrisas, mientras yo caminaba hasta aquel punto invisible al que nunca parecía llegar. Momentos como este son los que me hacen disfrutar de las vacaciones,especialmente todo ese rato en que el rumor de las olas me estuvo acompañando, mientras me hablaba de ti.
Preguntas

Suele ser la pregunta, la gran manera que tenemos de salir de nuestros interrogantes, ya sean leves o profundos. Por ello las preguntas unas veces son imprevistas, otras estúpidas, otras impertinentes, otras interesadas,...pero siempre curiosas. Algunas veces se emiten temiendo que sean indiscretas, aunque la verdadera indiscreción suelen estar en las respuestas.
Me ha surgido este post a raíz de escuchar dos preguntas de las que he sido testigo:
- Perdone, pero me da cierta vergüenza, hacerle esta pregunta: ¿Por dónde se llega a Correos? - la pregunta la hacía una joven motorista de casco y moto amarillos donde lucía el logotipo de Correos. Eso es lo que hace que te contraten para un trabajo en un lugar que no conoces.
Hoy en la papelería donde compraba el periódico, entra un joven adolescente y pregunta: ¿tienen banderas? Respuesta de la dueña un tanto despistada: ¿de dónde?
"Igualdad"

Leo la noticia de la detención de un inmigrante nigeriano al intentar suplantar a un compatriota suyo en el examen del carnet de conducir. Lo que me resulta más asombroso es su reincidencia, ya que es que es la tercera vez que lo sorprenden intentando reemplazar a otro. Este profesional de los exámenes aún no se ha enterado de que esa frase tan habitual de que “todos los negros parecen iguales” o “que todos los orientales tienen la misma cara”, encierran más una pereza indentificativa, ante el que es netamente diferente a nosotros, que una realidad. Y de esa pereza identificativa carecen los examinadores de tráfico que son capaces de distinguir que una foto en un carnet, por muchos rasgos africanos que contenga, no coincide con el portador de dicho documento.
Quizás es bueno aprovechar esta reflexión, ante ese fenómeno igualitario que nos invade hasta el extremo de crear un ministerio al respecto, no olvidar en medio de esto el inestimable valor de la diferencia. Tenemos que huir de las clásicas generalizaciones: “todos los hombres son iguales”, “la juventud está fatal”,…que indican una cierta experiencia frustrante en quien las pronuncia. Todos tenemos algo que nos hace único, hasta los propios hermanos gemelos, y eso es lo más valioso que tenemos y lo que nos hace atractivo. El problema de mucha gente es que no tienen la capacidad de ir más allá de una mirada superficial y tienen la imposibilidad de descubrir ese brillo interior y único de cada persona, eso que lo hace distinto del resto de la Humanidad..
Obstáculo

Te lamentabas que, por primera vez, aparecía un obstáculo en nuestra larga amistad. Eran muchos años sin turbidez ninguna, pero esto no tiene ninguna importancia. Para que te hagas idea te lo expondré con una comparación: el valor de ese obstáculo comparado con nuestra amistad es como enfrentar un grano de arena con esta gran montaña de oro.
Sensación

Tengo la sensación de que, a veces, no me entero o no me quiero enterar de algunas cosas que ocurren a mi alrededor. No es que no me interese aquello que me rodea, procuro leer, informarme,...pero sí confieso que hay cosas que no me interesan y que por tanto no me aplico en su conocimiento. El otro día al escuchar unos gritos, yendo por la calle, fue cuando me enteré que había alguna competición futbolística, de la que no tenía noticias y en la que intervenía la selección nacional. Nunca he mostrado ningún interés por estas competiciones, ni he entendido que la victoria de un equipo deba desplegar tal dosis de gritos, saltos, manifestaciones o jolgorios.
Pasa algo parecido cuando empiezo a plantearme el hecho de visitar algún sitio distinto en vacaciones. Tengo quien intenta convencerme de que este año "hay que ir a la Expo de Zaragoza porque es una vez en la vida". Tampoco comprendo esta dedicación tan acentuada a dicha exposición. En la que las larguísimas colas, el calor de la ciudad del Ebro y el precio, nada barato, de la entrada estarán presentes. Hay tantas cosas que están ahí, que son mucho mayor goce para los sentidos y que sin embargo al no ser tan conocidas, como tantos lugares y paisajes de nuestra tierra, figuran ocultas al no estar de moda.
Tenía yo estas reflexiones esta mañana en la playa, a la que he llegado paseando, mientras bajo la sombrilla leía el periódico y mientras la brisa me envolvía, dejaba acariciar mi mirada por el azul luminoso del cielo y contemplaba pasar este barco frente a mí..
Vale la pena

Aunque la meteorologia y las ganas no hayan acompañado demasiado, durante estos días, vale la pena recorrer unos kilómetros para salir de lo cotidiano y saborear esos instantes sorprendentes y mágicos, como los que viví por estos lugares.
Un día de esos

Hoy ha sido un día de esos...en que el timbre del móvil me ha despertado a las tres de la mañana y se ha quedado instalado de tal manera en mi cerebro, que me ha impedido dormir durante el resto de la noche. En que me levanté de la cama antes de amanecer aunque no haya ido a trabajar. En que muchos se acercaron a abrazarme, algunos era la primera vez que los veía en mi vida. Un día en que he secado lágrimas, propias y ajenas, y que el dolor me ha tocado con toda su crudeza. Un día en que los segundos se me han hecho minutos y los minutos horas. Un día no menos doloroso por más que supiera que antes o temprano tenía que llegar. De esos en que he visto amalgamarse madera y flores en un estrecho agujero.
Hoy ha sido un día de esos en que la desaparición de un ser querido me ha tocado muy cerca. De esos que de tan real desearía haber soñado. En fin, un día que preferiría olvidar y que, sólo por eso, nunca podré olvidarlo.
La soledad del mojado

Cuando en los mapas meteorológicos se anunciaron las lluvias, acogí la noticia con cierto regocijo, teniendo en cuenta la escasez de precipitaciones que estamos teniendo en los últimos meses. Lo que no recordaba, hacía tanto que no llovía, la influencia del agua sobre la cotidianeidad, porque en mi tierra llueve poco, pero cuando cae tiene dos características: llueve con la fuerza de una catarata, aquí desconocemos el orballu, y siempre de lado, lo que hace que los paraguas clásicos tengan poca eficacia.
Al salir a la calle a la oscuridad de preamanecida se le añadía la de la cortina de agua que me fue empapando paulatinamente durante todo el camino hacia el trabajo. El trayecto no fue nada aburrido, porque tenía que hacer malabarismos con el paraguas, buscando en cada calle, la dirección del viento para evitar su rotura. Se ve que los semáforos no están acostumbrados tampoco a las borrascas y estaban todos apagados ocasionando un verdadero caos, a pesar de los pocos coches que circulaban a esas horas. Cuando llegué a la oficina lo primero que tuve que hacer es quitarme los pantalones y escurrirlos, tras lo cual lo coloqué en una percha. No hubo ningún “conflicto” a esas horas porque estaba completamente solo y tengo guardado otros pantalones en el armario, preparados para tal eventualidad.
A la hora del desayuno la peculiar algarabía cotidiana fue sustituida por el ruido de mi masticación ya que era el único que desayunaba, menos mal que el del bar tiene la casa pegada al mismo bar, que si no, capaz es de no abrir. Volví de nuevo chorreando a la oficina, aunque afortunadamente esta vez no me tuve que cambiar de pantalones…¡tampoco hubiera podido! y no tardé en darme cuenta que mi compañero de trabajo, como suele ser habitual en los días de lluvia, no aparecería.
La mañana resultó tranquila, las inundaciones intermitentes durante la mañana de la calle, parece que no ha animado a mucha gente a acercarse a la oficina. La mañana, por tanto, ha sido inusualmente solitaria. ¡No imaginaba que la lluvia de hoy me iba a convertir en un eremita forzado pero mojado!
Apagón

Os transcribo una iniciativa que me ha llegado por correo y que me parece lo suficientemente interesante para compartirla a través del blog:
El Martes 17 de abril, de 19:53 hrs a 20:00 hrs., Se propone apagar todas las luces para darle un respiro al PLANETA!!! (La propuesta nace desde Caracas). Si la respuesta es masiva, el ahorro energético puede ser brutal. Solo 7 minutos, a ver que pasa. Tomemos CONCIENCIA del CALENTAMIENTO GLOBAL, miren nada mas el ejemplo de los osos polares........ los icebergs se están derritiendo y junto con eso los osos mueren cada día y ya no porque los cace el hombre, sino porque estos animales tienen la peculiaridad de aprenderse sus rutas en el mar, y con los derretimientos se pierden y se mueren ahogados! Si, ya se que estaremos 7 minutos a oscuras, aprovecha para hacer un alto al stress, agarren lo que puedan y hagan algo ingenioso, entretenido,distinto, quién sabe si generamos una tremenda cadena por el planeta. Recordemos que Internet tiene mucha fuerza y podemos hacer algo grande. Y pasa la noticia!
Su primera vez

Me encontré con ella el sábado por la noche, al doblar una esquina. Hacía tiempo que no la veía y la alegría de aquel encuentro hizo que me cubriera de besos. Percibí en su rostro una chispa diferente, jovial y hasta juvenil, a la que le había visto las últimas veces. Su cara resplandecía hendida por una sonrisa que la dividía por la mitad. Creí notar que flotaba en el aire y es que me confesó entre tímida y pícara que aquella era la noche de "su primera vez".
Sí, después de sesenta años de matrimonio, lo había pasado muy mal en la enfermedad de su marido, dos años sin salir de su casa, y enviudado hacía dos meses. Pero hoy era la primera vez que salía a la calle por la noche, nunca lo había hecho y se había animado a salir con dos sobrinas. Quedó asombrada mirando aquel techo oscuro que en vez de bombillas tenía estrellas, no recordaba en los ochenta y siete años que tiene, cuando fue la última vez que la luna había iluminado sus pasos.
El viento...

..azota las ramas, que se entrechocan unas con otras originando unos originales acordes, y sopla con estridentes silbidos a través de las ventanas mal cerradas. Los pétalos del azahar inician su viaje mortal desde las ramas del naranjo hasta ese suelo que los recibirá sin miramientos ni mimos, pero por el camino irán dejando ese rastro postrero de su inconfundible aroma que tanto potencia el embeleso del espíritu.
Nubes negras lanzan ráfagas de lluvia que empapan la tierra hambrienta y que cesan con la misma violencia con la que se inician. Nubes que mutan al blanco y que son rasgadas por rayos de sol que asoman y parecen languidecer a su través.
El murmullo del aire se mezcla con el lejano sonido de las olas que barruntan temporal en el alta mar. Y los colores de amapolas, pensamientos y rosas, disputan la atención a la mirada que se pierde por jardines de arco iris, mientras granos invisibles de pólen excitan el interior de mi nariz. Hoy ha empezado la primavera...
Un cartel original

Al no haber tenido, finalmente, que sentarme en una de las mesas electorales me ha permitido disfrutar del domingo desde hora inusualmente tempranera. He paseado por las calles silenciosas gustando el silencio de ese amanecer festivo. En este paseo me encontré con este cartel en la puerta de un colegio al que no me pude sustraer de el deseo de hacerle una fotografía.
Me surge la duda de cual habrá sido la razón última que ha llevado a la directora a colocarlo y se me ocurren varias posibilidades:
-Que algún padre haya traído al niño a caballo hasta el colegio y haya tenido el mal gusto de introducirlo en el interior.
-Una manera disimulada de atacar a una epidemia de piojos que se haya podido desarrollar en el centro.
-Impedir el paso de las molestas moscas...aunque éstas no saben leer.
-Finalmente podría ser una sutil forma de fomentar la buena educación de los alumnos y poder expulsarlos cuando se comporten como "animales".
Sones electorales

Hasta ahora me había librado, pero por primera vez en treinta años de democracia me han convocado como suplente para una mesa electoral. Me convocan hoy a una reunión informativa y cuando llego al lugar, en esta tarde fría, me asombro ante la cantidad de gente que se agolpa en la calle. Las caras de muchos se parecían a esas que se portan cuando se acude a un funeral. Si no fuera por la cantidad de mujeres que había, me hubiera recordado a aquella fila antes del servicio militar en que entrábamos a por primera vez al cuartel y nos daban los macutos.
Se abren las puertas y entramos rápido al interior del auditorio, calculo unas trescientas personas, siempre hay gente más lenta, esos son los que se quedan de pie. Tres miembros de la Junta Electoral tras presentarse se ofrecen a aclarar dudas. Difícil tarea porque aunque ellos tienen micrófonos los que preguntan no lo tienen y es difícil escuchar lo que se dice. Efectuada la primera pregunta le dicen desde la mesa, que por favor al preguntar se pongan de pie. "Estoy de pie" contesta la señora que no era muy alta, ante las risas del resto. Se aclaran algunas cosas y alguno se dedica a contar su vida de que cómo le han llamado si se operó el otro día. Algunas cosas quedaron claras, que el que no acuda a la mesa incurre en delito electoral y otra cosa que desconocía que si no hay gente suficiente para formar la mesa, se puede obligar al primero que pase por las inmediaciones. Me imagino a ese pobre hombre que sale de casa a las 9 de la mañana a comprar el pan y lo sientan en una mesa, cualquiera convence a su mujer cuando vuelva a aparecer a las doce de la noche, que ha estado todo el día en una mesa electoral.
Se disolvió la reunión y nada más salir por la puerta, uno iba diciendo con voz airada: "Y luego dirán que hay democracia y me obligan a que esté en una mesa, si hubiera verdadera democracia sería voluntario". Me parece a mí que si fuera voluntario poca gente iba a acudir...
Bajo la parra otra vez...

Hace un par de días volvi a recorrer las calles doradas de la ciudad charra y quise volver a ver la parra que cuelga en el balcón de la casa de Unamuno y quedé asombrado ante la diferencia que presentaba con la imagen del pasado octubre. Frente a aquella imagen cubierta de hojas y frutas, ahora se la ve sobre el balcón con aspecto triste, contrastando con la impresionante torre de la catedral, desnuda de cualquier adorno vegetal y como si hubiera muerto como consecuencia de los fríos castellanos.
Sin embargo como todo lo que depende de los ciclos del tiempo estoy seguro que dentro de pocas semanas ese tronco pelado, como el ánimo desvencijado de muchos de los que lo contemplan, estarán tocados por el milagro vivo y naciente de la primavera.
Hoy ha sido el día...
...ese día único e irrepetible durante el año, en que en ese árbol que está frente a mi casa brota la primera flor, anunciando la próxima llegada de la primavera.Hay luces...
que colorean la mañana con una luz tan alegre, que transmiten su reflejo a mi ánimo durante todo el día.En el camino

Hay épocas en la vida en que el camino se hace especialmente tortuoso, nos encontramos con numerosos obstáculos que hay que sortear y, en más de una ocasión, tenemos la tentación de detenernos o abandonarlo. Puede que, incluso, sólo nos sostenga para seguir caminando el saber que el fin del camino ya está próximo.
Pero ¿qué ocurre si cuando llegamos a ese deseado final nos encontramos con un disco de dirección prohibida?
De colas sin colores

Cuando llegué a Madrid, allá por el año 1984, una de las cosas que más me sorprendió era la habilidad de sus habitantes para formar colas en situaciones variopintas. Nunca llegué a entender esa afinidad gregaria por caminar en grupo y a paso lento, más que quizás decelerar un poco ese paso tan rápido que se lleva por sus calles y que nos apresa a los provincianos. Me resultaban especialmente extrañas las largas colas que se formaban los fines de semana en los cines de estreno de la Gran Vía, cuando a dos paradas de metro de distancia, echaban la misma película en otra sala sin atisbo ninguno de empujones.
Debo reconocer que, tras varios meses viviendo allí, terminé abducido por esa extraña afición y recuerdo, como detalle, aquella cola de la que formé parte durante ¡siete horas!, en un frío día del enero madrileño de 1986, para darle el último adiós a Tierno Galván, aquel “viejo profesor” y alcalde madrileño de la época de “la movida”. En aquellas horas de obligada convivencia, recorriendo a paso de paladeo el Madrid de los Austrias llegamos a establecer una buena amistad con los que nos acompañaron a nuestra alrededor durante tanto tiempo. Y no fue extraño que alguno, en aquella magna celebración de la muerte, algunos se avinieran a compartir, con aquellos azarosos compañeros de camino, sus anhelos e ilusiones ante la vida.
Este gusto por las colas se va extendiendo por ciudades más pequeñas, nada más que hay que recordar para sacar el DNI, y especialmente en algunas épocas señaladas. Surge esta reflexión a las que, en estos días, se forman todos los años en Cádiz con motivo de la compra de las entradas para el teatro Falla donde se efectúa el concurso de las actuaciones carnavalescas. Este año muchos se las prometieron felices porque el 20 % de las entradas se pondrían en venta por internet, pero en un segundo, según dice el periódico, hubo 70 mil entradas en la página con lo que se bloqueó, aunque la empresa achaca el fallo al ataque de un pirata informático. Las colas seguirán formándose para los distintos eventos carnavalescos, para comerse gratis un plato de pestiños, en la pestiñada, o un plato de erizos, en la erizada. También para la compra del resto de las entradas, aunque este año, para evitar la reventa, serán nominales, pero como en Cádiz hay “gente pa tó”, ya encontrarán la forma de revenderla a alguien que se le parezca mucho y se le confunda la foto con la de su carnet de identidad.
Enhorabuena...

...porque habéis vencido. Tengo que confesaros que durante muchos días he tenido mis dudas. A principios de diciembre vi el primero, pero detrás de éste vinieron otros y luego cientos de papanoeles que escalaban las ventanas de muchos edificios. Pensé que ese gordinflón vestido de rojo os derrotaría, pero no ha sido así. Ayer cuando paseaba y os vi, por primera vez a los tres, escalando esa ventana, me di cuenta que no os habíais dormido ni despitado y que no os encontrabais demasiado lejos, lo que confirmé esta mañana cuando vi la sonrisa indescriptible de muchisimos niños con los regalos que les habíais dejado.
Los hombrecillos grises

No sé cómo, pero de un tiempo a esta parte los veo continuamente, como si hubieran surgido de la nada. Son hombrecillos de aspecto gris de difícil descripción. Los hay de distintos tamaños y estaturas, algunos pequeños y otros de aspecto equiparable a un ogro. Gesticulan mucho, sobre todo cuando los observas a distancia, y suelen ser de escasas palabras; al articular sonidos sus voces pueden chirriar porque están transformándose o sorprender por el tono grave y oscurantista que tienen. Sus aspectos físicos son variables, por lo que no entiendo como me parecen tan similares. Se metamorfosean bastante, el que hoy tiene su rostro oculto en una amplia melena y deslucida barba, mañana aparece con la cabeza como una bola de billar y la tez con una suavidad similar a la de un bebé.
En cuanto a su vestimenta, predominan los tonos oscuros, negros y marrones, aunque todos me parecen grises, ¡eso es hombrecillos grises! Cuando te los cruzas por la calle o un pasillo generan una exclamación, que se debe entender como saludo, similar a aquellos sonidos guturales de nuestros ancestrales antepasados de las cavernas.
Son aficionados a las nuevas tecnologías por lo que rara vez llaman a un teléfono fijo, prefiriendo el móvil y la comunicación invisible, no de los espíritus, sino del Messenger. Hay ocasiones en que tras hablarles durante un rato, ellos se quitan el auricular, semioculto por los rizos, del mp3, y te miran asombrados como si hubieras dicho algo.
Cada vez hay más, me los encuentro ya no sólo por la calle, sino por los pasillos de mi casa e incluso, alguna vez, en el salón. Supongo que con el tiempo ese color gris irá coloreándose hacia otros colores del espectro del arco iris.
No sé si mi hija adolescente estaría muy de acuerdo con esta descripción que he hecho de sus amigos…
Feliz Navidad!

En estos días navideños la gente suele entrar menos por aquí, pero para aquellos que lo hagan, quiero dejarles mis mejores deseos de una ¡FELIZ NAVIDAD! Una felicidad, no giganteca como esa que buscamos que nos solucione la vida, como si fuera el premio gordo del sorteo de lotería de Navidad, sino la que se puede encontrar entre las letras, en uno de estos rincones por el que te puedes mover libremente y que provoque en ti un pequeño cosquilleo, unos ojos brillando o simplemente una sonrisa, que te acompañe, al menos, durante unos segundos una vez que hayas salido de aquí.
¡FELICIDADES!
Buscando palabras

Hay épocas en que, sin saber por qué, las palabras parecen perderse por un lugar desconocido y cuando pretendo atraerlas se resisten a abandonar el seguro refugio en el que se encuentran. Y cuando ocurre eso, las echo de menos como viejas amigas complicadas y no entiendo el por qué de su actitud. Sé que no puedo enfadarme con ellas, porque les debo mucho y espero, dominando la impaciencia que brota en mí, que vuelvan, como siempre hacen, irremisiblemente a mi lado.
Muchas veces ayuda el buscar palabras ajenas que sirvan de reclamo para las mías, con la lectura de libros y periódicos. Y hoy haciendo precisamente eso, leer periódico me encontré con dos noticias curiosas que las convierto en mis palabras:
-En un pueblo cercano, un hombre atraca un banco. Por lo sucedido, yo diría que el individuo no es nada complicado. No buscó antifaces ni máscaras, sólo un gorro de lana que le protegiera del frío, no dice si era calvo. Tampoco se planteó desplazarse a un lejano lugar, sino que fue a la sucursal bancaria de la que era cliente, supongo que sería por eso de que le resultaba más cercana y no tenía que buscar ni la caja. Un poco bruto si que era ya que empezó a pegarle a una de las empleadas, pero no contaba con que la otra iba a escapar a la calle y dar la voz de alarma, lo que hizo que entraran distintas personas y pudieran maniatar al tipo hasta la llegada de la policía. Decididamente no era su día de suerte.
-Y hablando de suerte, eso es lo que probó otro con un boleto de la primitiva. Fue a la oficina a ver si le había tocado algo. Le sacaron el recibo con los números premiados y se lo graparon. Le dijeron que sí le había tocado, pero que no le podían pagar en ese momento por lo que tendría que volver al día siguiente. Y aquí empezó la confusión, el afortunado, nervioso por que le había tocado, confundió el recibo que le dieron de los resultados del sorteo con los números de su boleto y al comprobarlos vio que ¡había acertado todos! La euforia le embargó y fue corriendo a una entidad bancaria al depositar aquel boleto. El del banco, confundido también, creyó que el recibo con los números era el boleto ganador y lo guardó en la caja fuerte. Al rato llaman al servicio de loterías para decirle que tiene un boleto del primer premio depositado allí y es cuando se descubre todo el error. El des-afortunado sufrió una crisis y tuvo que ser ingresado en el hospital. Cómo para que le hubiesen dado un préstamos de 80 mil euros a cuenta del premio. La buena noticia es que ya salió recuperado del hospital. Lo que no decía la noticia es si finalmente volvió a cobrar el reintegro que es lo que efectivamente le había tocado.
¡Gratis!

Gratis es una palabra que nos atrae, como un imán lo hace con las limaduras de hierro, de una manera irremisible. La gratuidad debe ser un valor atávico que se remonta a la época del Paraíso, cuando lo que crecía era la fruta en los árboles en vez de los precios y la inflación. Esa cultura de sin esfuerzo obtener algo sigue viva en nuestros días y, además, parece que las cosas así obtenidas, sin dinero a cambio tienen un valor añadido.
Nada más que hay que ver en mi tierra esas fiestas gastronómicas de Carnaval donde reparten gratuitamente ya sean erizos de mar, pestiños o cualquier otro manjar, las colas eternas que se forman independientemente de la climatología, todo sea por ese plato lleno, aunque sea de pie, a empujones y a una hora que más bien debía ser ya de la digestión después de tanta cola. O esos pensionistas que manejan las recetas en baraja, con la habilidad de un tahúr y que si se les pierde o regalan al vecino una, no les importa volver al día siguiente al médico por otra de esas barajas rojas. Esos libros que por una u otra razón, regalan con el periódico y que hasta los que no leen nunca acuden tempranos al kiosco para no perder un ejemplar que nunca leerán y acabará arrumbado sobre una polvorienta estantería.
Y aquí entran también los políticos que reparten dádivas gratuitas, como medida de recoger votos y perpetuarse todo lo posible, con el dinero de todos. Porque, me pregunto yo, ¿por qué tengo que pagar con mi dinero esos 2.500 € que se dan ahora por nacimiento del hijo o libros de estudios gratuitos a gente que tiene muchísimo más dinero que yo? Lo políticamente correcto es decir que son unas maravillosas medidas sociales, cuando lo serían en realidad si, efectivamente, ayudaran a reducir las desigualdades sociales dándoselas a los que en verdad lo necesitan.
Creo que debemos repensarnos las gratuidades, en una sociedad como la nuestra todo se paga, y si no lo hace el que lo disfruta es porque otro lo está haciendo. A veces, el simple hecho de que algo costara 50 céntimos, si en verdad no es necesario, nos haría pensar si gastarlos. ¿Es acaso ese dinero el que sería necesario para detenernos, un momento, a pensar si consumimos razonablemente?
Alboreando

Así está la calle, cuando mis pasos solitarios, al amanecer retumban contra las paredes. Los tonos grises van desapareciendo a medida que la luz del sol, asoma a lo lejos entre los edificios y va iluminando las paredes. A estas horas me encuentro con muy poca gente, la vida empieza a bullir pero en el interior de las casas, y siempre somos los mismos los que nos cruzamos en las esquinas y los buenos días que intercambiamos quedan, durante un rato, flotando en el aire.
Suelo iniciar alegre este camino cotidiano de ida al trabajo, incluso aunque sea lunes. Simplemente el hecho de poder ir andando es un avance, cuando en un principio trabajaba a 600 km de mi casa, luego a 180 km y separado por el mar, más tarde a 50 km y ahora puedo ir caminando disfrutando de este paseo.
No es el mejor trabajo del mundo, ni siquiera aquello para lo que me preparé duramente en mis años universitarios, pero la vida me condujo hasta él y aunque inicialmente me revolvía contra aquella labor cotidiana, el paso de los años y la experiencia, ha hecho que le haya encontrado ciertas cualidades que lo hacen agradable y atractivo.
Cada mañana inicio ese camino hacia lo desconocido que sólo cuando la luz del sol ya se ocultó hace rato y la almohada apoya con su ternura mi cabeza, puedo decir si, ha sido un día digno de olvidar o, por el contrario, ha valido la pena.
Día de pesca

Hoy paseando por la playa mi mirada quedó atraída por esta caña de pescar, que, cual tenue pabilo, oscilaba flexiblemente con el jugueteo combinado del viento y de la marea que tensaba el sedal. Me sentí tentado a sentarme allí y dejar que mi vista fuera siguiendo, como a un viejo reloj de sol, la sombra que comenzaba dibujándose en la arena para, sin mojarse, zambullirse en el mar.
Acomodarme, sin prisas, sobre la arena; sabiendo que durante esas horas, nadie te espera y nada esperas, sólo el lento trascurrir del tiempo, que convertido en viejo amigo conversa conmigo con lo único que sabe hacerlo: con la variedad que va tomando luz y las distintas sensaciones que produce. Dejar que mis oídos se acomoden en ese leve rumor que este mar sin olas produce al lamer con suavidad las orillas. Seguir el vuelo de las gaviotas que dibujan con sus alas acompasadas estelas en el azul del cielo. Contemplar las libélulas que expectantes se posan sobre la caña y siguen su vuelo en cuanto esta vibra levemente. Y, al fin, escuchar esas palabras que el viento susurra al oído de aquellos que están atentos.
Y cuando terminara el día, y los azules mutaran primero a maravillosos tonos pasteles que despiden al sol, para luego ennegrecer cielo y mar en una tenebrosa uniformidad, emprender el camino de vuelta, probablemente sin un solo pescado, pero con la satisfacción de haber disfrutado de un maravilloso día de pesca.
Gente fastidiosa

Una vez más se me acercó aquella figura menuda, herida de arrugas por la vida. No entendía el por qué cobraba sólo la tercera parte de su pensión de viudedad. Como todas, ella se enamoró siendo joven del “hombre de su vida”. Su marido con una generosidad más que discutible, compartió pronto con ella las consecuencias de sus borracheras y sus gestos violentos, hasta tal punto que la desesperación le hizo a ella solicitar el divorcio a los diez años de aquella ilusionada boda, pero…le dio pena y durante veinte años más siguió aguantándolo en su casa…
Como no tenía a donde ir, lo tenía “recogido”, dice ella.¡Pero si hasta murió en mi cama!, se lamenta. Pero nadie se fija en esos veinte años de duro recogimiento, sino en aquella sentencia de divorcio que supuestamente rompió aquella convivencia y hoy es el detonante de esa reducción drástica de la pensión que cobra. Se da la vuelta y se retira con sus andares lentos y pesados. Una vez más se ha desfogado, aunque sabe que no tiene nada que hacer. Y es que hay algunos que parece que no tienen suficiente con dar una mala vida, sino que además siguen fastidiando hasta después de muertos.
Error tipográfico

Toda la vida en los periódicos, los llamados duendes de la linotipia, han provocado erratas. Pero hay algunas, como en este anuncio de hoy en la página de televisión, que con la simple desaparición de una letra, puede conducir a un lector poco avezado a pensar todo lo contrario sobre el contenido del programa.
¿Dónde estará esa A que se ha perdido?
Contemplando

A veces, sólo es cuestión de recorrer quinientos metros para disfrutar de ese regalo continuo que nos hace la Naturaleza y sentir un momento mágico.
Los noventa grados

De todos es sabido el deterioro galopante que tiene el sistema educativo y que cada vez los alumnos acaban sus estudios con una mayor dosis de ignorancia. A pesar de ello sigo asombrándome cuando escucho algunos hechos relacionado con la enseñanza. En esta ocasión fue un profesor de Matemáticas el que me contó la siguiente anécdota ocurrida en 1º de ESO:
Se encontraba explicando las diferencias y semejanzas entre la escuadra y el cartabón y estaba diciendo que los dos tienen un ángulo de noventa grados. Un alumno con cara de espabilado le pregunta: "Y eso de que tienen noventa grados ¿cómo lo han medido con un termómetro?".
Lo que no me dijo es lo que hicieron el resto de los compañeros. Estoy seguro que alguno se admiró de la sagacidad de su condiscípulo. Y se pensó mucho si tocar esos instrumentos de medida no fuera a quemarse.
El cartel

No pude remediar el hacer una foto de este cartel, cuando ayer lo vi en la gasolinera. Aparecen unas pormenorizadas instrucciones sobre como usar un grifo y la bomba de aire. Pero lo que no tiene desperdicio es lo que pone debajo del cartel, por si no se ve bien:
"INFORMACION EXPUESTA POR SUGERENCIA DE DOS INSPECTORES (JUNTA DE ANDALUCIA) POCO LUCIDOS".
¿Será lúcidos o lucidos? ¿Qué pensarán esos inspectores cuando vuelvan y vean lo que pone el cartel?
El test del Corte Inglés

En aquella lejana época en que no existía una asignatura para enseñarnos a ser bueno ciudadanos y sin embargo los profesores, independientemente de la asignatura que fueran se ocupaban de educarnos en algo más que lo meramente académico, recuerdo a uno que en cierta ocasión nos propuso que hiciéramos el test del Corte Inglés.
¿A qué ha venido este recuerdo? A echar un vistazo a mi alrededor y percatarme, sobre todo en las nuevas generaciones, de ese afán por tener "cosas", sin saber muy bien para que usarlas. Estos moviles que primero eran para facilitar la comunicación y ahora hay que cambiar continuamente, primero era el tamaño, ahora además tiene música y mil cosas más y cámara; pero los megapixels aumenta y queda viejo el móvil. O esos aparatos de música a nosotros un viejo radio cassette nos duraba años, ahora los mp3, dan paso a los mp4 y se quedan de un mes para otro cortos de memoria...¡hasta que lleguemos al mp300! Y los juguetes aquel balón nos duraba hasta que las patadas lo iban desgastando, hoy cambiamos continuamente de consola y salen nuevos juegos que son imprescindible el tenerlos. Y en cuanto al material escolar aquel estuche de veinticuatro colores nos duraba varios años y los lápices iban mermando de tamaño. Hoy en las casas se acumulan los estuches de lápices, rotuladores,...sin abrir.
¿En que consistía el test del Corte Inglés? En entrar en uno de los edificios de esta empresa con una libreta y un boligrafo, recorrer todas las plantas e ir anotando todas las cosas que se nos van antojando, para a la salida valorar nuestra capacidad de antojo y capricho. Lo he hecho muchas veces y me doy cuenta que últimamente apunto muchas menos cosas en mi libreta, no sé si es que tengo casi de todo o es que ya no necesito casi de nada.
La parra de mi balcón

El genio literario brota de cualquier detalle habitual de esos con los que nos tropezamos todos los días. Un día atrajo mi atención un soneto de Unamuno titulado La parra de mi balcón y dice así:
El sol de otoño ciernes de mi alcoba
en el ancho balcón, rectoral parra
que de zarcillos con la tierna garra
prendes su hierro. Y rimo alguna trova
en ratos que el oficio no me roba
a tu susurro, de esta tierra charra
viejo eco de canción. No irán a jarra
cual las que sufren del lagar la soba,
parra de mi balcón, tus verdes uvas;
para mi mesa guardo los opimos
frutos del sol de otoño bien repletos;
no quiero que prensados en las cubas
de vino se vodundan mis racimos
y con ellos se pierdan mis sonetos.
Me surgió la curiosidad de si ese soneto sería de ficción o tendría base real y me puse indagar al respecto, cuando tuve la grata sorpresa de que esa parra realmente existía. Vi fotos de ella, cosa complicada pues no es un detalle que aparezca en las guías de arte salmantino y efectivamente la susodicha parra cuelga en el aire trenzada a modo de guirnalda, de un balcón a otro, de la llamada Casa de Unamuno. Las fotos tomadas en invierno mostraban unas ramas peladas en las que parecía imposible circulara savia viva. Al fin, el otro día tuve la oportunidad de verla, estaba la parra sorprendentemente pletórica en hojas y con el zoom pude atrapar hasta las uvas que de ella pendían en estos días otoñales de prevendimia.
Si vais allí no dudéis en llegaros por la calle Calderón, con una copia del soneto en el bolsillo, puede ser el lugar ideal para recitarlo disfrutando de la sombra de aquella parra. No os decepcionará aquella pincelada bucólica en aquellos balcones del primer piso, suele ser una calle de paso y además esas atalayas emparradas no tienen tantos admiradores como los que tiene esa rana que está a la vuelta de la esquina y que atrae las miradas apartándolas de la hermosa fachada plateresca de la Universidad.
La cueva de Salamanca

Mi peculiar relación con Salamanca, que se remonta ya a treinta años, hace que cada vez que voy me sienta como en casa. En este último viaje tenía un especial interés por visitar y fotografiar, hélo aquí, uno de sus monumentos que no conocía: La cueva de Salamanca, situada por la parte de atrás de la Catedral y que aunque muy antigua no se ha expuesto al público hasta 1993.
La cueva corresponde a la antigua cripta-sacristía de la iglesia de San Cebrián que data del siglo XII. San Cebrián se refiere a san Cipriano un obispo que antes fue mago y con el que se relacionan muchas leyendas. Cervantes escribió un entremés con el título que tiene este monumento.
La leyenda indica que en este lugar un demonio, en la oscuridad de la noche, daba clases de adivinación y de otras artes tenebrosas a siete alumnos durante siete años, una larga "licenciatura", al final de los cuales, terminada la carrera, se echaba a suertes y uno de ellos quedaba en manos del demonio. Según se dice, uno de estos alumnos a quien le tocó quedarse fue a don Enrique de Villena (el marqués de Villena). Éste logró escapar con vida de las garras del demonio, que sin embargo se quedó con su sombra. Este hecho lo marcó de por vida como uno de sus adeptos.
Tras leer esta curiosa leyenda, lo más llamativo es que, me he ido fijando por la calle y he visto a más de uno a quien le ha sido robada la sombra...
Tras un viaje

Muchas veces un simple fin de semana y un cambio de aires, como éste, que he hecho a tierras de la meseta, es suficiente para acrecentar el ánimo y hacer bullir la musa literaria que dormía en mi interior.
¿Manías?

Entrando en el blog de Dsdmona, encuentro una sorpresiva invitación a destapar cinco de mis manías ocultas. Aunque no soy muy dado a seguir este tipo de invitaciones porque rompen la habitualidad de lo que se me puede ocurrir escribir, en esta ocasión me ha hecho pensar e intentaré plasmarlas. Reconozco que me ha costado localizarlas, porque como forman desde casi siempre parte de mí no las encuentro raras, sino muy "normales". De todas formas ahí van:
1) Desde hace treinta y cinco años, no uso los bolígrafos azules, ni nunca escribo ni dibujo con ellos. Un día decidí que el color negro para escribir y el rojo para subrayar era la mejor combinacíón y desde entonces he escrito miles de kilómetros de líneas, siempre en negro. Creo que fue posterior cuando me enteré que un tal Stendhal había escrito un libro llamado Le Rouge et le Noir.
2) Hay determinadas telas cuyo tacto me repele. Principalmente aquella tela de los impermeables antiguos, lo pasaba mal cuando llovía, no por el agua sino por la tela. No soporto las sábanas de seda para dormir y cuando compro una camisa lo primero que hago, antes que el color, es palpar el tejido y comprobar que es 100 % algodón.
3) Cuando escribo un texto, aunque habitualmente lo hago a ordenador, no tiene comparación la velocidad de la inspiración cuando lo hago sobre un papel en blanco. Preferiblemente folio, que no tenga manchas ni arrugas (en otros tipos de gustos no soy tan maniático...)
4) Me he acostumbrado a llevar un pendrive junto con las monedas, así en esas veces que llegas a un sitio y el tiempo intenta aburrirme, si encuentro un pc suelto siempre puedo seguir con algunos de los muchos textos que tengo por la mitad.
5) Siempre que voy a Madrid, me gusta pasear por el Retiro y allí seguir la misma ruta que siempre hago en la que miro a mi alrededor si algo va cambiando con el tiempo.
Ayer por la tarde...
...necesitaba ese rato con sabor a plata...Raras sensaciones

(dibujo de Mel)
Al abrir la ventana un extraño y silencioso rumor llenó la habitación. Algo inaudito sucedía... Salí a la calle donde numerosos huecos de aparcamiento la hacían aparecer con una cierta desnudez. Me crucé con poca gente. En la puerta de la panadería, hace unos días atestadas con una cola de compradores hasta la calle, hoy la panadera apoyada en el quicio contemplaba el vuelo errático de dos moscas despistadas. En la tienda de periódicos me costó trabajo entrar, pero esta vez era por los cartones de fascículos que elevados hasta el techo semejaban una fortaleza difícil de conquistar, los libros de las estanterías habían mutado en libros de textos y los juegos de playa en bolígrafos y rotuladores de mil matices. ¿Qué ocurría?
Encontré la respuesta al llegar a casa y quitar la hoja del calendario: ¡al fin había llegado Septiembre!
Noche de verano

Lo mejor del verano son esas noches, junto a ti, en que nos olvidamos del trascurrir del tiempo y acariciados por el rumor que provoca el viento sobre las ramas de los árboles, escuchamos, mirándonos a los ojos y en silencio, el tintinear de las estrellas.
De vacaciones...

Ya hemos pasado el ecuador del verano, de esta época que por una extraña razón parece que por el hecho de que aumenten las temperaturas hace que lo que es habitual en la vida cotidiana tenga que sufrir una especie de parálisis general. Yo por cuestiones profesionales no recuerdo cuando fue la última vez que tuve un mes seguido de vacaciones, ya que me tengo que conformar con tomarlas en períodos discontinuos, lo que hace que no logre olvidarme del todo del trabajo y, a la vez, hace que éstas se alarguen de una manera anómala.
Otros años he podido durante unos días escapar a otro lugar, pero hay años en que las circunstancias se entrelazan, o como este año que se han anudado del todo y lo han impedido. Ante eso cabe la postura de lamentarse o la que yo he tomado de disfrutar de las vacaciones con mis circunstancias y lo que me rodea. Descubrir el lado sosegado de cada día, sumergirme en lecturas que me atrapan, hasta ahora he disfrutado a cual más con los cuatro libros que he leído,pasear junto al mar, coleccionar puestas de sol tras el horizonte o simplemente cerrando los ojos, tumbado sobre la arena, intentar adivinar el color de la brisa. Este forma de colorear lo cotidiano me permite que, incluso los días en que trabajo, pueda sentirme que estoy de vacaciones.
El otro día en un paseo al atardecer pasé junto al bar con este curioso cartel: CUIDADO NIÑOS Miré a mi alrededor con cierto temor intentando averiguar ese peligro aL que se refería. Tal vez fueran niños salvajes de dientes afilados que se agarraran a las piernas o algunos que se lanzaban tartas de merengue por el aire o podían marchar a los transeúntes o quizás el dueño pretendía avisar de que en aquellos alrededores había niños de mentalidad limpia e ingenua y que si algún sesudo adulto pasaba por aquellos alrededores podría "contagiarse" peligrosamente.
Cada noche
Cada noche cuando el atardecer se va convirtiendo en recuerdo y las agujas del reloj tienden a confundirse en una sola, mis pies cansados por el peso del día me conducen hacia la cama. La luz de la lámpara ilumina el, hasta un instante antes, oscuro dormitorio y con su brillo tenue acompasa mis movimientos hasta que mi cuerpo se expande en horizontal. Esa transformación de la habitual verticalidad del día a la horizontalidad de la noche, hace que un súbito sosiego me invada mientras cada centímetro de mi cuerpo se acomoda, poco a poco, en su lugar sobre el colchón. El libro sobre la mesa de noche y semejando unas alas abiertas se desplaza sobre mi pecho, mientras las gafas sobre la nariz conducen mi mirada hacia su interior.
El tiempo se detiene. Aventuras, emociones, silencios, evocaciones…van tomando cuerpo en mi interior, desnudo de argumentos razonables, y una sensación grata me colorea por dentro, hasta que avanzadas las agujas, el parpadeo insistente de mis ojos me provoca un tenue sopor. Tengo justo el tiempo de dejar las gafas sobre la mesa de noche a la par que el libro inicia su vuelo. Apago la luz y mientras la cabeza encuentra su habitual acomodo sobre la almohada, mis ojos se cierran y, entonces en esta oscuridad, es cuando a su través veo con nitidez aquello que estuve buscando, sin encontrarlo, en muchos momentos a lo largo del día.
El canto del gallo

Armado de papel blanco y bolígrafo negro, estaba sentado delante de la ventana, en esas horas vespertinas del verano que evocan a esas tardes adolescentes con aroma a eternidad. Y mientras la tinta encontraba el momento adecuado para tiznar el papel de negro, rasgó el aire el canto de un gallo. Lo que en otro momentome hubiera resonado bíblicamente a traición, en esta ocasión constituyó toda una sorpresa.
Por primera vez en muchos años fui consciente de que ese anómalo canto habría resonado en otra muchas ocasiones, sin que yo lo notara, a pesar de vivir en un piso en el centro de la ciudad. Y sólo lo había descubierto en aquel instante en que la prisa cotidiana se había sustituido por la languidez del tiempo. Una vez más saboreé el canto de aquel gallo despistado que me empujó a escribir estas líneas y a estar atento, desde entonces, a todas esas señales que están, ocultas, tras la cortina de la rutina habitual
16 de Julio

Hoy se celebra la festividad del virgen del Carmen. Una devoción bien arraigada en estas tierras del sur y entre las gentes de la mar. Hoy es para ellos un día muy especial. Las redes descansan en los muelles y estos hombres engalanan sus barcos, en los que sometidos a los caprichos meteorológicos pasan en los demás días tantas horas de duro laborar, y acompañados de sus familias, se lanzan a la mar a acompañar en procesión a su patrona. En esta jornada quieren agradecer, de una manera especial, el cuidado y la protección que Ella les brinda durante todo el año.
A LA VIRGEN DEL CARMEN
¡OH Virgen remadora, ya clarea
la alba luz sobre el llanto de los mares!
Contra mis casi hundidos tajamares
arremete el mastín de la marea.
Mi barca, sin timón caracolea
sobre el túmulo gris de los azares.
Deje tu pie descalzo los altares,
y la mar negra, verde pronto sea.
Toquen mis manos el cuadrado anzuelo
-tu Escapulario-, Virgen del Carmelo,
y hazme delfín, Señora, tú que puedes...
Sobre mis hombros te llevaré a nado
a las más hondas grutas del pescado
donde nunca jamás llegan las redes.
Último día

Aprovechando el que la tarde vestía sus mejores galas: un sol tenue y vivaracho y una brisa refrescante, cogí la butaca y el libro me fui a la playa, a dejar que el rumor de las olas estimulara mi lectura. La playa estaba solitaria, poca gente a mi alrededor, hoy es el último día... Mañana, esta envidiable tranquilidad de las tardes de junio, desaraparecerá.
Mañana llegarán los turistas y nos invadirán durante dos larguiiiiiiiiiiiiiisimos meses. Aumentará el tráfico y disminuirán los aparcamientos. Llegarán en bandadas que oscurecerá, por su cantidad, a los pájaros que surcan el horizonte. Desde tempranas horas invadirán la playa huyendo de la incomodidad manifiesta de los colchones en el suelo. Pero no vendrán con las manos vacías, pondrán sobre la arena sus gigantescas sombrillas, las numerosas sillas, la mesa, la bolsa nevera y la sandía fresca, los paquetes de pipas y las fichas del bingo, los niños gritones y, además, a la suegra. Siempre que pasan por el lado nos consiguen una ducha gratis, unas veces de arena debida a sus chanclas y otras de agua cada vez que vienen del agua y sacuden la cabeza salpicando al aire. El olor a mar se sustituye por los mil olores de bronceadores y colonias sudadas. Y los sones silenciosos del aire son aplastados por las conversaciones a gritos sobre temas preocupantes como la eterna discusión si es mejor el Betis que el Sevilla.
Sí, mañana se acabó la tranquilidad, sin embargo me quedará el recuerdo de este día de junio en que sumergido en las mil caricias de la naturaleza disfruté plácidamente de la lectura de un libro en un inenarrable atardecer.
Palabras escalando el aire

La Fundación Caballero Bonald tuvo la grata idea, el pasado 21 de junio, de afrontar la doble presentación de dos libros de poemas. Por un lado “Tratado de cicatrices” de la poetisa jerezana Josefa Parra y por otro uno del escritor Jesús Fernández Palacios.
La presentación fue iniciada por el responsable de la editorial Calambur, que ha realizado la edición de sendos poemarios. A continuación Josefa y Jesús dijeron algunas palabras tras las que desgranaron rimas que escalaban el aire, al hilo de una armoniosa recitación, acariciando los oídos. Los silencios entre poemas fueron engalanados por la poderosa voz de la componente femenina del Therese D’Ascoli Duo.
Toda una fiesta para los sentidos la que se celebró en ese recoleto patio de columnas, bajo un acogedor techo de estrellas y que sirvió como inolvidable inicio del verano.
Transcribo como muestra de aquel inolvidable rato el poema con el que Josefa Parra inicia su libro:
NOSTALGIA DE LOS CUERPOS
Tienen algunos cuerpos la cualidad del agua.
Como ella, transparentes o turbios se deslizan
suaves pero imparables. Van dejando sus rastros,
como una huella húmeda, en los huecos
más descubiertos de nuestra memoria,
en las grietas del alma, y acomodan
sus perfiles, olores y cadencias
donde queda un resquicio de nostalgia.
Novela con enigma

El salón don Benigno de las Bodegas Barbadillo ha sido el escenario escogido para la presentación del último libro, "El sello del algebrista", del escritor jiennense, afincado en Cádiz, Jesús Maeso de la Torre. La tamizada luz del atardecer sobre el río Guadalquivir atravesaba las ventanas dotando de un aura acogedora la escena que allí se desarrollaba.
Empezó el acto con una presentación prolija y amena de la novela, por el presidente del Ateneo a quien siguió la disertación del autor. Se congratuló de estar en aquella tierra en la que transcurre la, sin duda, más famosa de sus novelas: Tartessos. A continuación indicó que el concepto de novela histórica no era acertado, ya que en sí eran dos palabras, novela e historia, que se contradecían. Deberían llamarse novelas recreadas en un marco histórico. Señala que le gusta escribir sobre valores del ser humano en marcos antiguos que son más glamurosos. Este tipo de novelas empiezan en la época romántica pero se van dejando de escribir hasta desaparecer. El pistoletazo de salida de la novela histórica europea fue la publicación de "El nombre de la rosa" de Umberto Eco, lo que decidió a una serie de autores a dedicarse a ella. Según Maeso lo más importante en la vida es buscar el conocimiento con un corazón limpio que es lo que hacen este tipo de novelistas.
Centrándose en su última novela dijo que formaba parte de una trilogía que había escrito sobre el siglo XIV, un siglo que tiene muchas coincidencias con la época actual. Está convencido, por propia experiencia, de que el destino tiene que mucho que ver en la vida del hombre. Resumió el argumento indicando que es el viaje inciático de cuatro personas formidables que tienen sueños, con un final que sorprenderá al lector. Es una novela que emociona y entretiene, que de eso se trata, augura el escritor.
Terminó la presentación cuando, a los lejos, sólo se divisaban las luces de los barcos que transcurrían plácidos por el Guadalquivir. Unas copas de manzanilla, sirvieron para aderezar un rato distendido de conversación entre los asistentes.
Hay momentos...

...en que tras pagar la entrada del museo, nos damos cuenta, demasiado tarde, de que lo verdaderamente interesante, en vez de dentro está en la calle, al otro lado de esa ventana abierta.
Entre nubes

Durante un rato he estado volando más allá de las nubes. He recorrido cientos de kilómetros para romper la cotidianeidad y dirigirme hacia las lejanas y seductoras tierras del norte. He paseado por las calles estrechas y acogedoras de los cascos viejos. He escuchado hablar a las olas de la playa del Sardinero mientras las hojas de los tamarindos se agitaban mimosas con la brisa. Me he dejado acariciar por las luces de las catedrales y el silencio de algún claustro. He aprendido cosas sobre el pueblo vasco hablando con la gente y viendo sus museos. He acariciado la arena de la playa de la Concha y disfrutado de la vista, a pesar de que la niebla se empeñaba el velarla.
He montado por primera vez en un tranvía y leído multitud de carteles en euskera. Me he puesto colorado con la fuerza del sol, estremecido con los sonidos de las tormentas y chorreando con el agua de la lluvia. He puesto cara a una colección de palabras. He escuchado, sin esperarlo, una coral de jóvenes filandesas. He admirado grandes y pequeños edificios y me he confirmado en la idea de que ni entiendo ni me gusta el arte contemporáneo. He viajado horas de autobús. He visto tantos verdes diferentes que ni en la mayor carta de colores.
Tantas cosas que todavía tengo que ir asumiéndolas...pero ¡qué maravilloso es pasarse unos días descubriendo continuamente todo lo que te rodea, aunque qué cansa los pies esto de andar "entre nubes"!
¿Optimismo...?

Mañana jornada de reflexión...
El domingo todos debemos acudir a votar...
El lunes seguirá todo igual...
....¡si no peor!
El sabio barbudo

Paseaba entre la ropa femenina de un centro comercial, a mi espalda escucho una voz fuerte de mujer y con cierto tono inquisitivo:
-¿Tú crees que este vestido me hace más gorda?
Me vuelvo y me sorprende ver a una mujer grande y gordísima, que caminaba por el pasillo moviendo los percheros de ambos lados, que se dirige a su, supuesto, marido, un hombre menudo y con cara de "estar en otro sitio", quien mirando en dirección a los fluorescentes del techo le responde sabiamente con una voz aguardentosa:
-No lo sé cariño, tú sabes que de esas cosas no entiendo.
Ella lo miró con ternura mientras se dirigió a la caja con pasos oscilantes. El se secó el sudor, mientras quiso, sin poder, esbozar una sonrisa. Al menos, ese día le prepararía una buena cena.
Con voz propia

Con una tarde calurosa como marco, la Fundación Caballero Bonald organizó la presentación del libro "CON VOZ PROPIA" de María Rosal. El libro es una antología de poesía femenina de los años 1970 a 2005. La autora incluye un estudio para demostrar la escasez de voces femeninas en muchas de las antologías poéticas publicadas en los últimos años. En sus páginas muchas autoras desgranan, después sus poesías, y hay además una original sección con algunas poesías comentadas por las propias escritoras. La autora, docente, orienta el libro como materíal que pueda ser empleado en clases e intentar superar ese canon poético retringido y. habitual que pone en los libros de textos.
A María Rosal le acompañaban tres poetisas de las incluidas en la antología: Mercedes Escolano, Ana-Sofía Pérez Bustamante y Josefa Parra. Las cuatro recitaron, con estilos muy diferentes pero con palabras y tono sentidos, algunos de sus poemas y nos hicieron disfrutar en aquel silencio, a aquel escaso auditorio de sólo unas diez personas, de unos momentos mágicos donde se entremezclaba la pasión, con el humor o las emociones. Sólo eché en falta en algunos momentos la redondez intimista, recogida y sin esquinas de una mesa camilla.
Una colonia problemática (y 2)

Después de lo contado hace unos días sobre el tema de la colonia, han surgido muchas dudas no sólo las aquí expresadas, sino de quienes también de modo particular me han preguntado como concluyó.
Pues bien, para remediar la curiosidad suscitada explico, a continuación, el desenlace. Por un lado no quería desatar más polémica de la adecuada y por otro me seguía apeteciendo el cambiar de colonia, así que opté por una decisión salomónica: devolver aquella colonia por otra diferente. Iba de camino, cuando me tropecé con el profesor de mi hija, a quien hacía meses que no veía, el que usaba esa colonia tan denigrada que llevaba yo en la bolsa. Por un instante se me ocurrió ofrecérsela a buen precio, con lo que yo recuperaría algo de mi inversión; pero sólo de pensar en la cara que pondría si le hiciera ese ofrecimiento, pasé de largo.
Llegué a la perfumería y, sin explicarle las razones, le dije que quería cambiarla. En la misma estantería había otra diferente, pero de la misma marca y del mismo precio, céntimo incluido, no lo dudé y la cambié sobre la marcha.
Ya llevo varios días usándola, cambié de colonia y nadie ha comentado nada…me pregunto si no será causa de que tenemos un problema con los desagües y huele tan mal que cualquier olor aromático, del tipo que sea, se agradece fehacientemente.
Una colonia problemática

Hay momentos en que a uno, no sabe por qué, le apetece cambiar algo en su vida. Unas veces son cosas más superficiales y otras esencialmente profundas, ayer me pasó con una de las primeras. Había terminado una semana laboralmente compleja y como tenía que hacer algunos encargos se me ocurrió comprar una colonia nueva y cambiar de la que llevaba varios años flotando a mi alrededor. Llegué a la perfumería y estuve viendo algunas muy diferentes, me detuve en una, me habían hablado de ella y salpiqué un poco sobre mi muñeca para aspirar su olor. Me impactó aquel olor, ¡algo así estaba buscando!
Sin querer detenerme mucho en el precio, parece imposible que un bote tan pequeño resulte tan caro, me fui ufano con mi compra a mi casa. Al principio no pasó nada porque no me encontré con nadie. Al rato apareció mi hija: ¡Uf como huele aquí! Parece que ha venido mi profesor de matemáticas. Huele a él.
Al rato apareció la otra: ¿huele a insecticida?
Pero lo peor fue mi mujer: ¡qué olor más chocante! ¡trastorna! ¿qué te has puesto? ¡Haz el favor de no ponértela más! Frases que se repetieron hasta horas despuésd de llegar cuando entraba en el cuarto donde yo estaba. Y eso que solo habían sido unas gotas de muestra...
Cada vez que entro en el cuarto de baño veo el bote de colonia envuelto en su papel de celofán. Parece que no ha sido muy productiva mi decisión de un cambio superficial ¿y si el cambio hubiera sido algo más esencial? No sé que hacer...¿usar esa colonia, pese a quien pese, haciendo oídos sordos a sus comentarios y sintiéndome a gusto conmigo mismo? ¿o colgarla en la página de ebay y subastarla al mejor postor? Al menos de esta segunda manera recuperaría algo de la inversión que he hecho...
Veintitrés de abril

Mi primer recuerdo de la palabra comunero data de un libro de historia de mi época infantil y en aquel entonces no entendía demasiado bien a que se refería e incluso, por similitud lingüística, llegué a pensar si tendría alguna relación con comunista. Luego ya leí distintas cosas sobre el tema con lo que entendí, algo más, aquella contienda que enfrentó a aquellos miembros de la nobleza con un monarca y una corte llegada del extranjero y con el que tenían grandes discrepancias. Me gustó sobre este tema la lectura de la novela histórica “La comunera”. Ayer se celebró el día de la comunidad castellano-leonesa al conmemorarse la derrota el 23 de septiembre de 1521 del ejército comunero en Villalar y la ejecución de sus tres principales líderes: Padilla, Bravo y Maldonado.
Pero lo que no sabía es la reseña que leí hace unos días y escribió en 1878 Pedro Antonio de Alarcón tras un viaje que hizo a Salamanca sobre aquellos acontecimientos y que me parece interesante por ser habitualmente desconocida:
“Francisco Maldonado, el célebre comunero, el compañero de Bravo y de Padilla, el degollado del gran cuadro de Gisbert, no pertenecía a la rama principal de la familia mencionada, de la cual era jefe, aunque tampoco dueño de la Casa de las Conchas, un D. Pedro Maldonado y Pimentel, también afecto a la causa de las Comunidades, del cual me parece oportuno decir aquí algunas cosas, de todos sabidas, por si hay alguien que las tenga olvidadas, cosa que a mí me acontecía no hace muchas horas...Notorio es que Salamanca acudió en auxilio de Segovia contra el alcalde Ronquillo, como casi todas las ciudades castellanas. Principió en Salamanca la cosa por un gran motín (¡indudablemente estalló en el Corrillo de la Hierba!), durante el cual quemó el pueblo una casa del mayordomo del terrible Fonseca, arzobispo de Santiago, derribó otras muchas, y arrancó las varas a las autoridades. En tal coyuntura, el poderoso D. Pedro Maldonado y Pimentel, creyendo que los victoriosos amotinados no podían hacer nada bueno en Salamanca, y sí se lucirían muchísimo yendo en auxilio de los Comuneros, formó con ellos una crecida hueste, y los llevó a luchar contra los imperiales. Los salmantinos lidiaron en diferentes jornadas con varia fortuna, que se les declaró al fin totalmente, adversa en los campos de Villalar. Al lado de Maldonado Pimentel, o mejor dicho, en las filas de su gente, peleó allí como bueno otro Maldonado, algo pariente suyo y también hijo de Salamanca, y ambos cayeron prisioneros después de su derrota. -Fueron entonces condenados a muerte los principales cabecillas o jefes de Comuneros; pero como el D. Pedro Maldonado Pimentel tuviese parentesco con el famoso Conde de Benavente, consiguióse que el otro Maldonado, conocido por el de la calle de los Moros, muriese en lugar suyo con Bravo y con Padilla, cual si este bárbaro ardid pudiera deslumbrar a la opinión pública... ni aun en tiempos en que no había periódicos. Y al cabo sucedió que los imperiales, después de guardar encerrado algunos meses al Maldonado Pimentel, diéronse cuenta de que nadie había sido engañado con la sustitución referida, y tuvieron que degollarlo también, me parece que en Simancas, un año después que a su homónimo. -Por manera que el insigne D. Pedro trocó por un año de vida los siglos de popularidad que ha disfrutado y disfrutará todavía muchísimo tiempo la memoria del pobre D. Francisco, y el alto honor de figurar en el mencionado cuadro de Gisbert.”
La delgada línea de la realidad

Ella y El se conocieron por esos caminos azarosos que traza Internet y ni siquiera los millones de metros cúbicos de océano que los separaban pudieron impedirlo. Mas bien al contrario, durante dos años aquella relación se fue estrechando y fue, entonces, cuando decidieron conocerse para lo que Él, abandonando su posición virtual, dio el salto a la realidad y se conocieron personalmente. Aquello no hizo más que avivar la pasión, por lo que a la madre de ella no le extrañó demasiado, cuando su hija, una guapa y brillante estudiante de Ingeniería, decidió con veintiún años dejar sus estudios para ir a la tierra de El, donde se casaron.
De aquellos meses en los que estuvieron casados poco se sabe, salvo que en un momento determinado Ella no debía estar demasiado bien, pues estuvo acudiendo a la consulta de una sicóloga. Lo que sí se sabe es que un día Ella desapareció de su hogar. El, en principio, denunció aquella desaparición, pero a los pocos días retiró la denuncia alegando que la había visto en una localidad cercana y que Ella lo había abandonado por otro. Su madre desde aquel país lejano, ahogada en pena, no terminaba de creerlo. Los meses pasaron y aunque su madre nunca se olvidó de Ella.
El pareció olvidarla, hasta que un día……en un terreno próximo a una población cercana alguien encontró una vieja maleta semienterrada y avisó a la policía. Procediendo a su apertura se encontró en su interior un cadáver que no se tardó en identificar como el de Ella. Los acontecimientos entonces se precipitaron y El fue arrestado como sospechoso. Todo lo señalaba pero nunca se averiguaron las respuestas a los múltiples interrogantes que surgían, porque al día siguiente El se ahorcó en la celda en la que estaba.
Este post que podría ser un relato ficticio es, desgraciadamente, coincidente en todos sus aspectos con una historia real Cada vez me convenzo más que la línea que separa a la realidad de la ficción es cada vez es más fina.
Día de primavera

Todos los días antes de salir a la calle, a esas horas en que el amanecer se despereza, miro a través de la ventana para captar los síntomas de esta esquizofrenia meteorológica que llevamos padeciendo durante las últimas semanas. Hoy no ha sido necesaria esa mirada al cielo, pues antes de abrir la ventana el gorjeo alegre de los pájaros me avisó de que hoy sería un día plenamente primaveral.
No me es fácil, en general, recordar donde me hallaba, en tal día, muchos años antes, pero hoy sí hay un acontecimiento que me hace recordar que hace exactamente veinticinco años me encontraba, a varios cientos de kilómetros de aquí, en la boda de una amiga. Era la primera boda de alguien de mi generación a la que asistía y por eso de ser la primera la miraba como más expectante y admirativo, después acudí a todas las demás, salvo las de los más recalcitrantes que se empeñaron en continuar como “singles”.
La noticia, en estos tiempos que corren, es que tras pasar todo este tiempo, hoy veinticinco años después, la ilusión entre ellos sigue viva. Han transcurrido por medio, muchos veranos, otoños e incluso, sin duda, jornadas de muy duro invierno, pero lo importante es que aún sigue habiendo días que cómo el que hoy pregonan los pájaros que, para ellos, continúan siendo de primavera.
Tardes de domingo

Recuerdo haber leído a mediados de los años setenta un libro de Michel Quoist de título “Oraciones para rezar por la calle”, había una referida a la oración de un sacerdote en esa soledad, muchas veces, agobiante del domingo por la tarde. Los años han pasado y esas horas vespertinas del domingo siguen teniendo, para mucha gente, esa pátina grisácea que evoca a la melancolía. Es como si a esas horas el fin de semana hubiera dado todo de sí y parte de las ilusiones del viernes se hubieran estrellado haciéndose añicos contra el muro de la realidad.Algunos no tienen problema rehuyen esas horas procurando que el domingo se alargue de manera irracional, son los que sumergidos en juergas y holganza no se plantean la semana hasta bien entrada la noche cuando están inoculados en los atascos de entrada a la ciudad o están, incluso, los que extienden su solaz hasta la madrugada del lunes, apoyándose en su cara dura en que ya tendrán para descansar el día siguiente.
La cercana presencia del lunes empieza a pender sobre nuestras cabezas, anunciándonos y amenazándonos con las sombras de sus ajetreos, sus prisas y sus preocupaciones. Unas sombras que en la distancia parecen más peligrosas de lo que en realidad lo son cuando nos topamos de frente con ellas.
Están, al fin, l@s que no tienen tiempo para preocuparse porque entre duchar a los niños, prepararle las ropas, preparar la comida del día siguiente y organizar la semana, no disponen de ese lujo de entristecerse durante esas horas. Y más tarde están tan cansad@s que el sueño les invade antes de que se lo puedan plantear.
La hora perdida

Esta noche tendremos el cambio de hora, a las dos habrá que avanzar los relojes a las tres. Pero ¿a dónde va esa hora perdida? La mayoría dicen: "una hora de sueño menos", pero según la vida de cada uno puede ser diferente. Para otros puede ser una hora menos de juerga, una hora menos para hacer el amor, una hora menos para soñar, una hora menos para esperar el amanecer en la cama de un hospital, una hora menos de guardia...
Es una hora que se pierde, que no viviremos y que es difícil de aprehender. Incluso si la muerte se despista con el cambio de hora y tiene decidido que uno muera a las dos y veinte, le va a suponer a este individuo un alargamiento de la vida hasta que aquella se decida de nuevo a ponerle fecha y hora. Sólo hay algunos que no perderán esta hora y son los que esta noche vayan en un vuelo de la Península a Canarias.
El gran silencio

En un momento en que las películas pugnan por tener el mayor número de efectos especiales, es un verdadero deleite el ir a ver esta película. Digo bien lo de ir a ver, porque carece de música y a lo largo de los 164 minutos que dura solo hay tres o cuatro momentos puntuales en que se habla. La película nos retrata la vida cotidiana de los cartujos de la "Grande Chartreuse" en los Alpes franceses. Un paisaje único entre montañas y que, no sé por qué me vino a la mente que es parecido al que dibujó en palabras Tomas Mann en "La montaña mágica".
Al principio estaba un tanto nervioso, pues la costumbre me pedía que "ocurriera" algo, hasta que mis sentidos se relajaron y se adaptaron a que no pasara nada, a que fueran transcurriendo las estaciones, los toques de campana, el trabajo callado y la oración ante la vela roja del Sagrario. Su director Phillip Groening pidió permiso para rodar en 1984, y le dijeron que le llamarían cosa que hicieron dieciséis años más tardes. Estuvo seis meses viviendo con ellos y filmando con su cámara. La película es el resultado de ello.
La vida cotidiana de los monjes asoma ante nuestra mirada. Usa primerísimos planos y un zoom que difumina muchas veces los fondos. El paisaje va cambiando con las estaciones del año y la luz que tiñe los rincones del monasterio tambien. Desde la butaca se dedica uno a contemplar aquello como un observador, sabiendo que el final puede estar en cualquier momento ya que no hay una secuencia lógica de escenas ni un previsible desenlace.
Entre poemas
Mi afición a los libros data de mis años infantiles cuando me introduje en ellos a través de la multitud de tebeos que había en mi casa. La lectura siempre la he entendido como una relación personal entre el libro y yo, donde situados en un rincón en una dualidad caprichosa compartimos nuestro tiempo. Esa inmersión me permite vivir grandes aventuras o experimentar las más sentidas emociones que se desatan simplemente por la captación de las palabras.
Al entender esta actividad de una forma tan íntima, nunca me ha gustado que me lean los libros en voz alta. Me parece como si esa voz ajena, actuara como elemento distorsionador de esa cercanía. Aunque esto, tiene para mí una excepción: la lectura de poemas. En el taller literario en el que participo desde principios de curso tuvimos ayer el final de la primera parte, la dedicada a la poesía. Y tuvo la buena idea José Mateos, el ponente, de invitar a su amigo Pedro Sevilla, poeta natural de Arcos de la Frontera, a hacer una lectura de poemas.
Las palabras de Pedro envueltas en sentimientos en los que se trasparentaba el niño que fue, el amor a su madre o los poetas de los que aprendió, sonaron al atardecer, en el silencio de la biblioteca. No un silencio apagado, sino el silencio vivo y emocionado que brota de la presencia atenta de un grupo de amante de las letras que escuchan con atención aquellas palabras cargadas de luminosidad. Una sesión inolvidable como colofón al acercamiento que hemos hecho a la poesía y que sirve de prólogo para comenzar con la narrativa
Pepe

Lo conocí hace varios meses cuando llegó por primera vez a mi oficina. Lo vi acercarse con movimiento oscilantes, mientras un olor a vino impregnaba el ambiente. Su rostro hundido en arrugas y su barba cerrada de varios días. Venía acompañado de su hija de unos trece años. Con ánimo irascible y aspecto despectivo la lengua se le trastabillaba. Intentó hacerme comprender, con enorme dificultad, lo que quería. Su hija a su lado miraba y callaba, comprendí que la madre la había mandado de sobria compañía. Estuvo unos minutos en que se enfadó varias veces y cuando marchaba estuvo a punto de dar un traspiés por la escalera que fue hábilmente frustrado por una agarrada de su hija. No fueron unos instantes demasiado agradables.
En otra ocasión fue la mujer la que vino a solucionar un papeleo que tenía que arreglarlo él, le insistí que viniera Pepe. Entonces fue cuando ella me contó que hacía un par de años se le había muerto un hijo en el ejército y que él cuando venía de trabajar lo habitual era que se fuera al bar a beber y llegara borracho. No lo había superado y era su manera de olvidar y de expulsar su frustración. Ahora comprendí la rabia que aquellos ojos transparentaban, era contra ese comportamiento inexplicable que, en ocasiones, tiene la vida. Me di cuenta que empezaba a entenderlo con otros ojos.
A los pocos días vino, me saludó amigablemente estrechándome su mano, hoy venía sobrio e, incluso, simpático. Yo creo que algo tuvo que ver, lo que le dije a su mujer que le transmitiera: que antes de entrar por la puerta le íbamos a hacer soplar por un alcoholímetro. Desde entonces, cada vez que viene, da gusto hablar con él.
Una molestia internaútica

Al igual que hace unos días me alegraba de las ventajas de Internet para encontrar un libro, esta vez voy a quejarme de alguno de los perjuicios que causa y he sufrido.
Hace unos días recibí una llamada a mi teléfono móvil de alguien a quien no conocía, diciéndome que había visto por Internet que yo vendía un Audi. Le comenté que coincidíamos en algo: a los dos nos gustaría tener un Audi. Pero también discrepábamos en otra cosa: yo no me puedo plantear el comprarlo.Supuse que había intercambiado los números al llamarme y de ahí había surgido el error, Pero cuando recibí tres llamadas más con el mismo asunto ya me di cuenta que alguien se había equivocado y había puesto mi número de móvil para contactar en la venta de su coche. Como aquello tenía trazas de prolongarse, en la cuarta llamada, le pregunté en que página había visto eso. Cuando me dijo la dirección entré en la página, pero ¡ingenuo de mí! Aquello era como buscar una aguja en un pajar. No podía imaginar que hubiera cientos de personas intentando vender un Audi. Tras esta infructuosa búsqueda tuve que esperar las llamadas de dos interesados más para localizar la ciudad y el precio en que lo vendían, dos datos imprescindibles para la búsqueda que tenía que hacer.
Volví a entrar en esa web y tras recorrer, con la ayuda de esos datos, pormenorizadamente veinticinco páginas con veinte anuncios de Audi por páginas, finalmente localicé el que buscaba y allí aparecía flamante mi número de móvil. Ya con esos datos llamé al administrador de la página para que diera de baja el dato. Por el que lo siento es por el que vendía ese Audi 8, a quien nadie habrá llamado, pero le está bien empleado por el despiste que tiene encima.
Ya lo tengo...

... en mis manos. Tras dos meses de búsqueda, imposible de localizarlo en mi librería habitual y en otras cuatro librerías, y agotado en la editorial, recurrí a un post de este blog a ver si alguien me podía conseguir este libro en algún rincón del planeta. Pues al fin lo tengo, me lo encontraron en una recóndita librería a seiscientos kilómetros de aquí. Todo gracias a la magia de internet, de los Reyes Magos,...pero sobre todo de la Amistad.
Se busca...

Es difícil indicar cuáles son las razones que me conducen a la lectura de un libro porque son variadas. Unas veces es cuando llega en forma de regalo, otra cuando me grita que se quiere venir conmigo desde lo alto de la estantería de una librería, en otra ocasión una crítica desde una revista me atrae el interés y últimamente, cada vez más, por el boca a boca de algún lector del que me fío o de los consejos que me dan por internet. De todo ello la conclusión que saco es que hay libros que me atraen, que me obsesionan hasta que los acabo, pero que los que en verdad me dejan huellas son aquellos que no son conocidos, ni aparecen en las listas de los más vendidos y que, casi por azar, llegaron a mis manos.
Uno de esos títulos que me llegaron por caminos extraños ha sido "La modificación" de Michel Butor. Lo he intentado buscarlo en mi librería habitual, pero al parecer está agotado hasta en la editorial. Me he quedado con la frustración de querer sumergirme en sus páginas y la imposibilidad de poder hacerlo.
Por eso he puesto el "se busca" en este post, ya que la única posiblilidad sería la de encontrar algún ejemplar arrumbado en cualquier librería cercana a cualquiera que un día entrara por aquí. Si alguien lo encuentra agradecería que me avisara...
El sacramento de la vela de Navidad

"Era víspera de Navidad; la primera Navidad fuera de la patria…
…La misa de media noche fue muy hermosa cantada por los aldeanos, vestidos con pantalones de cuero hasta la rodilla, con gruesas medias y aún más gruesos zapatones. Tocaron sus instrumentos, con melodías típicas de Baviera. Parecían y bien podrían haber sido, los pastores de Belén. Cuando todo acabó se hizo un gran silencio. Por los valles se distinguían lucecitas caminando: eran ellos que regresaban presurosos glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído.
Hacia la 1,30 de la madrugada, suena la campanilla del convento. A la puerta está una viejecita. Aferra un farol encendido. Va toda envuelta en un grueso manto color ceniza. Traía un paquetito. Dijo: “Es para el Paterle (padrecito) extranjero que estaba en la misa del gallo”. Me llamaron. Me entregó el paquete todo adornado, con breves palabras: “Usted, señor, está lejos de su patria, distante de los suyos. Esto es un regalo para usted. También para usted hoy es Navidad”. Me apretó fuertemente la mano y se alejó en la noche bendecida por la nieve.
En la habitación, solo, mientras recordaba imágenes de la Navidad en casa, muy parecida a ésta aunque sin nieve, deshice con reverencia el paquete. Era una gruesa vela color rojo oscuro, toda trabajada y con un fuerte soporte de metal. Una noche iluminó la noche de la soledad. Las sombras se proyectaban largas y trémulas en la pared. Ya no me sentí solo. Fuera de la patria había acontecido el milagro de toda Navidad: la fiesta de fraternidad de todos los hombres. Alguien había entendido el mensaje del niño: hizo del extraño un prójimo y del extranjero un hermano.
Hoy todavía después de algunos años, la vela vigila durante la Navidad sobre el estante de los libros. Todos los años, en la noche santa, se enciende. Y se encenderá siempre. Al encenderse recordará una noche feliz, entre la nieve, en la soledad. Recordará el gesto de dar que es algo más que un brazo extendido. Traerá a la memoria el regalar que es más que dar. Hará presente la Navidad con todo lo que significa de humano y de divino. Esta vela de Navidad es más que una vela cualquiera por muy artística que sea. Es un sacramento navideño. "
(Los sacramentos de la vida - LEONARDO BOFF)
Cada vez que leo este texto resuena en mi interior despertando mis emociones, tal vez porque yo tuve la experiencia de ser acogido en un día de Navidad y conté con una serie de personas que no me hicieron sentirme extranjero en tierra extraña, sino uno más de ellos. Desde aquí, en este día, mis mejores deseos de felicidad para todos los que entráis por aquí de vez en cuando. Se las deseo, especialmente, a aquellos que se sienten envueltos en la soledad y, también, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que tanto abundan en el mundo y de los que tan poca propaganda se hacen.
Transformación
El otro día estuve en una audición musical en el Conservatorio con motivo del final del primer trimestre. Los músicos eran niños esforzados que tocaban con más afición que calidad, algo que poco importaba a padres y abuelos que lagrimosos y emocionados aplaudían tras las correspondientes actuaciones. Cuando le tocó el turno a una joven de aspecto desgarbado y hablar ordinario y ceceante, una de tipo "cani" como dicen ahora los adolescentes, acercó la flauta travesera a su boca y cual si un coro de los ángeles allá estuviera, dejó escapar una agradable melodía que enmudeció de sorpresa al auditorio. Y es que, pensaba el aspecto externo de una persona y la creatividad que emite, en cualquiera de sus formas, no tienen nada que ver.
¿Cuántas veces habremos leído un libro pleno de sensibilidad, de esos que nos llegan bien dentro y cuando hemos leído una entrevista al autor nos hemos quedado francamente decepcionados? O hemos visto un cuadro de gran belleza y el pintor resulta ser un tipo hosco y desaliñado. Y es que la creatividad es algo que está más allá de toda cuadrícula, no se puede encerrar entre muros, es libre y vuela por todo el universo, esperando ese ser cualquiera capaz de atraparla y sobre todo expresarla a los demás.
La circunferencia redonda

Sí ya sé que es algo reiterativo el título de este post, pero se me ha ocurrido al sufrir las circunstancias, que empujadas por algunas personas determinadas hoy se han esforzado en convencerme de que las circunferencias tienen vértices. Inicialmente me ha supuesto un cierto trastorno, pero no me ha durado mucho, aunque todavía noto un cierto temblor cuando lo recuerdo. Pero yo sé algo que ellos desconocen y de lo que no pueden hacerme dudar: que el cociente entre su longitud y su diámetro será siempre, mal que les pese el número p.
Visitantes de ida y vuelta
Tengo la gran ventaja de estar en un trabajo donde al ochenta por ciento de los papeles que manejo les pongo el rostro del interesado. Sé que tras las palabras, la mayoría de entendimiento ininteligible, que se desparraman por esa celulosa transformada hay toda una historia que suelo conocer y tras esas frases redichas no me resulta complicado ver los ojos.
Algunos de estos interesados son visitantes habituales de mi oficina pero hay otro grupo que llamaría de "ida y vuelta". Son seres inhabituakes que un día, en el que los conozco, aparecen por la puerta con la espalda invisiblemente doblada por la espalda de un problema, algunos de especial complejidad y de difícil solución que hay que desenmarañar. Yes, a partir de entonces, cuando esa visita se convierte en algo de costumbre y durante semanas, o incluso meses, nos convertimos en algo más que contertulios y, aprendemos a conocernos, hasta que llega ese momento en que un simple escrito pone final, en general feliz, a tan elaborado proceso.
Y, después de eso, ya desaparece y es sustituido por otros y por otros problemas, pero hay veces que al cabo de unos años, vuelve aquel rostro, que se hizo familiar, a aparecer. El otro día reconocí a una mujer que vino por otra cosa, y le dije: ¿tú eres la mujer de Pepe? Si, me contestó. Y, aunque hacía diez años que no la veía y estos se habían incrustado en su rostro, recordaba las muchas veces que tuvimos que hablar por el caso de su marido. A él nunca más volví a verlo. Hoy está trabajando en el campo. También el otro día volvió por allí una joven, quien hace varios años fue visitante asidua, con un gran problema familiar su madre había muerto hace años y ahora era su padre el que había fallecido. Ella estaba recién casada y los hermanos aún eran pequeños. El otro día me estuvo contando que su hermano pequeño, ya todo un hombre, estaba ya trabajando y con un sueldo medianamente bueno. Y recordábamos aquella época en que lo pasaron tan mal y que hoy, eso fue lo que más me animó, la podía recordar con una gran sonrisa en la boca.
¡Gracias!

Hay momentos en que la necesidad de decir algo supera la certeza de que alguien lo escuche y hoy es uno de ellos:
“Gracias por demostrarme que eres mucho más que un hermoso sueño, que despierta con la aurora”.
El agujero

El primer piso en el que viví, en este pueblo, era un tercero en que la única vista a la calle era una minúscula terraza lavadero donde, además, a lo lejos, en un hueco entre edificios se veía un trozo minúsculo del mar. Me gustaba asomarme a aquel rincón en que mi mirada fluía por aquella estrecha hendidura y era capaz de navegar muchas millas sobre las olas.
Los años han pasado. Ya no vivo allí y cuando paso por delante me entristece ver que aquella terraza desapareció de la vista de la calle, las casas de alrededor en un crecimiento imparable, acumularon ladrillos y la vista al infinito se trocó en un reducido hueco interior donde a duras penas entra la luz.
¿Por qué será que, en general, los años con su "progreso" y crecimiento van taponando los agujeros por los que circulan los sueños? Algo similar nos ocurre a los seres humanos que tenemos que estar atentos para que esos agujeros (una sonrisa, un libro, un atardecer, un vaso de agua fresca, un encuentro,...) por los que nos entra la luz y nos hacen volar hacia esos momentos únicos, no se nos atoren con esas buenas excusas de la maduración y del realismo. Sólo de nosotros depende el mantener esos agujeros, abiertos al infinito, siempre lozanos y en perfectas condiciones.
Medineando

Aprovechando estos días de ocio he hecho una visita a Medina Sidonia. Situada en el centro de la provincia de Cádiz en la denominada Ruta del Toro, su privilegiado enclave, se puede subir hasta las ruinas del castillo a 300 metros de altitud, permite divisar una gran riqueza paisajística donde el verde de la campiña se mezcla con un azul del mar que parece haberse pintado allí de una manera imposible.
Es una ciudad impregnada de historia. La colonia romana de Asido Caesarina se ubicó sobre un asentamiento fenicio. Con el nombre visigodo de Medina destacó como cabecera de la provincia. Fue conquistada en el 712 por los musulmanes y reconquistada en 1264 por Alfonso X el Sabio pasando a formar frontera con el reino nazarí de Granada. Todas estas culturas han dejado vestigios monumentales que salpican un entramado urbano cuidado y caracterizado por casas bajas y blancas típicas la arquitectura de la zona.
Mal lugar esta ciudad para los que deciden hacer dieta, destacan sus suculentos guisos y, sobre todo, una repostería cuya fama atraviesa fronteras y que es uno de sus mayores atractivos turísticos. Una interesante iniciativa del Ayuntamiento ha sido del 1 al 10 de diciembre organizar la 2ª jornadas de puertas abiertas. Distintos monumentos abiertos y señalados donde se ocupaban de dar planos e información al visitante, exposiciones, mercadillos,...etc, que hacían sumamente agradable el paseo a los que habíamos sustituido los centros comerciales por el callejeo de dicha población. Dignos de ver los patios incluidos en la visita (ver foto), de casas particulares. Patios cuidados, andaluces, donde los geranios pugnan al subir los escalones y que los vecinos enseñan con mimo y orgullo. Siempre se aprende algo nuevo cuando se alimenta al espíritu con saber, visión y aromas...¡cómo olía la pastelería!
Sin embargo, no a todo el mundo le gusta aprovechar estas ventajas. Una pareja entraba en una hermosa iglesia mudéjar cargada con bolsas de compra. Se le acerca el que informa sobre el monumento para darle un folleto artístico, la mujer lo rechaza diciéndole:
-¡No gracias! Sólo hemos venido al pueblo a comprar manteca y al ver la puerta abierta nos hemos asomado por simple curiosidad.
Ocurrencia

Ocurrido en un taller literario al que asisto semanalmente. Una compañera rozando la treintena lee un texto que ha escrito: "las paredes esconchadas...".
-No se dice esconchadas, sino desconchadas-aclara el profesor del taller.
-Mira que se lo dije a mi madre, que fue la que me dijo que se ponía así-se justifica ella.
-¿Y por qué no miraste en un diccionario en vez de preguntarle a tu madre? ¿No tienes un diccionario en casa?
-Sí, pero de inglés.
Reflexiono: seguramente es más acogedor tener en casa a una madre que a un diccionario, aunque eso suponga en un caso como éste escribir "esconchar". Aunque, es una palabra que tiene un sonido hasta agradable...
Atravesando la puerta

Hoy al atravesar la puerta de la Cartuja de Jerez un universo de sosiego silencioso, provocado por la sinfonía de trinos y viento fresco, me invadió y me vinieron a la mente las palabras de Fray Luis de León en su "Oda a la vida retirada":
| ¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruïdo, y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido Que no le enturbia el pecho de los soberbios grandes del estado, ni del dorado techo se admira, fabricado del sabio moro, en jaspes sustentado. No cura si la fama canta con voz su nombre pregonera, ni cura si encarama la lengua lisonjera lo que condena la verdad sincera. ¿Qué presta a mi contento si soy del vano dedo señalado, si en busca de este viento ando desalentado con ansias vivas, con mortal cuidado? ¡Oh monte, oh fuente, oh río! ¡Oh secreto seguro deleitoso! Roto caso el navío, a vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestüoso. Un no rompido sueño, un día puro, alegre, libre quiero; no quiero ver el ceño vanamente severo de a quien la sangre ensalza o el dinero. Despiértenme las aves con su cantar süave no aprendo, no los cuidados graves de que es siempre seguido el que al ajeno arbitrio está atendido. Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo. Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto, que con la primavera | de bella flor cubierto ya muestra en esperanza el fruto cierto. Y como codiciosa de ver y acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura. Y luego sosegada el paso entre los árboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo. El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido, los árboles menea con un manso ruïdo que del oro y del cetro pone olvido. Ténganse su tesoro los que de un flaco leño se confían: no es mío ver el lloro de los que desconfían cuando el cierzo y el ábrego porfían. La combatida antena cruje, y en ciega noche el claro día se torna, al cielo suena confusa vocería, y la mar enriquecen a porfía. A mí una pobrecilla mesa de amable paz bien abastada me baste, y la vajilla de fino oro labrada sea de quien la mar no tema airada. Y mientras miserable- mente se están los otros abrasando, con sed insacïable del no durable mando, tendido yo a la sombra esté cantando. A la sombra tendido de yedra y lauro eterno coronado, puesto el atento oído al son dulce acordado del plectro sabiamente meneado. |
Una seductora pareja

Hay veces que la vida nos aleja de alguien y al cabo de los años como si girara sobre sí mismo nos lo volvemos a encontrar. Eso me ha ocurrido con Ignacio a quien conocí en otra ciudad, a sesenta kilómetros de aquí, hace ya casi cuarenta años y establecimos la confianza típica de quien presta su cabeza para que modelen sus formas a fuerza de tijeras y maquinillas. Los años pasaron y las circunstancias me hicieron recorrer muchas ciudades hasta que me establecí aquí y me volví a reencontrar con él que vive, ahora, a cinco minutos de mi casa.
De vez en cuando nos sonreíamos y saludábamos al encontrarnos. Nuestros recuerdos detenían nuestros pasos y avivaban nuestros diálogos. Hacía tiempo que no lo veía, pero un día me encontré por la calle a su mujer y me dijo que ya no podía salir de casa, que aquellos dieciséis escalones que le separaban de la calle eran demasiados para una pierna enferma que, debido a su edad, ningún médico se atreve ya a operar. Le dije que iría a visitarles.
Y eso hice hoy, tras unos encargos matinales ineludibles, aprovechando que no trabajaba fui a visitarle. Pude ver la alegría en sus ojos y en la fuerza de la mano que me estrechaba y allí me senté frente a él en aquella terraza que le vale de atalaya. Al poco de sentarme noté que me iba a sentir muy a gusto con la conversación viva de aquella pareja. A él sólo le falta un año para llegar a los noventa y ella no le va muy a la zaga.
Hablamos de recuerdos de entonces, para mí infantiles, y de personas que ya sólo viven en el rincón de algunas memorias. De esta terraza por la que ve transcurrir la vida, distrayéndose con los paseantes, las nuevas construcciones o los automóviles que en una rueda sin fin aparcan y dejan los aparcamientos. De sus veintinueve sobrinos de los cuales sólo una se preocupa por ellos y les visita. De la sopa con un trozo de jamón que comen todas las noches. De los buenos que son los vecinos. De lo estupendo que es disponer de un aparatito con un botón rojo que han pulsado un par de veces para que llegaran los médicos en pocos minutos. De que antes cobraba un real por cada pelado. De que le han dicho muchas veces que por qué no venden el piso y se van a un asilo, pero ellos son felices allí, en aquel piso sencillo, teniéndose los dos. Y cuando me voy, su mujer agradecida por aquella visita me da una bolsa con pimientos y judías verdes, recién traídas del campo. No puedo decirles que no, pero la próxima vez seré yo quien les traiga algún detalle.
Salgo bajando estos escalones eternos para Ignacio, y le doy un último saludo a la terraza. No lo veo pero sé que me está saludando. Me voy feliz de este rato y sé que no tardaré en volver, ya no sólo por ellos sino también por mí.
Hollando la arena

Un despertar temprano me lanzó a la calle a esas horas que en los días festivos aparecen solitarias. Acompañado por el sonido de mis pasos me llegué al paseo marítimo y anduve, a buen paso, a todo lo largo dejándome emborrachar de aquel silencio, sólo quebrado por las olas que, llegando por turnos, tapaban pudorosamente la arena desnuda.
Mis pies hollaban la arena creando un camino de no retorno a mis espaldas y los distintos grises y platas se mezclaban, juguetones, ante mis ojos. Sólo un anciano de gesto cansino, con una gorra embutida hasta las cejas, caminaba por delante de mí, y tras breves instantes de andares se fue alejando a mis espaldas. La arena con ondas peinadas por el viento siguió abrazando la suela de mis zapatos. Frente a mí a modo de una escuela infantil varias decenas de gaviotas estaban plantadas, colocadas como si siguieran unas doctas explicaciones, pero cuando me acerqué debió tocar la hora del recreo pues todas alzaron un vuelo hacia las nubes, para trasladar su aula marina al lugar por donde había pasado hace un rato.
Un cuarentón sudoroso, con auriculares colgados de las orejas y trote rápido se cruza conmigo. Nubes orondas que parecen crecer de la nada van cubriendo el azul del cielo. Tras unos altos edificios un rayo de sol empieza a asomar y los tonos platas fallecen ante la viveza de esta luz para inundar todo de colores. Pero aquellos seres algodonosos del cielo han procreado multiplicándose en progresión geométrica consigo mismo hasta que devoran al sol. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer...ahora el agua lo empapa todo.
Cambio de temporada

Una de las grandes ventajas de los seres vivos es el reaccionar ante las sensaciones. Se me ocurría esto hace unos días cuando fui consciente de que los pies se me habían quedado helados y entonces decidí que iba siendo hora, a estas alturas del otoño, de abandonar las chanclas y los pantalones cortos de casa. Eso me supuso el realizar un relativo cambio de temporada en mi armario Y digo relativo porque no puedo sacar todos los jerseis de lana cuando estas líneas las estoy escribiendo todavía en mangas cortas.
Pero el cambio de temporada no es un algo aséptico donde unas vestimentas sustituyen a otra, sino que a la vez que se van guardando algunas prendas van desapareciendo de la superficie muchas evocaciones inherentes a ellas. Cuando una camisa desaparece en el fondo, con ella se va aquel paseo acariciado por la brisa nocturna a la luz de la luna; y con aquellos zapatos, su cimbreo en el aire mientras mis pies se dejaban acariciar por la espuma de las olas al romper en la orilla; y con el bañador rojo aquel cálido reencuentro por la playa tras tanto tiempo; y con aquellos pantalones el sabor de un batido fresco de fresa cuyas manchas salpicadas costó arrancar. Ropas que recuerdan al viento de levante, a piel tostada, a olor salino, a despertador en paro, a ciudades nuevas, a perseidas que cruzan el cielo nocturno…en definitiva, a emociones que estuvieron ahí. Estoy seguro que algunas volverán cuando, en primavera, las vuelva a sacar del armario, pero otras sé que, sepultadas entre las baldas y cajones quedarán allí para siempre y, como algunos recuerdos, nunca volverán…
Presentación literaria

El hermoso edificio, con aromas del siglo XIX. que alberga la sede del Casino Gaditano en pleno centro de Cádiz sirvió de presentación a “El librero de la Atlántida”, la última novela de Manuel Pimentel. Aquel ambiente recoleto, con poco más de cincuenta asistentes y luces tenues, invitaba a una cierta intimidad. Dos presentadores, el secretario del Casino y el presidente del Ateneo, se encargaron de glosar la figura y obra del escritor: un ingeniero con un gran amor por la literatura y que entre otras cosas es ministro dimisionario.
El autor comenzó diciendo que esta novela era muy entrañable para él, es una ficción pero con una cierta verosimilitud. Nace de la combinación de dos elementos. Por un lado de la conciencia de que el clima va cambiando y de esa inquietud que tiene la humanidad de que “algo va a pasar”. Por otro lado el hecho de que la sociedad se va a complicar, hasta ahora los avances tecnológicos suponían mayor confort, pero nos vamos haciendo conscientes de que estos ahora, además. provocan un impacto medioambiental. Esa es una duda que tendrá en un futuro la humanidad, si el progreso no supone un problema. Con esa duda surge el mito de la Atlántida. Las referencias a la Atlántida aparecen en Platón, también egipcios y griegos hablan de aquellos atlantes. Cualquier otro país que tuviera referencias de una civilización así, habría explotado eso, pero aquí solo hablan de ellas los artistas y los locos. El escritor cree posible que en el valle del Guadalquivir se desarrollara una civilización muy antigua, aproximadamente hace doce mil años, lo cual parece lógico porque éstas se situaban en torno a ríos templados y, además, contando con la riqueza de cobre que hay en las proximidades. No está de acuerdo con esa ajeneidad con que se ha marcado nuestra historia, de que llegaron fenicios, romanos…pero ya habría aquí previamente una civilización que tendría su eje en la desembocadura del Guadalquivir.
El protagonista de la novela, el librero, es un tímido gaditano que lo pasa especialmente mal al carecer de esa gimnasia mental y gracejo tan característico de la zona. Quiere con esta novela evocar y divertir a la vez e introducir el tema: ¿debemos limitar el desarrollo o no?
Desde la terraza

Acabo de llegar no hace mucho. Tras dos días encerrados en un hotel en un curso, he acabado agotado física y mentalmente. Curso aburrido donde los haya, en el que hubo momentos en que usaba el respaldo de la silla para que mi cuerpo no desapareciera en las fronteras del sueño, porque me daba la impresión de unas construcciones lingüisticas fuera de toda lógica y menos interesante que si se hubieran dedicado a explicarme la resolución de ecuaciones diferenciales.
Algún momento tuvo de bueno y es ese rato que al amanecer tuve desde la terraza de la habitación en la que dormí. El mar silencioso, despertaba con colores tenues y me estimuló para resistir la sufrida jornada.
Una mirada irresistible

Hace un par de días el acudir a una reunión en otra ciudad me obligó a levantarme a las cinco y media de la mañana. Doce horas más tarde tras una intensa jornada laboral volvía en el autobús de vuelta. El cansancio fue relajando mis músculos y aquel cimbreo, nada compasivo, del autobús me hizo caer en un dulce sopor.
Cuando desperté acariciado por el sol de media tarde que entraba a través de la ventanilla, me senti a gusto con esa placidez que da el estar en duermevela. Estaba confuso no sabía ni dónde estaba, ni siquiera si estaba amaneciendo o anocheciendo. Pero en esta atenuación de los sentidos no me pasó desapercibida la insistencia de una mirada. Giré con esfuerzo el cuello y al otro lado del pasillo la ví. Sus redondos ojos negros, luminosos y vivarachos me miraban de una forma irresistible entre descarada y divertida. ¿Qué tiempo llevarían sobre mí aquellos ojos? Cuando la miré en vez de rehuir su mirada, insistió con la suya. Y por unos minutos nuestros ojos impávidos echaron un pulso en el aire.
Entonces sus labios se abrieron en una sonrisa encantadora, mientras su mano acariciaba su cabello negro. Me fui espabilando y no perdía de vista aquel juego singular de mi vecina de asiento. De pronto con un movimiento súbito cogió su pie descalzo y se lo metió en la boca. Fue cuando dirigiéndome a su acompañante le pregunté su edad y me dijo: ¡seis meses!
Entre mujeres

Vivo en este pueblo desde hace casi veinte años y no por ello me llego a acostumbrar a algunos tics ancestrales que percibo de vez en cuando. Cuando llegué me sorprendió un sentimiento machista ambiental muy imbuido en la sociedad y que, aunque mal visto y por la gente más joven superado, aparecen ciertos coletazos de vez en cuando. Sobre todo en algunos aspectos de la vida social donde queda muy claro lo que debe hacer cada sexo. Lo último ha sido referido a la reunión correspondiente en el colegio de mi hija.
A la hora de comer me dice mi hija que al comentarle a la profesora que su madre no podría ir a la reunión y que por tanto iría su padre. La respuesta de la maestra fue que no hacía falta que su padre fuera a la reunión, que otro día fuera su madre y ya le contaría lo que se había hablado en la reunión. Como es lógico no le hice ningún caso a aquel comentario, a pesar de que mi hija quedaba algo preocupada de que no siguiera las instrucciones de la maestra, me parece importante asistir a este tipo de reuniones. Y allí acudí a la tal reunión, de veintiocho personas, veintiseis mujeres, otro padre y yo. La maestra para ratificar su experiencia docente en ese curso dijo que llevaba treinta años impartiéndolo e imagino que treinta años relacionándose casi exclusivamente con madres lo que no le hace sentirse cómoda cuando vamos los padres. Se notó mucho cuando usando lenguaje netamente sexista dijo: -Decid algo que estáis todas muy calladas. O cuando se iban a elegir cargo: ¿Quién se presenta como delegada? ¿Y cómo subdelegada?
Creo que respiró cuando los dos nos mantuvimos expectantes y silenciosos y no presentamos unas candidaturas que de entrada daba por rechazadas. La reunión siguió y nos puso al día un poco de los objetivos del curso. Cuando terminamos desaparecimos entremezclados entre el ruido de tacones por las escaleras. Yo contento de haber asistido a la reunión, mal que le pesara a alguna, en cuanto al otro representante del sexo masculino no sé si se fue contento, pero de lo que estoy seguro es de que no olvidará ese día, porque al salir del colegio la grúa se había llevado su coche. La portera del colegio se disculpaba de que no sabía que era su coche cuando una madre a la que le estorbaba había llamado a la grúa. Creo que la próxima vez mandará a su mujer a la reunión.
El primer año

Ayer quince de noviembre, día especialmente reconocido por los químicos al celebrarse la festividad de su patrón San Alberto Magno, hizo el primer aniversario de este blog. Llevo más tiempo en el universo bloggero pero por distintos motivos los vientos internaúticos me llevaron, como un barco busca puerto, a refugiarme en este rincón.
Los aniversarios suelen ser una ocasión para volver la vista atrás y reflexionar. El blog es como un cuaderno que se escribe y se mete en un cajón, antes escribía más rápido en el cuaderno, pero la práctica ha invertido la velocidad, aparte de que aquí hago mejor letra y, además, tiene la ventaja de que accedo fácilmente a él sin estar cerca del cajón desde cualquier parte del mundo con Internet. Además es una ventana a la que son muchos los que se asoman y pocos dicen algo. La mayoría gente a la que no conozco de nada y que, como yo, debe de gustarle el curiosear en la blogosfera y posar sus ojos en cuadernos ajenos. Cuando veo mis estádísticas me suelen sorprender, porque qué hace uno de Sri Lanka asomándose a este blog, o uno de Tailandia, más me preocupa cuando veo alguna entrada desde la Agencia Tributaria, será un inspector internaútico y que hace ahora su labor a través del ordenador. Mucho supongo que la mera curiosidad les hace asomarse como a un escaparate de paso, otros se detienen e insisten.
Durante un año vamos evolucionando y las circunstancias, aparentemente cíclicas, van cambiando. Algunos de mis sentimientos mutan y con ellos las palabras cogen distintas veredas. Me reconozco en ideas machaconas y en otras, que al releer, me sorprende haberlas escritas. Confío en seguir escribiendo una temporada más, por internet nunca se sabe. Pero sí, es una parte de mí la que todos los días se derrama por estas líneas dispuesta a acoger a aquel que se acerque hasta aquí. Toma asiento...
En las interioridades

En uno de esos días que estuve en Madrid he tenido la gran oportunidad de visitar las interioridades de la Biblioteca Nacional. Situada junto a la plaza de Colón y por detrás de la fachada del museo Arqueológico, siempre me había ilusionado conocer este edificio.
Mi primer contacto con dicha Biblioteca fue a partir de una foto, que vi poco antes de entrar en la veintena, en la que aparecía una impresionante y grata sala de lectura donde el tamaño, la luz íntima y estructura que se veía, me la hicieron parecer sumamente acogedora. Pocos años más tarde fui a conocerla y aproveché para hacerme socio, aún guardo ese carnet, de foto ya irreconocible, que renové cinco años más tarde. Al fin pude entrar y disfrutar del ambiente silencioso de aquella sala, cuya foto me atrajo, y más de una vez acudí por allí aprovechándola para estudiar las oposiciones que por entonces preparaba.
Me fui a vivir fuera de Madrid y unida a la caducidad del carnet, apareció la dificultad para entrar en la Biblioteca, ahora la entrada está restringida y sólo son admitidos determinados colectivos: investigadores, profesores… por lo que volver a aquel edificio lo tenía prácticamente vetado.
Pero recientemente me surgió la posibilidad de hacer una visita, posibilidad que he aprovechado y disfrutado. Las medidas de seguridad son rigurosas lo que se agradece en un lugar en el que, para los amantes de los libros, hay almacenado un inmenso tesoro. La Biblioteca Nacional recibe ejemplares de todas las publicaciones: libros, películas, cds… que tienen depósito legal, unos setenta mil títulos anuales. Pudimos entender el camino que seguían los libros que llegaban en camiones, las cajas se abren y se procede al reparto para su catalogación. Me llamó la atención el ambiente pesadamente silencioso con el que se trabajaba. Una vez catalogados se llevan al depósito.
El depósito es algo increíble, doce pisos con estanterías llenas de libros ordenadas en unos pasillos en los que tuve que agachar la cabeza para evitar golpearme. Libros modernos y otros viejísimos pude admirar en aquellas baldas. Me recordó a aquella escena del almacén de libros en “la sombra del viento” y saboreé ese momento único. Pasillos, escaleras, ascensores…A continuación visitamos las partes más nobles del edificio. Distintas salas de lecturas, y volví, tras muchos años, a aquella sala que bien conocía, vigilada por cuatro grandes relojes en cada esquina, también pude visitar otras salas más modernas. Como si de un complejo laberinto se tratara a veces parecía, debido a su similar estructura, que volvíamos a atravesar la misma sala pero, fijándome, me daba cuenta de que eran diferentes. Por todos lados, silencio, gente de edades variadas trabajando sobre las mesas, algunos con sus portátiles, otros copiando en viejos cuadernos con letra cuidada y los trabajadores yendo de un lado a otro con unos movimientos, tan rápidos como suaves, que parecían hacerlos caminar unos centímetros sobre el valioso suelo italiano de madera. Hubo algún momento que contagiado por el ritmo sincopado en que parecía envolverse el tiempo en aquel lugar me hubiera apetecido sentarme en una mesa y sumergirme entre las páginas de algunos de aquellos libros.
Salí de allí empapado por la proximidad gozosa de tanto libro, como si hubiera estando circulando por un hermoso sueño. Al atravesar la puerta de la señorial e iluminada fachada, el aire fresco y el escándalo del tráfico que, a esas horas, circulaba por el Paseo de Recoletos, contribuyeron a despertarme.
¡Tres días!

En el jolgorio del supermercado divisé sus ojos, habitualmente tristes y profundamente oscuros, reflejo del color de su piel, y vi que, desde lejos, intentó llamarme la atención. Conocía su historia, una historia trágica que le ha cargado de arrugas las entrañas, cuando hace poco que traspasó la cuarentena. A su marido le detectaron una enfermedad que le produjo una incapacidad, quedándole una pensión de poco más de cuatrocientos euros mensuales para sacar una familia a adelante de tres hijos, la pequeña de poco más de un año. Me pasé varios meses sin verla, hasta que un día vino a verme y me contó que él, desesperado y queriendo ganar un dinero que no tenía, había sido detenido por la policía y estaba en prisión.
De vez en cuando la veía y me contaba de él. Que lo habían mandado a otra prisión más lejana y sólo podía ir a verlo ella un día en semana y eso si la llevaban en coche porque no tenía dinero para el transporte. Hace unos días me comentó que llevaba ya más de veinte meses en prisión y aún no le habían dado ningún permiso, estaba desesperada. Uno de sus hijos adolescentes llevaba más de un año sin ver a su padre, sólo había ido una vez, pero no quería ir más porque se le hacía muy difícil, el ver a su padre entre aquellos muros.
Pero hoy era diferente, aquellos ojos negros, había perdido su languidez y hoy chiporroteaban con una luz brillante. ¿Sabes?, me dijo, le han dado tres días de permiso para la semana que viene. Entendí el porqué de su alegría y de sus andares regocijantes mientras se alejaba con su hija pequeña de la mano. Me di cuenta que hay vidas que rezuman tragedias, pero hasta en ellas hay rincones para la alegría y la esperanza. Y estoy seguro de que esos tres días serán vividos, por ellos, como si fueran los últimos de su vida.
Sólo siete minutos...

Tras cinco horas de tren, la proximidad de mi estación de destino hizo que me preparara y me dirigiera hacia la plataforma del vagón. También mi compañero de asiento, con el que sólo había cruzado durante todo el viaje unos educados buenos días, hizo lo propio. Aquel estrecho espacio nos impulsó a hablar y a preocupamos por las razones de nuestros respectivos viajes y, entonces, me enteré que vivía en Madrid, era profesor universitario y poeta, que venía a un congreso literario, que conocía a muchos escritores y que teníamos algunos amigos comunes….
Sólo fueron siete minutos de atractiva y animada charla. pero cuando al estrecharnos las manos nos despedimos en aquel andén, me alejé viendo como se perdía en la distancia. Y entonces pensé que cuántas veces nos encontramos, en nuestra vida, con personas interesantes pero ésta, egoísta, con sus tretas, sólo nos concede dedicarles, como ahora, siete minutos.
Un aniversario

Suelo tener buena memoria para las fechas y he recordado que, tal día como hoy, llevo en mi puesto de trabajo once años. En la Administración llevo unos cuantos años más, pero tras pasar por otras dos ciudades y tres puestos diferentes he recalado donde ahora trabajo. Me siento muy bien donde estoy y con un gremio que, si bien eran totalmente desconocido para mí, hoy conozco bien y me siento muy a gusto trabajando con ellos.
Sé que donde trabajo es una oficina atípica. Sólo somos tres y además el colectivo no es muy grande, ello me permite un conocimiento, una familiaridad y, en ocasiones, una amistad que potencia y estimula el trabajo. No sólo me conozco a los que suelen venir, sino que no es extraño que conozca a sus familiares y allegados. Así, respetando escrupulosamente el procedimiento administrativo, normalmente es sencillo de simplificar porque en vez de tener que mandar un escrito para que en diez días nos traiga la documentación que falta, una simple llamada telefónica al interesado o a alguno de sus familiares hace que pocas horas después tenga a mano ese documento. No siempre, durante estos once años, mi trabajo ha sido un camino de rosas, pero casi más problemas he tenido por los de dentro de la oficina, alguno de carácter irascible y que estuvo a punto de pegarse con uno de los clientes, que por los de fuera. Y en ocasiones, ha sido bastante duro pues ha habido épocas en que todo el edificio era el único trabajador lo que suponía, algunas mañanas en total soledad.
En fin, que ahora no me quejo y procuraré todavía seguir unos años en él. Intentando aconsejar al que se me acerca a cualquier gestión administrativa, teniendo en cuenta que estoy ahí para ayudar y, sobre todo, para traducir a los sufridos administrados ese lenguaje tan complejo y barroco de la burocracia administrativa.
Progres-ando

Entre las servidumbres que van imponiendo los años está la pérdida o dificultades en la visión. Hace cuatro años por primera vez tuve que empezar a usar gafas cuando me di cuenta que las letras pequeñas, sin motivo aparente, se desdibujaban y entrecruzaban unas líneas con otras. El colocarme las gafas del cerca hizo que mi mundo más próximo cobrara claridad y nitidez, pero que más allá de los setenta centímetros a mi alrededor todo se desdibujara y se perdiera en la turbidez, con lo que mi vida cotidiana se convirtió en una continua opción entre el ver lo próximo o lo lejano.
Esto me originaba algunas dificultades. Si conducía no veía el gps y si me daba por mirarlo tenía que frenar en el arcén. Cuando caminaba por la calle y sonaba el móvil, tenía que detenerme buscar las gafas y colocármelas, maniobras suficientes para que el que llamaba se aburriera. Si acudía a algún curso o charla, mientras tomaba apuntes con las gafas no era capaz de captar los rasgos de la persona que emitía la voz, lo que obligaba a un continuo quita y pon de las gafas. Y no hablemos de la comida, si quieres ver las caras de los que te rodean te expones a comer cualquier cosa, todo está turbio, de lo que flota en el plato. O veía la televisión o leía el periódico, no se podían simultanear ambas actividades.
Al fin alguien me dio, hace varias semanas, la solución a todo esto: unas gafas con lentes progresivas. Y esa ha sido la solución para aunar el mundo próximo y el lejano y con las progresivas voy progres-ando, por ahora estoy encantado con dicho remedio. Le pregunté al óptico, pero me lo negó, si había un tipo de cristales más sofisticados que aparte de ver a la gente me ayudara a identificar con nitidez sus intenciones, pero para eso no hay nada y habrá que seguir como hasta ahora echando mano y educando a la intuición. Al menos, eso me consuela, esa es una de las cosas que, bien dirigida, crece con los años en vez de mermar.
Realidad nacional

No me gusta escribir de política, pero sin que sirva de precedente, lo voy a hacer esta vez. Esta mañana mientras viajaba en un autobús azotado por la lluvia, escuché por la radio la noticia de que la comisión que está elaborando el Estatuto de Andalucía había llegado al acuerdo de definir a Andalucía como "realidad nacional". Como vemos esa fiebre que ha provocado el estatuto catalán se contagia como la peste negra por las distintas comunidades, y claro, unos políticos no quieren ser menos que otros y de que pase la ocasión de que se hable de ellos. Señores que parecen moverse en otro planeta al que nos movemos los comunes mortales, pero con el grave peligro de que sus decisiones nos influyen, ahora se meten a jugar con las palabras y han sacado esa originalísima expresión, se ve que no estaban muy inspirados, acudiendo a un manifiesto de tintes separatistas que data de 1919. No sé muy bien que significa. ¿Realidad será por oposición a virtual? ¿Nacional? No será una redundancia cuando todos formamos ya parte de una nación.
Nunca me ha importado pagar impuestos, pero agradecería que no se gastara mi dinero en estas reuniones que dedican a una actividad tan sesuda como ésta de redefinir con palabras extrañas, que nadie va a entender, la esencia de los habitantes de Andalucía. Algo de tiempo me ahorraré, porque en cuanto empiece a leer el nuevo Estatuto y vea en el preámbulo esto de "realidad nacional", lo cerraré y ya no seguiré leyendo. Creo que mi tierra y su gente son algo mucho más rico que ese sesgo constreñido y ombligista que se le pretende dar con estos experimentos.
Arañando la tierra

Cuando la vida nos conduce a vivir por distintos territorios, donde los amaneceres son diferentes, la gente sonríe por otros motivos y se despiertan a horas diferentes, los campos tienen distinto color, el agua otro sabor y el aire sopla con desiguales matices,… al marchar uno se lleva a sus espaldas un bagaje de personas, rincones y experiencias que hacen que irremisiblemente se vayan comparando unos lugares a otros.
Y así hay lugares que quedan en el recuerdo oscurecidos tras unos tenebrosos visillos y a los que se preferiría olvidar. Otros en vez de pasar por ellos pasan por nosotros flemáticos, envueltos en una asepsia que los convierte en invisibles. Otros, al fin, nos deslumbran y el día que los percibimos parece que, como israelitas tras el desierto, hubiéramos llegado a la tierra prometida. Y como si nuestro corazón tuviera un arado, araña esa tierra, removiéndola, y sacando de ella lo mejor que tiene en una experiencia que nos lanza, incluso, hasta el final de nuestra existencia llevándonos a pensar que nos alegraría, en ese día postrero, descansar en su interior.
Pero el dinamismo de nuestra existencia nos aleja de esa tierra y, desde entonces, aunque la veamos desde la distancia, la memoria se encarga de mimarla a partir de nuestros mejores recuerdos sobre ella. Y enterrados en ella se dejan trozos del propio corazón, con la secreta esperanza y la firme promesa de, algún día, volver a recogerlos.
La inutilidad

Durante la ceremonia de entrega de los premios Príncipes de Asturias, el novelista norteamericano Paul Auster indicó que el valor del arte en cualquiera de sus expresiones diversas reside en su "inutilidad".
"El arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista, pero ¿qué tiene de malo la inutilidad?¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo?", afiirmó Auster durante su discurso.
Me parece original ese valor que le da el escritor a la inutilidad y esa proyección de esa palabra a un aspecto tan lejano del, habitual, peyorativo. Cierto es que el arte en sí no tiene un valor inmediato, sino que éste surge de despertar, en las personas a las que llega, su sensibilidad y una serie de emociones que es la que le van a dar su peculiar riqueza. Una hermosa inutilidad pero que enriquece al que desarrolla una obra de arte y al que la disfruta. Valor intrínseco que va perdiendo cuando el arte se mercantiliza y pierde esa inicial simpleza para convertirse en una mercadería que funciona a base de dinero.
Por similitud ampliaría el valor de la inutilidad a otros conceptos de la vida y abogaría por recuperar esas cosas inútiles que hacen la vida, no sé si más fácil, pero estoy seguro que mucho mejor. Me refiero a:
- respirar el aroma de una flor
-esbozar una sonrisa cuando saludamos a alguien
-escuchar el trino de los pájaros
-contemplar las olas rompiendo contra las rocas
-paladear un café
-acariciar el lomo de un libro
-sentarnos frente a una puesta de sol
-pasear por el interior de una catedral silenciosa
-hacer pajaritas de papel
-....
Seguro que hay muchas más.¡Qué de cosas! Tan "inútiles" como maravillosas. Seguro que se os ocurren muchas más. Tenemos que estar atentos a ella, para que no se nos escapen y pasen de largo, porque son las que ayudan a conseguir que un día sea distinto al otro y se pueda transformar en inolvidable.
Otoñeando por Madrid

Estoy de vuelta tras un viaje, en transporte público, de algo más de 600 km en tan sólo cinco horas, muy lejos de aquellos viajes que hacía no hace mucho tiempo y en los que tardaba más de doce horas. Decididamente el transporte público está mejorando.
He estado durante toda esta semana otoñeando por Madrid, lo que ha supuesto un verdadero goce para los sentidos. El motivo ha sido un curso sobre inteligencia emocional. Interesante. Al que hemos acudido una veintena de personas de distintos y bien distantes lugares de España. Dos ponentes de lujo que nos han intentado dar pistas sobre como dotar a la inteligencia de emociones. Labor ardua pero apasionante.
He recorrido muchos kilómetros por las calles y pisado las hojas secas sobre la tierra. Me he mojado con la lluvia bienvenida y hecho fotos para no olvidar. He comido y cenado cada día con alguien diferente, eso me ha permitido hablar algo, escuchar mucho y reencontrar matices ricos y variados de viej@s amig@s que habitualmente viven lejos y en circunstancias muy diferentes a las mías. En este tipo de viaje estoy especialmente atento para, aparte de aprovecharlos, captar en cada momento esas pequeñas luces que sólo se puede captar una sensibilidad especialmente preparada.
Hacia el centro
Muertos afectivos

Todos conocemos a algunos de ellos, son gente de nuestro alrededor, próximos y conocidos. De ojos opacos, corazón acorazado, emocionalmente planos, de gestos controlados y sonrisa incapaz de superar determinada curvatura. Muchos son afables e incluso simpáticos, pero están afectivamente muertos.
Al saludar lo hacen tendiendo una mano floja y fría, por la que parece no circular la sangre hace mucho tiempo y si las circunstancias le obligan a dar un par de besos, sus labios perdidos en el aire se acercan pero rehúyen el contacto con la mejilla, emitiendo un leve chasquido en aire similar al de las articulaciones. Sólo hablan de cosas que no les implican como el tiempo o los deportes y si tienen que preguntar cómo estás se horrorizan de que la contestación sea algo diferente a "bien". Vigilan que nadie se introduzca en su interior y para ello se recubren, con estudiado esfuerzo, de una piel resbaladiza contra la que se destroza cualquier intento ajeno de cercanía.
Seres que se resisten a cambiar con los años, ¿para qué? si ellos se encuentran bien. El único cambio que un día más o menos lejano se avienen a realizar es el cambiar la a por la e y convertirse en efectivamente muertos.
De regreso

Tras once horas de viaje, durante toda la noche, acabo de llegar a mi casa de este viaje de reencuentro con el pasado, para ello he ido hasta Salamanca donde nos hemos reunidos en una grata jornada los compañeros que compartimos varios años de facultad y amistad. Aunque todos confesamos que tuvimos las dudas normales de si valía la pena ir, por eso y de qué se puede hablar después de tantos años, el balance ha sido altamente positivo.
Lo más original fue cuando nos vimos y los saludos tenían que ir acompañados del propio nombre para, en algún que otro caso, ser identificado. Pero es que aquel joven delgado de la melena hoy era un señor algo más grueso y totalmente calvo. Y aquella chica, que entonces estaba gordita, morena y con gafas; hoy carecía de ellas, pelirroja y de figura mucho más estilizada. Eso duró poco tiempo porque, en seguida, fuimos capaces de identificar más allá de su aspecto físico a cada uno y recrearnos en aquella imagen, levemente modificada, con quien pasamos muchas horas de laboratorios y diversión. Para ello fueron fundamentales unas fotos que algunos guardábamos como oro en paño y que sirvieron para decir: ah, tú eras este? Para la próxima vez no habrá problemas de fotos, porque las ocho cámaras digitales que habían lanzaron fotos a diestro y siniestro.
Los años nos cambiaron a todos. Estuvimos quince. Y los entonces jóvenes solteros, hoy la mayoría casados enseñan con orgullo las fotos de sus hijos, algunos ya universitarios y que están recorriendo, en el ciclo imparable de la vida, las aulas que recorrieron sus entonces "menos carrozones" padres. Un gran porcentaje están en la enseñanza secundaria y lo que siempre se suele decir en una reunión de estas: nosotros éramos distintos a nuestros alumnos!¡No sé en qué piensan la mayoría!
Almorzamos juntos, paseamos luego por aquellos rincones a los que entonces acudíamos y tras toda una tarde de convivencia y atrapando recuerdos, nos fuimos a cenar. La cena en un hotel estupendo estuvimos en la misma mesa y tras los postres baile hasta la madrugada. Cuando salimos Salamanca seguía viva, las calles llenas de gente, especialmente estudiantes que no piensan en que un día puedan estar recordando lo que ahora son.
La mayoría viven en provincias cercanas pero otros atravesamos España de parte a parte, en un viaje largo, para una estancia intensa en que compartimos todo un día, desde por la mañana hasta horas de la madrugada, en que, con un hasta pronto, nos hemos prometido vernos antes de las bodas de oro y seguir en contacto. Para ello tenemos ahora algo que entonces era impensable: internet.
El túnel del tiempo
En los próximos días voy a desaparecer sumergiéndome en el túnel del tiempo, para ello recorreré una distancia de mil cuatrocientos kilómetros, para llegar a un lugar diferente donde reencontrarme con parte de un pasado que allí quedó. A la vuelta contaré sobre esta experiencia a otro tiempo y lugar.
SMS

Aún, transcurrido tanto tiempo, guardo un grato recuerdo de aquellos años en que compartimos muchas de nuestras cotidianeidades. Las azarosas circunstancias nos separaron en la distancia, las mismas que hoy nos presentan la oportunidad, aunque sea breve, de reencontrarnos. En cuanto lo supe te envié un sms en que en tan pocas letras te mostraba mi alegría concentrada y las ansias de ese volver a vernos. Como te conozco supuse que nunca me contestarías.
Pero estaba equivocado, como si el proceso de elaboración hubiera sido muy reflexionado y exhaustivo, treinta y seis horas más tarde, me llegó el tuyo contestándome. Me sorprendió tu trabajada vehemencia, tu concisión casi absoluta, tu capacidad plurilingüística y cómo en tan pocas letras eras capaz de comunicar tanto. Escribiste todo de una vez, sin espacios ni tildes. Fuiste capaz de que no se notara la carencia de los signos de puntuación y no por eso perdiste expresividad en tu mensaje. Pero cuando quise enmarcar aquel texto, cual si de una frase lapidaria se tratara, alguien me quitó de la cabeza eso de poner en un marco de diseño tu profunda respuesta. Una vez más tomé el teléfono en mis manos y leí lo que decía tu mensaje:
"OK"
Aires de otoño

Al salir a la calle vi el cielo acostumbradamente azul con caprichosos dibujos de algodón blanco que griseando dieron lugar a ráfagas de gotas de lluvia que agradaban y sorprendían, sobre todo, por el tiempo que hacía que no la veía. El olor a naturaleza húmeda empapó el ambiente y la tierra, grumosa de sed, abría alegre sus entrañas para dejarse acariciar por lo que sería para ella agua de vida. La habitual sensación sudorosa de los últimos meses sobre mi cuerpo, dejaba paso a un abrazo frío y revitalizante que abrazaba mi piel. Las ramas de las árboles inician su decadencia y los más osados se van desnudando, como en un sensual streep-tease, de sus hojas pardas dejando al descubierto los secretos de su tronco. El aire juguetón mece, en bailes sin fin, esas hojas que alfombran la calle y crujen bajo el sonido de botas con olores a nuevo o naftalina. Y las pieles vergonzosas se ocultan bajo varias capas de telas y pierden su color, intentando en su blancura semejarse a esa nieve que se anuncia.
El otoño ha llegado y para recibirlo voy a mi armario y busco la mejor de mis sonrisas para indicarle que estoy feliz de que haya llegado.
Vacaciones en el mar

No me voy a referir a aquel crucero en el que hace ya muchos años atravesábamos los mares a través de la televisión, sino a un grupo de gente, de no ser que recóndito lugar de secano, que debe gustarle eso de vacacionar junto al mar y se han pasado el verano en una casa de planta baja en mi misma calle.
He dicho lo de un grupo pero debería decir, mas bien, muchedumbre porque han sido incontables, a lo largo del verano puede que hayan pasado un total de unas ochenta personas por tan menguado hogar. Ese centro de la casa que en muchos sitios es la televisión aquí se sustituyó por una piscina hinchable que les ocupaba todo el patio. Piscina que es como si estuviera en mitad de la calle pues su vista se disimulaba levemente por unos paneles a baja altura. Siempre había gente en la piscina, yo diría que entraban por riguroso turno, y sus chapoteos y salpicones retumbaban en toda la calle. Desde tempranas horas de la mañana hasta altas horas de la noche el plof-plof animaba nuestra vida diaria. Nunca se podía ver la superficie libre porque del agua siempre asomaba cabezas de variadas edades y pelajes. Un día, incluso, vino un camión cisterna que atravesado en la calle se dedicó a llenar la piscina, no me extrañó que con tantas salpicaduras se les hubiera vaciado.
El segundo punto en torno al cual se situaban aquel variado conjunto de personajes era una mesa grande situada no lejos de la piscina y cubierta con un techo que les protegía de las inclemencias del tiempo. Era una mesa multiuso en torno a la cual se reunían como lo hacen los sioux en torno al fuego. Allí comían odorantes y grasientos guisos cuyos aromas atravesaban ventanas vecinas para confundir a las comidas de otras cocinas. Entre plato y plato aderezaban sonoras carcajadas que formaban olas en el agua de la piscina en largas sobremesas de postres, café y pasteles que se prolongaban, sin solución de continuidad en una merienda.Cuando la mesa quedaba libre de migas de todo tipo, venía el momento del gran vicio de aquel grupo de veraneantes apretujados: el bingo. Los gritos, no precisamente de los niños de San Idelfonso, avisaban a toda la calle del número que salía y tras esto el mayor o menor jolgorio nos avisaba de quien era el afortunad@ y así durante horas sin fin, en que entre bola y bola sólo se oían gritos y ploffs.
El tercer punto estaba situado en el interior de la casa, ahí si había una gran televisión delante de un sofá, también permanentemente ocupado, que estaba encendido las veinticuatro horas. El volumen estaba suficientemente fuerte para que todos pudieran seguir el programa del tomate: los del bingo, los de la piscina, los niños que gritaban y se movían a toda velocidad entre los tres puntos y todos los vecinos de la calle.
Hoy he pasado por allí delante y me ha resultado extraño contemplar la soledad y el silencio de esa casa, tras los dos meses y medio que ha estado adornada de gente, olores, gritos y ruidos. Curiosa forma de veranear, es más estoy seguro de que, a pesar, de estar tan cerca del mar ni siquiera se acercaron a verlo. ¿Para qué, si tenían todo lo necesario para ser feliz en aquel escueto recinto?
Original cartel

Colocado por el farmaceútico de mi barrio sustituyendo a la máquina exterior de preservativos, ante las acciones de un individuo de dudosa racionalidad.
Bus-eando

Todos estamos convencidos de la importancia de los ordenadores por lo que simplifican y facilitan el trabajo, aunque a veces gastan malas pasadas, como ocurrió esta mañana en el autobús en que tuve que viajar para acudir a una ciudad próxima a una reunión. El conductor ya iba diciendo que el día anterior lo habían avisado urgentemente para hacer ese trayecto del que no tenía ni idea. Lo que no dijo es que tampoco sabía usar la máquina expendedora de billetes.
Así que llegamos a la primera parada, intenta sacar el primer billete a un joven que observa pacientemente las inútiles maniobras con la máquina. Finalmente, desesperado, le dice al joven y a las ocho personas que le siguen que pasen, que hoy viajan gratis. Y así en todas las paradas hasta llegar a destino, todos los que subían ponían cara de sorpresa que mudaba en una amplia sonrisa cuando veía que empezaban bien la mañana al ahorrarse unos cuantos euros. De los casi cuarenta que viajamos fui, entonces, de los únicos que pagó su billete.
A la vuelta estaba expectante por si me tocaba aquel jacarandoso conductor, pero mi gozo en un pozo ya que el conductor que me tocó manejaba la máquina de billetes con la habilidad de un verdadero experto.
Prebendas

Últimamente circunstancias personales me han hecho toparme con gente que tenía prebendas colgadas en el pecho como el que luce las medallas a los ojos de todos en los desfiles. Pertenecen a una determinada clase social que nunca consentirían explícitamente el sistema de castas como el que existe en otros países, pero que con sus actitudes y modos hacen lo posible por perpetuarlo en nuestra sociedad.
Son esos que cuando se les pretende aplicar la misma vara o norma que al resto de los mortales suelen sacar aquella frase que era tan habitual en nuestro país en años pretéritos: ¡No sabe con quién está usted hablando! Y pobre de aquel que intente ponerle alguna limitación, recibirá una llamada de su superior recriminándole: Pero ¡cómo se le ha ocurrido! Sus cuentas corrientes son abultadas tanto las blancas como las negras. Su ideología es lo de menos, los hay en todo el abanico político no depende tanto de la postura política como de la que tome ante la vida. Gastan muy poco, por eso suelen tener tanto dinero. No pagan entradas, siempre van invitados a los mejores lugares por otros de la misma casta. Entre ellos se piropean, se homenajean y se distinguen. Les hacen multitud de regalos sobre todo de aquellos que ellos miran por debajo del hombro y que sin embargo esperan recoger algún favor o migaja. No suelen usar el transporte público, su vehículo, su teléfono, su vivienda, lo que no saben que, incluso, su prestigio suele ir a costa de la empresa o de los contribuyentes. Creen que el mundo va de maravillas gracias a ellos y están ignorantes de lo que les rodea gracias a toda una cohorte de pelotas que se encargan de que así lo parezca. Qué difícil es para el que vive así considerarse uno más de los habitantes de este planeta y educar la sensibilidad hacia aquellas personas que ellos suponen en ese escalón artificial de más abajo.
No saben que puede llegar un día en que un viento fuerte le arranque esas prebendas y como un Adán en el paraíso se sienta desnudo frente al mundo. Y si a pesar de todo mantiene a todas ellas colgadas en su pecho hasta su muerte, ya habrá alguno mientras empuje su ataúd , esboce una sonrisa, pensando en las prebendas que, ahora, le toca heredar.
Sueños nocturnos

No suelo soñar habitualmente, pero hay sueños que, al despertar, parecen haberte embrujado para el resto del día. Hoy me ha ocurrido, lo noté porque mi despertador biológico se retrasó y al despertar noté que había estado profundamente dormido y sumergido en una fase onírica de la que sentí despertar. Nunca deja de sorprenderme el carácter azaroso de los sueños y la forma sinuosa en que logra introducirse en los recovecos más perdidos de nuestro subconsciente. La mayoría son leves pinceladas que como finos pinchazos de aguja horadan y desaparecen de manera fulminante, otros en cambio, como el de hoy, parecen invadirnos completamente, nos dominan, nos entregamos a él y cuando despertamos es como si una pátina invisible nos impregnara dejándonos desnudos a la vista de todo el mundo.
Pero no es así, nadie se da cuenta, sólo nosotros somos conscientes de que una enorme fuerza interna se ha apoderado de nosotros por unas horas sin que podamos hacer nada a cambio. En él he me ha acompañado esa persona que ya hace años murió y que, sin embargo, sigue a mi lado aunque la vida se empeñara traidoramente en lanzarla más allá de las estrellas. También esa otra mujer que la memoria pugnó por olvidar y que aparece hermosa, mimosa, burlona, sonriente y desafiando mis esfuerzos. Y me veo paseando por rincones lejanos donde sin haber un jardín me invade el aroma de las flores, abrazado por el pasado y perdido en un futuro que, paradójicamente, en cuanto despierto ya ha transcurrido. Lo que más me impresiona es que una vez despierto aún puedo sentir las brasas de unas sensaciones ardientes que yo, ingenuo de mí, pensé que se habían apagado para siempre. No es por eso extraño que esté deseando reencontrarme, esta noche, con la almohada para que cese sobre mí la influencia de ese hechizo.
¡Bienvenido septiembre!

Paradójicamente al carácter nostálgico que podría suponer el dibujo colgado en el post de ayer, debo reconocer que la entrada del mes de septiembre no me disgusta. Supongo que la ruptura debe ser mayor para el que se aleja, por ejemplo, de la costa y sabe que ocurrirán muchas cosas hasta que pueda ver el mar, pero cuando el mar nos acompaña en la vida cotidiana no hay tanta diferencia entre lo que es vacacionar o trabajar.
Me hace rememorar a aquellos años infantiles de veranos interminables en que yo estaba deseando ya el comienzo del curso. Se revolucionaban los armarios y aparecían esos pantalones largos, que ahora quedaban por encima de los tobillos, los zapatos gorila que abrazaban el pie con estudiada eficacia y sobre todo ese aroma a goma de borrar, lápices de madera y libros nuevos que auguraban el comienzo escolar. Eran tiempos de reencuentros con aquellos compañeros de colegio tras tres meses, algunos tan crecidos que casi nos costaba reconocerlos. Ahora aunque no me influye la escuela tan directamente, que duda cabe que su influencia sigue en mi vida.
Aparte de eso hay muchas cosas que parece que el mes de agosto actúa sobre ellas de forma paralizante. Desde la televisión que languidece en los rincones domésticos como pidiendo perdón por tener que poner cualquier cosa por mantenerse enchufada, hasta lo que es el encargo de un libro o un mueble, en el que el interlocutor como algo sabido y soportado dice eso de: ya sabe que en agosto todo está cerrado. La Administración que cuelga un cartel invisible de “todo cerrado” y los periódicos que adelgazan de tamaño sustituyendo artículos y temas culturales por fotos de prensa rosa o de cuerpos soleados y es que claro…como estamos en verano…Buena época incluso para aquellos de manifiesta torpeza laboral y que en esta época refugiados en las calores parecen disimular su incompetencia.Ya sé que habrá muchos que no estén de acuerdo conmigo, pero tras unos días necesarios para romper la rutina que la vida nos impone, prefiero mucho más la llegada de septiembre y la vuelta al engranaje habitual. Por eso para mí el otoño es la etapa que más disfruto del año. Lo que es necesario, siempre, es desarrollar la capacidad de disfrutar de esos pequeños momentos que la vida nos presenta en el día a día y que pasan de largo por delante nuestra sin que seamos capaces de atraparlos. ¡Esos serían ratos de verdaderas vacaciones!
Adiós agosto...

Aprovechando esta especie de travesía que supone el arrancar la última hoja del mes de agosto y tras este descanso bloguero vuelvo con las fuerzas renovadas a este pequeño rincón de internet, con este dibujillo alusivo, a compartir con quien se anime mi gusto por la palabra.
Próxima reapertura
Abriendo un paréntesis...

Estamos en época de vacaciones y, aunque disfruto con esto de escribir, me doy cuenta que necesito descansar del blog por unos días. Aunque no ando vacacionando suficientemente, porque estoy trabajando, creo que me vendrá bien el alejarme un poco de aquí y cambiar de actividad ya que me percibo cierto agotamiento de neuronas más síquico que físico. Así que procederá a abrir un pequeño paréntesis en mi andadura casi cotidiana por la blogosfera y aprovecharé para dedicar más tiempo a la lectura, tengo varios libros aún pendientes, a dibujar y fomentar mi creatividad por otro lado, a ordenar esos papeles que se acumulan sin orden en un montón a lo largo de todo el año...y a preparar la próxima llegada de las Perseidas y limpiar un poco el cielo de obstáculos e incomodidades para que éstas se sientan a gusto en su peregrinar anual. ¡Sed felices! Hasta la vuelta...![]()
Un viaje en bus

Uno de los días que estuve en Almagro tuve la "genial" idea de montar en el autobús para ir de visita a Ciudad Real, que se encuentra a 23 km. Hacía muchísimo calor. Lo primero fue encontrar la estación de autobuses. Esta consiste en un pequeño edificio en el que hay un bar en torno al cual para el autobús, ni marquesina ni nada que se le parezca. Me di cuenta que todo el mundo pedía turno y tras ponerme en la cola hice lo propio. Luego me explicaron que es que el autobús solía llegar ya lleno y no era extraño que algunos tuvieran que quedar en tierra, hasta que avisado otro autobús llegaba de Ciudad Real. Finalmente todos entramos aunque a los últimos de la cola les tocó ir de pie. Ya me imaginaba las cestas con las gallinas, pero no, lo único que me tocó delante fue una veinteañera que estuvo todo el rato hablando con una amiga superpija que se jactaba de que en Ibiza, como era azafata, entraba en todas las discotecas porque conocía a todos los relaciones públicas que, encima, le invitaban.
Llegué a Ciudad Real, allí estuve veintidós años antes, viviendo durante nueve meses en el que fue mi inicio como docente, una profesión que me encantaba, pero de la que las circunstancias de la vida me apartaron a empellones. La ciudad está muy cambiada, me costó reconocer muchos de sus antiguos rincones, el paso del AVE y la cercanía a Madrid la han transformado. Aunque, entonces, tuve a ciento veinte alumnos no me encontré a ninguno por la calle. Eso era lo que me esperaba porque me hubiera resultado difícil reconocer a aquellos simpáticos niños de diez años en los actuales y sesudos padres de familia en que se han convertido. Visité el colegio por el que anduve y me di cuenta que los muros a pesar de que envejezcan lo hace menos que las personas con las que allí me encontré. Me senté en una plaza a recuperar fuerzas y en la mesa de al lado reconocí a un conductor de autobuses de mi pueblo con el que me puse a hablar. Tomé una cerveza con tapa y ya me iba a quejar del tamaño ridículo de la misma cuando me advirtieron que estaba incluída en el precio de la bebida.
Como seguía haciendo mucho calor y ya había recorrido lo principal me volví hacia la estación de autobuses para hacer el viaje de vuelta. El autobús de nuevo saturado de pasajeros. Detrás mía la veinteañera de la ida que volvía de compras y que se puso a hablar con otra, no era la superpija, que estaba al otro lado del pasillo:
-Te has enterado de que X, tienes novio?
-Ya es mayorcita, tiene al menos veinticuatro años, aunque el novio es mucho mayor.
-Tú crees? No me lo parece tanto.
-Que sí, que tiene unos cuanto años más seguro, se le nota en la pinta que tiene.
En esto uno que está a mi lado interrumpe la conversación, soprendiéndonos a todos: ¡Veintiocho! ¡Veintiocho años tiene!. Y ante la sorpresa de las dos interlocutoras, añadió: que sí, que es muy amigo mío y cuando baje os puedo enseñar hasta una foto que tenemos juntos. Las dos chicas pusieron cara de no saber donde meterse y yo no pude aguantar la risa. Si no fuera por estas distracciones que agobio de viaje. El autobús tenía el aire acondicionado puesto pero eso no impedía que las gotas de sudor chorrearan bajando mi cuello.
Escribiendo que es gerundio

Hace unos cuatro años la lectura de algún que otro libro despertaron en mi interior el gusanillo de la escritura. Y así, con mayor o menor torpeza, me puse a ello con tesón. En este tiempo he leído mucho al respecto, hice un estupendo taller literario y sobre todo no he parado de escribir, a veces con ganas, otras con despiste, unas experimentando, otras intentando copiar estilos...pero siempre escribir y escribir, sea en papel o en el pc, disfrutando.
¿A qué viene esta mirada hacia atrás a mi afán de escribir? A que ayer por la noche recibí un correo electrónico que me llenó de satisfacción, en un concurso literario al que se han presentado 179 relatos, tras el primer premio han dado dos menciones de honor, una de ellas a uno de mis relatos. Económicamente no me supone un céntimo de euro, pero eso es lo de menos, prefiero saber que un jurado objetivo ha constatado que uno de mis relatos pueda tener una cierta calidad literaria. Sí, ya sé que esto es mirarme un poco el ombligo, pero que mejor que compartir con vosotr@s, los que asomáis la cabeza de vez en cuando a este vuestro rincón, mi primera alegría literaria. En definitiva siempre he entendido que mi blog es el lugar donde ejercito mi gimnasia cotidiana de retozar con las palabras y l@s que me leéis sois mis primeros lectores. Gracias a vosotr@s por leerme y a much@s de los que con vuestros consejos o comentarios me estimuláis a que el teclado no le salgan telarañas. Esto es como un pequeño empujón para seguir escribiendo que es gerundio.
Empapado de teatro

Empecé mi viaje en el tren, y en uno de sus pasillos me encontré a un viejo amigo de los tiempos de Facultad. Parecía que era un encuentro providencial, porque hacía dos años que no nos veíamos y dentro de unos días se marchará durante varios años a trabajar a Chile, así que aquel bamboleo del vagón nos sirvió de charla y abrazo de despedida. Cuando llegamos a Almagro la primera imagen es la de una ciudad sosegada y tranquila. Las calles solitarias de chinos empedradas raramente vislumbran la presencia de vehículos de motor, abundando para desplazarse, soprendentemente, las bicicletas. Es de esos lugares de los que se siente nostalgia, una vez conocido, cuando uno tiene ganas de apartarse del mundanal ruido y refugiarse en el silencio ambiental. Muchas iglesias y palacios jalonan sus calles embelleciendo la vista y el devenir por sus calles. El resto del año es un pueblo solitario pero en esta época bulle. En estos días del festival del teatro clásico todo parece girar en torno a este arte, no en vano es en esta ciudad donde se encuentra el Museo Nacional del Teatro.
Toda la ciudad gira en torno a su plaza Mayor una plaza alargada y bien cuidada con una original estructura que recuerda, según decía uno que había viajado más que yo, a Bruselas. Siempre que salía era paso obligado y pude ver lo diferente que es esa plaza por la mañana cuando las sombras de las columnas se alargan con los rayos solares primigenios, a la tarde donde el calor silencia y vacía todos sus rincones. Al atardecer aquella cobra una vida inusual, todas las terrazas se llenan, muchos visitantes y mucha gente del mundo de la farándula, no era raro encontrarse por allí, a actores conocidos de series televisivas, al diseñador Elio Berhanyer que había ido a inaugurar una exposición de joyas o...a un vecino de mi pueblo.
Las comidas allí son consistentes: migas de pastor, duelos y quebrantos, las famosas berenjenas de Almagro, un queso exquisito y chorizos y morcillas variadas. Una dieta que alimenta pero que si fuera habitual, producirá algo más que alimento. Aquí pongo mi "pero" y es referente al pan. En todos los lugares en los que he estado ponían rebanadas de pan de pueblo y he echado mucho de menos al pan blanco normal que es uno de los manjares que más aprecio.
En cuanto a museos nombraré a dos de ellos. Por un lado el ya citado Museo Nacional del Teatro, que cuando me di cuenta estaba visitándolo el día siete del mes siete a las siete de la tarde, un museo relativamente interesante para visitar. Al entrar encontramos una frase de Shakespeare:
"Todo el mundo es teatro, y todos los hombres y mujeres no son sino actores. Tienen sus entradas y salidas de escena, y cada uno de ellos interpreta diversos papeles en la vida".
Tras pensar si tendrá razón el dramaturgo seguimos el paseo en el que podemos ver guiones mecanografiados, caricaturas, retratos, trajes de época usados por famosos actores. Distintos cuadros en el que destacaría uno de Madrazo en el que pinta a María Guerrero haciendo de doña Inés y cuidadas maquetas de obras teatrales, la que más me gustó fue una del Teatro Real en la que representaba la obra de "Los pescadores de perlas". Algo que me pareció excesivo: la seguridad. Me parece necesaria la seguridad en los museos, pero hay formas más disimuladas de ponerla. En algunos momentos parecía que estaba visitando las joyas de la corona de Inglaterra. Entrabas en una sala y el vigilante te miraba de arriba abajo, y sentía esa mirada agarrada sobre mí durante todo el tiempo. Cuando me libraba de ella era porque ya me había atrapado la mirada del vigilante de la siguiente sala. Lo dicho: excesivo. También visité el Museo de encajes, dedicado a esa labor tan característica de este sitio como es el encaje de bolillos. Será porque carezco de la sensibilidad adecuada pero no me gustó, eso sí acaba uno enterándose de todas las intimidades del tal encaje de bolillos.
Los espectáculos teatrales dominan todo el entorno. No es raro encontrar a los actores ensayando en distintos edificios o patios las distintas obras de teatro. A pesar de las dificultades que suele haber encontré entradas para dos obras. Las dos en lugares en escenarios bien acondicionados y empezando poco antes de las once de la noche. Todo perfectamente organizado incluida la adquisición de agua en aquellas calurosas noches techadas por estrellas. La primera obra fue "Don Gil de las Calzas Verdes" una comedia de enredos que me hizo pasar un buen rato. La otra fue la "Tragedia de Don Duardos" más bien la tragedia era de los sufridos espectadores, a pesar de ello todos aplaudimos, pero yo todavía días después de haberla visto me pregunto por cuál era el argumento. Tampoco hay que olvidar los espectáculos teatrales, como el de la foto, que se realizaban en la calle para disfrute de todos. Siempre es bueno hacer algo distinto en vacaciones y en estas impregnadas de teatro lo he conseguido.
A la Mancha

En estos días que muchísima gente se viene hacia las costas, yo voy a hacer el recorrido inverso y me voy a La Mancha. Ya sé que no está tan de moda como el pasado año con tanto Quijote por todos lados pero, sin embargo, creo que sigue teniendo como todas nuestras regiones muchos encantos de los que disfrutar. Concretamente voy a recorrer Ciudad Real y la ciudad de Almagro, antigua capital de la orden de Calatrava, y aprovechar el festival de teatro clásico para asistir a un par de obras de teatro. Alimentaré el espíritu con esos textos bien trazados del siglo de Oro mientras que en aquellos escenarios privilegiados, teniendo de techo las estrellas, me dejaré acariciar por el aire de la brisa nocturna y el de las aspas de los molinos. ¡Hasta la vuelta!
¡Vacaciones!
Una pregunta sudando

Estos dias de finales del mes de junio, ya terminado el ciclo de la primavera y deshechada esa preocupación por el lucimiento estilizado de los bikinis, el gimnasio ha quedado casi desierto. Yo, testarudo, sigo insistiendo en asistir regularmente y no es que físicamente note grandes progresos pero me consuela el pensar, o tal vez el sugestionarme, de que al menos me repercuta positivamente en salud.
Con ese sosiego existente en el interior del gimnasio se puede elegir cualquiera de las actividades sin tener que pedir turno no temor a concetración humana. Desde hace unos días estoy yendo a Pilates. Respiración, coordinación y elasticidad que no siempre consigo aunar. Hoy estaba concentrado en la cierta dificultad de un ejercicio cuando oigo a la joven monitora que dice:
-Usted caballero ¿cómo se llama?
Y, entonces, hice la pregunta más tonta que he hecho en las últimas semanas:
-¿Te refieres a mí?
Sobre todo teniendo en cuenta que mis seis colegas de ejercicios eran todas mujeres, alguna de las cuales no pudo resistir el esbozar una leve sonrisa.
¿Elogio? de la diferencia
Sé que, en plena efervescencia del Mundial de fútbol y con tan sonadas victorias de nuestra selección, no es políticamente correcto lo que voy a decir pero aún así quiero plasmar por escrito lo que pienso: nunca me ha gustado lo más mínimo el fútbol. Cuando en aquellas tardes eternas de los domingos veía a mi padre y hermanos pendientes del Carrusel Deportivo, de aquellos gritos radiofónicos de goooooool, goooooool, o de aquel partido que retransmitían en blanco y negro todos los domingos pensaba que si me gustara tendría anulado ese aburrimiento vespertino. Pero me resultaba imposible. No era capaz de distraerme más de cinco minutos viendo ese balón que se disputaban aquellos veintidós señores, me parecía un extraño mérito eso de colarlo por aquella red. Y nunca entendí que esos señores tengan mucho más reconocimiento social que muchísima gente que se parte el pecho en muchísimos aspectos, para mí, mucho más meritorios, Lógicamente los lunes era el día en que permanecía más silencioso porque no podía participar en aquellas conversaciones balompédicas en que, como si se tratara de un problema filosófico, se discutía si una pitada del árbitro fue oportuna o no.
Con los años no he variado un ápice en mi interés por dicho deporte y cada vez me parece más exagerada esas pasiones que levanta como si en ese triunfo nos estuviéramos jugando la honra o la supervivencia. Y si me fijo en ciertas actitudes extremas de algunos aficionados me suena a ciertos comportamientos ancestrales que se pierden en la noche de los tiempos. No me entero de los resultados de los partidos hasta que han pasado unas horas o hasta que las noticias se empeñan en ponerlo en portada. Me da igual como quede el resultado de los partidos ya que el hecho de ganarlo o perderlo no me va a afectar en nada. Creo que hay cosas que afectan mucho más a la buena marcha de nuestro país como una gran carencia de la educación y el deterioro de las normas de convivencia o bajando a terrenos más materialistas, y sin embargo también influyentes, la subida del euribor que sí que nos afecta a millones de españoles.
Aprovecharé la emisión de los próximos partidos para pasear o salir a la compra ya que son, sin duda, las horas más tranquilas en que las calles quedan desiertas. Sí ya sé que soy un poco rarito en este sentido pero es que ¡hay cosas que no se eligen!
Sentado en el quicio de la puerta
¡Qué jartura de vida! Me paso el día trabajando, limpiando de casa en casa, o mejor dicho recogiendo la mierda a las señoras. Señoras se dicen ellas aunque sean más torponas que una, lo único es que han tenido más suerte en la via y no les ha tocao un cabrón como el que me tocó a mí. En realiá era lo único que hacía tocarme, aparte de emborracharse, hasta que lo mandé a tomar por culo y anda ahora dándole la tabarra a su madre que, antes, tanto defendía lo güeno que era su hijo. El juez, mu chulo él, que me pague todos los meses 650 €, pero ¿de donde va a sacarlo ese infelí? Y menos má que me han dao la beca pa que puea comé en er comedó. Cuando a las seis de la tarde recojo al niño para llegar a casa ya no me puedo casi tener en pie, la peste a lejía tumba a las moscas y tengo tós los güesos doloríos. Despué pendiente de la tarea, aunque al angelito no hay que desirle ná, en cuanto se toma er boyicao de la merienda se pone a hacerla y dándome mieo de que me pregunte cualquier cosa, pos ya sabe el mu joío con sólo doce años más que yo y que los ratones coloraos. Cuando termino de recoger la cena intento leé un rato las revistas viejas que me da mi vecina, pero no paso de la tercera foto. Y al día siguiente yastá el puñetero despertadó pitando a las 6 de la mañana. Levantá al niño, darle al desayuno y acompañarle a la puerta del cole. Este es el peó momento der día. Tener que dejarlo sólo en la puerta del colegio, porque entro a trabajá poco despué de los ocho ¿y que pueo hacé? Le doy un beso de despedía sin mirarle a los ojos y cuando me alejo, sin mirar atrás, pueo sentí su mirá que se me clava en la espalda como do puñalá. ¡Qué jartura de vida!
Adiós mamá…No entiendo porque se tiene que ir tan temprano a trabajar. Y me tengo que quedar aquí sentado junto a la puerta del colegio. Las madres de mis amigos no trabajan, por qué tengo que ser yo el más raro de todos. Si, además, papá cuando lo veo me dice que el da el dinero de sobra a mamá para mantenernos. Se podía quedar mamá en casa y traerme más tarde como a todo el mundo y luego irse con las otras madres a tomar el cafelito. Todas me dicen ¿y tu madre que hace tiempo que no la vemos? Al menos hoy no llueve, que cuando pasa eso no me puedo sentar y tengo que esperar todo el tiempo de pie pegado a la puerta para no mojarme mucho. Uy, ya parece que va a amanecer y se empieza a ver un poco más. Me voy a poner a estudiar Sociales que hoy hay examen. Ya pasa, por aquí delante, como todos los días el tipo ese alto de la cartera. ¡Uff, qué sueño!
El tipo alto de la cartera soy yo..y él me ve a mí pero yo también lo veo todos los días sentado ante la puerta cerrada de su colegio.
Ejercicio físico-síquico

Este mes de junio no estoy acudiendo demasiado al gimnasio, sin embargo he aprovechado algunos de los días en que el calor no ha sido sofocante, para pasear por la playa. Quizás no haya hecho tanto ejercicio físico como en el gimnasio, pero sin duda si que he realizado mucho de ejercicio síquico. Sin duda el mejor mes para disfrutar la playa es el mes de junio. La naturaleza, ya despierta, nos anuncia el verano con su luz. Cuando puedo ir es a última hora de la tarde en que el sol aún brillando fuerte comienza a declinar. Hago el paseo a buen paso, me pongo el mp3 para ir escuchando música pero que no me impide oír el arrullo de las olas que van rompiendo a pocos centímetros de por donde camino. Mis pies desnudos se deslizan por la arena dejando atrás un reguero de huellas sobre las que nunca podré volver. La brisa fresca y ligeramente húmeda del viento Sur ciñe todo mi paseo. Agradezco las gafas de sol para que no me hiera el brillo dorado que dinámicamente agita la superficie del agua y que, a la vez, me permite ver ese mundo vivo que bulle a mi alrededor. La playa está casi desierta, algo impensable el mes que viene a esta hora, pero eso no me impide a ver a algunas personas por allí.
En el camino me cruzo con otros paseantes unos con auriculares, otros con sombreros y, al fin, otros con las dos cosas, pero todos buscando mejorar su salud cardiovascular. Una abuela oronda y regocijada, al mismo tiempo, sujeta a su nieto que con sus primeros chapoteos la refresca de salpicaduras. Una joven madre toma el sol, sentada con la cabeza descolgada hacia atrás mientras sus hijos, laboriosos, construyen un castillo de arena de formas caprichosas. Me sorprende ver a una señora mayor leyendo un libro del teólogo brasileño Leonardo Boff. Una joven, de esas que dibujan un cuerpo que parece que no cambiará nunca, oculta tras unas gafas negras, lee un grueso libro. Su amiga al lado aprovecha esa peculiar intimidad para buscar pelos desperdigados por las piernas y castigarlos con las pinzas. Unos muchachos pescan junto a la orilla sus cañas se alzan enhiestas, mientras ellos, con esa paciencia que sólo da la pesca, permanecen con sus miradas fijas en el extremo de la caña. Tres señoras, en torno a una sombrilla, charlan animadamente mientras comen pipas y lanzan las cáscaras a la arena guarreando la playa, esperando que mañana la limpien porque como seguramente dirán cuando llegan: ¡hay que ver lo sucia que está la playa! Me cruzo con un grupo grande de disminuidos síquicos que toman el sol y se bañan, me llama la atención el cariño que ponen sus cuidadores que no dejan de estar pendiente de ellos. Una joven amazona chapotea con su caballo por la orilla, en una estampa única su imagen se cruza con varios barcos de pesca que salen a iniciar su jornada pesquera.
Cuando termino el paseo, el agua ya parece tragarse al sol y antes de salir de la playa, apetezco sentarme en la arena, frente al mar. Y mientras escucho el Canon de Pachebel, miro los mil matices de colores del cielo y el mar, saboreo el estar allí y me doy cuenta que soy un privilegiado teniendo esto tan cerca y accesible, lo que supone un verdadero ejercicio síquico de relajación y de alimento del espíritu. Vuelvo a agradecer el tener las gafas oscuras puestas, pero esta vez para ocultar de las miradas ajenas, en ese momento, el brillo que me ilumina los ojos.
De aljibes y otra noticia

Guillermo con los doctores que le atendieron
Muchas de las casas del casco antiguo de la ciudad de Cádiz tienen un aljibe, construido de los siglos XVII al XIX, y que servía para extraer el agua tan necesaria en aquella época que era menos accesible que ahora. Algunas de estas casas, todas dotadas de patio, tienen su pozo que indica la situación del aljibe, pero en otras, siendo su utilización anacrónica ha sido tapada con una simple losa que lo oculta e incluso hace olvidar su existencia. Tengo recuerdos infantiles del patio de casa, aquellos días en que cortaban el agua, se levantaba la losa que cubría el aljibe y se introducía en su interior una cuerda con un cubo de aluminio, de allí se extraía el agua que hacía entonces el correspondiente avío. He recordado esto al leer la noticia de la muerte hace unos días de una señora que estando tan tranquila limpiando el suelo se le hundió la losa, cayó al aljibe, falleciendo de esta manera tan inaudita. No es la primera vez que alguien cae en uno, hace tres años a una madre y su hijo mientras veía la televisión se les hundió el suelo y fueron a parar a otro. Afortunadamente en este caso no hubo desgracias personales.
Y siguiendo con las noticias periodísticas, he leído también la extracción de una muela cariada y de quiste en el maxilar a Guillermo, una noticia que no hubiera salido en los periódicos si no llega a ser porque Guillermo es un chimpancé del zoo de Jerez. Y ahí sale el gorila tumbado en el sillón del dentista mientras un equipo de profesionales, encabezadopor un afamado odontólogo, se dedicaba a solucionar ese problema que lo había vuelto un tanto irascible. Muchos quisieran tener la mitad de los cuidados y atención de este simio. Lógicamente a Guillermo le pusieron anestesia total, que si no...
¡Qué coño!
Esta expresión no es un grito de guerra y ni siquiera una exclamación admirativa a la vista de "algo" asombroso, sino el simple recuerdo de dos palabras que escuché hace muchos años en una película. Si mal no recuerdo el título era Risky Bussines y era una de aquella época, hace más de veinte años, en que Tom Cruise no podía ni imaginarse sus misiones imposibles. En un momento de la película alguien le dice al protagonista:
-Hay momentos en la vida que hay que decir ¡qué coño!
Me pareció una frase muy acertada y que encierra dentro de su aparente zafiedad un gran simbolismo, la de la persona que ha sobrepasado un cierto límite ya sea por desesperación o hartazgo, que se detiene y ha decidido saltar por encima de ese muro que le separa de otra situación diferente, en definitiva, de lo desconocido. Lo que ocurre es que no siempre es fácil tomar la decisión de saltar por encima, pero hay momentos en que la propìa salud mental empuja a ello y en esos casos se dice : ¡Qué coño! Se salta desde arriba del muro y se espera al menos que el aterrizaje, a esas circunstancias nuevas, sea lo menos doloroso posible.
Domingo por la mañana

Siempre me han gustado los domingos por la mañana, no me refiero a esa hora en que el mediodía invita al aperitivo, sino a esas primeras horas de la mañana, un momento privilegiado de la semana en que es posible escuchar hasta los sonidos del silencio. Esta mañana comentaba eso a mi hija pequeña cuando salimos a la calle a la búsqueda y captura de unos churros calientes. En una esquina solitaria donde hasta la ausencia del tráfico se hacía patente nos detuvimos y le dije: mira escucha cantar a los pájaros. Y hasta cinco trinos diferentes nos salpicaron los oídos. Aunque como muy bien me dijo ella: los pájaros cantan todo el día. Sí, eso es cierto lo que pasa que no siempre tenemos el silencio y la tranquilidad necesaria para poder disfrutarlos.
Tras ese paseo matinal parece que los churros están hasta más ricos. ¿Te apetece alguno?
Volviendo a escribir
Los días que he pasado fuera he tenido una sensación paradójica, por un lado me ha venido bien el alejarme de la escritura y descansar de engarzar palabras, pero por otro lado he notado esa necesidad y he echado de menos el construir ideas en el blog. Incluso me da la impresión a colocarme frente al teclado como si hubiera perdido, un poco, el ritmo semigimnástico que supone el escribir en el blog. ¿Será que deje las musas en Valencia? Espero que no y seguiré registrando en los cajones de la mesa hasta que me aparezca alguna.
De las muchas cosas que podría escribir, hoy voy a traer a colación mi trabajo, algo que por higiene mental dejo tras de mí al cerrar la puerta, pero es que hoy, me siento feliz, después de año y medio se ha incorporado una compañera nueva, lo que supone un reforzamiento sustancial de la plantilla y no sólo eso...además con ganas de aprender y trabajar. Me tocará una vez más enseñar, pero no me importa porque estoy seguro que el tiempo que dedique a ello beneficiará a la larga a esa compañera y a todo el que se acerque a hacer una gestión donde trabajo.
De vuelta
Siempre cuando vuelvo de algún viaje tengo paradójicas sensaciones, por un lado me ha alegrado el cambiar de ambiente y lugar, pero por otro me alegra también el volver a mi rincón habitual. He disfrutado de estos días en Valencia, un viaje que estuvo a punto de ser frustrado por una varicela inoportuna y de última hora pero que al final la situación no dio problemas.
Algunos apuntes del viaje:
-Nunca había subido a un avión tan minúsculo, tenía que ir con la cabeza agachada pues pegaba en el techo, me alegré de no ser un poco más alto porque me hubiera atorado en el pasillo.
-Todos los taxistas a los que conocí eran emigrantes.
- Los valencianos con los que me topé todo un dechado de amabilidad.
-Algunos días demasiado calor.
-Me dio la sensación de que los semáforos están más tiempo en rojo que en verde.
-La Ciudad de las Artes y las Ciencias un prodigio arquitectónico pero me decepcionó un poco por dentro.
-Interesante y curiosa la manera de realizar los ninots.
-Los dos platos de arroz que tomé estaban buenísimos.
-¡Qué grande es la Albufera!
-Tuve la alegría de reencontrarme con algún amigo al que hacía más de quince años que no veía.
-Escuché protestas de más de uno, debido a los atascos cotidianos que se forman por el corte del puente sobre el que se construye el escenario para la próxima visita del Papa en julio.
-Hay metro, pero nunca había parada donde yo tenía que ir, así que no me monté en él.
-Lo malo de que me dieran el último asiento del avión es que sólo me llegaban los canapés que nadie quiso.
-Es incomodísimo orientarse con un plano donde las letras no se ven y cuando intento sacar las gafas el plano se dobla de mil maneras imposibles de deshacer.
-Lo bueno de que me dieran el último asiento del avión es que al despegar y aterrizar la azafata sentada en el pasillo estaba justo a mi lado.
-Me enteré que eixida significaba salida, cuando después de muchas vueltas para salir a la calle sólo encontré una puerta con ese cartel.
Ya está de nuevo aquí...
"Polvo, sudor y hierro..." así si mal no recuerdo empezaba un viejo romance español que hablaba de las gestas del Cid. Ese mismo comienzo es el que me viene a la cabeza cuando llegan estos días de feria a mi pueblo. Son unos días extraños donde parece que el mundo se pone un poco al revés. Los que habitualmente trabajamos reducimos jornadas de trabajo o algunos, incluso, durante toda la semana vacacionan. Los que no suelen trabajar nada durante el año consiguen un puesto de trabajo durante unos días en mil y una labores haciendo jornadas de horas sin fin. El montaje de casetas une a todos ingenieros y parados, maestros y artesanos, que codo con codo trabajan de una manera tan intensa que si eso lo hicieran durante el resto del año nuestra economía se levantaría muchos enteros.
A mi personalmente no me gusta nada la feria, será que no la viví cuando era niño, pero el jaleo del ferial no es de las cosas con las que disfruto, así que sólo procuro ir lo justo. Otra de las cosas que hace que no me guste nada es que es una feria que está en el centro, paraliza en todos los sentidos el pueblo y es sumamente molesta para la gente de las proximidades, entre las que me incluyo. Al menos, delante de la puerta de mi casa, como le ocurre a algunos no me ponen un puesto de patatas fritas y cada vez que vas a entrar o salir se tiene que echar para el lado el patatero. Esta feria atrae a mucha gente de los pueblos de alrededor, pero mucho de los que vivimos aquí, aprovechamos estos días para irnos a conocer otros lugares y tomar unas pequeñas vacaciones de primavera. Así que desapareceré de éste vuestro rincón durante unos días.
Dejaré las macetas en la puerta del blog, si algun@ pasa por aquí, por favor: regarlas!
Diecisiete años
Ya han pasado diecisiete años con sus + y sus -, con sus X mí o X ti y sus : los dos. Años en que ha habido tiempo para que haya de todo:
-tiempo para nacimientos y otro tiempo de muertes
-tiempo de llorar y otro tiempo de reír.
-tiempo de abrazar y otro tiempo de desprenderse
-tiempo de callar y otro tiempo de hablar
-tiempo de amar y otro tiempo de odiar
-tiempo de buscar y otro tiempo de perder
Y la vida sigue y nosotros seguimos caminando con ella, a veces creyéndonos los protagonistas de ella y en otras unos meros secundones que sólo actuamos a las órdenes del director. Seguiremos caminando buscando esa luz que deseamos encontrar, aunque en los momentos malos tengamos la tentación que en alguna ocasión la dejamos atrás.
El conmemorar un diecisieteavo me ha traído a colación esta hermosa canción de la cantante chilena Violeta Parra: "Volver a los diecisiete"
Volver a los diecisiete
después de vivir un siglo
es como descifrar signos
sin ser sabio competente;
volver a ser, de repente,
tan frágil como un segundo,
volver a sentir profundo
como un niño frente a Dios.
Eso es lo que siento yo
en este instante fecundo.
Mi paso ha retrocedido
mientras el de ustedes avanza;
el Arco de las Alianzas
ha penetrado en mi nido.
Con todo su colorido
se ha paseado por mis venas,
y hasta la dura cadena
con que nos ata el destino
es como un diamante fino
que alumbra mi alma serena.
Se va enredando, enredando
como en el muro la hiedra,
y va brotando, brotando
como el musguito en la piedra.
Lo que puede el sentimiento
no lo ha podido el saber,
ni el más claro proceder,
ni el más ancho pensamiento.
Todo lo cambia el momento;
cual mago condescendiente
nos aleja dulcemente
de rencores y violencias.
¡Sólo el amor con su ciencia
nos vuelve tan inocentes!
El amor es torbellino
de pureza original;
hasta el feroz animal
susurra su dulce trino.
Detiene a los peregrinos,
libera a los prisioneros;
el amor con sus esmeros
al viejo lo vuelve niño,
y al malo sólo el cariño
lo vuelve puro y sincero.
De par en par la ventana
se abrió como por encanto;
entró el amor con su manto
como una tibia mañana.
Al son de su bella diana
hizo brotar al jazmín;
volando cual serafín
al cielo le puso aretes;
mis años en diecisiete
los convirtió el querubín.
Entre libros

Al fin viernes y he podido escapar de la rutina semanal para acudir a Cádiz a la feria del libro. Un año más, el Baluarte de Candelaria un antiguo fortín militar rehabilitado para usos varios y lamido por las olas del mar, sirve como presentación a cientos de libros que se distribuyen, sin orden ni concierto, por estanterías. Me gusta sumergirme entre tanto libro, hojearlos, y saborear su presencia. Aunque se nota esa preferencia por lo comercial, ¿qué no es comercial?, en los libros que se exponen. Mayoría de esos libros tan nombrados en lista de ventas y que la globalización y el marketing hace que los encontremos en un pueblo perdido de Teruel y en una librería de Manhatan. Libros que parecen querer aupar en esta feria, pues siendo de autor desconocido no faltan en ningún stad. Viejos libros de la infancia que ahora aparecen con nueva piel, al cogerlos en mis manos tampoco ellos parecen reconocer mi piel actual. Pero rebuscando aparece ese libro escondido que a nadie llamó la atención y, sin embargo, atrajo mi vista y me impelió a hacerlo acompañante mío en el paseo que me di a continuación. De alguno de estos que se adhirieron a mí hablaré otro día.
Cuando salí de allí, un paseo junto a un Atlántico de brillos turquesa completó el sosiego de mi espíritu. La guinda fue que al pasar por el museo de Bellas Artes estaba abierto y pude admirar una exposición de pistores costumbristas gaditanos del principio del siglo XX, una verdadera gozada para los sentidos.
Mudan-zas
Llevo toda la semana con la sensación de que la vida empuja mis pasos sin la posibilidad de que yo ande, ni un instante, por donde me apetecería andar, ya que las circunstancias no me dejan tiempo ni para pensar. Hoy he tenido el día de mudanzas, pero no en mi casa, sino que hoy han cambiado todo el mobiliario de mi oficina. A las ocho y media de la mañana ya había comenzado a organizar aquello y ya empezaron a llevarse muebles. Más allá de las nueve ya comencé a perder el buen humor porque el cincuenta por ciento de mi oficina, es decir mi compañero, precisamente hoy no había llegado. Cuando llegó se excusó con que había tenido bronca familiar y que había pensado no venir, por eso llegaba tarde. Y digo yo ¿qué culpa tendré de que se pelee en casa para que llegue tarde al trabajo? Seguí vaciando carpetas de los muebles hasta que apareció el camión con los muebles nuevos que llevaba una hora perdido. Y toda la mañana se me fue en un suspiro, dos operarios bajando muebles viejos y otros dos montando muebles nuevos, yo tomando decisiones sobre la marcha y el otro cincuenta por ciento de la oficina como flotando en el aire. Le dije que si podía subir una maceta a un fichero, uy mejor que la suban los de la mudanza, fue su respuesta. Al final la cosa fue cogiendo color y a las tres menos cuarto estaba todo colocado y en su sitio y lo que es importante, con los ordenadores funcionando. Cuando todos se marcharon me senté en el sillón y solté un suspiro liberando toda la tensión que llevaba dentro, en ese momento creo que fue cuando esbocé mi primera sonrisa del día. Creo que la próxima vez diré que en vez de una mesa con ala me la traigan con alas, para cuando me harte abrir la ventana e irme con ella volando hacia más allá de las nubes.
Durante toda la tarde me ha acompañado el cansancio, para colmo a primera hora tenía mi cita anual con Hacienda, afortunadamente me dieron la buena noticia de que me devolverían dinero. He llegado agotado a casa, con los ojos hinchados, mezcla de alergia y cansancio, pero me resistía a no ponerme aquí delante y escribir unas palabritas...y es que ¡este vicio de escribir es mucho vicio!
Tarde aflautada

En mi casa tenemos dos flautas, tal como suenan y nunca mejor dicho, no me refiero a las dulces de la que guardo, con cariño, una de madera que ya cumplió sus bodas de plata sino a dos flautas traveseras. Hoy me he dedicado toda la tarde a dichas flautas. La flauta mayor hace un par de días vino con el problema de que tenía escapes. ¿Una flauta con gases?-le dije, pero el chiste no fue bien recibido y me insistió que era un problema serio y así no se podía tocar. Llamada por teléfono a uno de los mejores talleres de instrumento de viento de toda la zona sur el de Philip Herman, donde tras llorarle lo suficiente nos dijo que nos acercáramos hoy a ver si se podía arreglar sobre la marcha. Philip Herman es un simpático norteamericano afincado en Chipiona desde hace muchos años y un verdadero artista en la reparación de estos instrumentos, que ha creado escuela de la que participan sus hijos. A las cuatro y media, con un viento de levante y un calor que atonta hasta a los caracoles estábamos delante de dicho taller, adornado en la puerta por una gran lira. Nos atendió el hijo y nos dijo, tras un pequeño examen del instrumento que en poco más de hora y media la tendría arreglada. Vuelta a mi pueblo, ahora para llevar a la flauta chica al Conservatorio quejándose de que tenía mucho que estudiar del colegio. De allí tuve que pasar por una farmacia y luego corriendo de nuevo al taller, menos mal que la temperatura había descendido unos grados, al mismo nivel que el tráfico había aumentado. Allí tuvimos que esperar todavía un rato a que le dieran a la flauta los últimos toques y engrases. Aquello terminó con una clase práctica del hijo de Philip sobre como se debe limpiar y mantener una flauta travesera. Yo agradecido por las atenciones, pero algo nervioso porque veía que la flauta pequeña estaba a punto de salir de clase. Salimos de allí corriendo, menos mal que el tráfico se portó bien.
La flauta grande eufórica, parecía nueva después de tanto mimo y con ganas de sonar en cuanto llegara a casa. La flauta pequeña salía contenta de clase, había aprendido a tocar el Himno a la alegría. Yo agotado y tras una ducha me senté a escribir para relajarme un poco. Mientras, en casa, suenan las dos flautas, una silabea con entusiasmo el himno de la Alegría, la otra lanza al viento con maestría una canción barroca. Las notas se pelean por el aire y yo deseando que las dos flautas aprendan a tocar una canción a dúo.
¿Todo tiene una explicación?
Suele decir una amiga mía que todo tiene una explicación, en la mayoría de los casos tiene razón, pero hay cosas que afortunadamente se escapan del enconsertamiento ajustado de las razones o las circunstancias. Me venía esta idea a la cabeza ante un cúmulo de cosas que me sucedieron ayer y hoy:
-Abotorgamiento excesivo de cabeza.
-Más cansancio de lo habitual durante todo el día.
-Crispación y tensión especial por mi parte y de los que me rodeaban.
-Alergia especialmente acentuada.
-Mucha carga eléctrica en el ambiente.
-Variedad de insectos de todos los colores y estilos.
-Sensación de que el esfuerzo que hago en mi trabajo hace las cosas avanzar...hacia detrás.
-Hipersensibilidad ambiental.
Tantas cosas a la vez y simultáneamente no podían ser normales. ¿Se acercará una nueva glaciación? ¿Estaremos ante un cambio de civilización? En estas cavilaciones andaba yo al salir del trabajo cuando al llegar a la calle lo comprendí todo: ¡había saltado el viento de levante!
Esperando el punto
De un tiempo a esta parte me estoy acostumbrando a que me comuniquen mucho más de manera escrita que oralmente. Cómo será que cuando alguien termina de decirme algo me quedo mirando embobado y cuando me dicen: ¿te pasa algo?
¿Cómo les digo que estoy esperando que ponga un punto y aparte en el aire?
Comida campestre
Dicen que los primeros años de vida condicionan, en mucho, el carácter de los seres humanos. Yo nací en una ciudad con una configuración muy original, donde no había manera de encontrar el campo en ella, a excepción del campo de fútbol, ni en los alrededores. Estaba, cual una isla, rodeada de agua por todos lados que estrangulaban un posible crecimiento y sólo una lengua estrecha de tierra la unía a la península ibérica. Tardé años en ver mi primera vaca y eso fue un día en un autobús a varios kilómetros de donde yo vivía. Por tanto no se puede decir que tenga mucha relación con el medio agrario. Sí me han gustado las excursiones campo a través, pero nunca me ha gustado especialmente eso de las comidas campestres.
Vaya aquí esta breve introducción para poder entender que no me sentí demasiado a gusto cuando ayer, unos amigos, nos invitaron a una comida campestre. Primero fueron los preparativos. Llevar ropa como para ir de campo, nos dijeron. Como era la primera vez que iba ¿qué ropa se lleva al campo? Traeros sombrillas y butacas de playa, añadieron. Pero ¿en el campo se pueden clavar las sombrillas? ¿Y los árboles? Y las butacas de playa yo en la playa siempre sé como colocarlas: mirando al mar. Pero en el campo ¿hacia donde se dirigen?¿hacia el poniente? Bueno ya decidida la intendencia y el maletero saturado de múltiples artilugios y bolsas venía la segunda parte, encontrar el campo. Quedamos con otros amigos para perdernos juntos, porque tampoco tenían mucha idea. Cerca de las dos y media estos no habían aparecido y yo y mi estómago teníamos nostalgia de un sábado normal en que a esa hora ya estaría descansando en el sofá tras haber comido. Al fin aparecieron ellos y mi alergia, mis ojos empezaron a escocerme y mi nariz me obligaba a conducir con una mano en el volante y la otra en el pañuelo. Temía que en cualquier momento me parara la guardia civil por asimilar el pañuelo a un móvil. Abandonamos la carretera normal y nos metimos por caminos llenos de agujeros que no permitía pasar de la segunda marcha y de una estrechura que sólo permitía circular en una dirección. Afortunadamente no encontramos ningún coche de frente ¿porque qué hubiéramos hecho? Llegamos a un camino que se bifurcaba, allí nos paramos hasta tres coches. Nadie llevaba GPS, menos mal porque si alguno lo hubiera llevado en aquellos caminos se hubiera vuelto loco. Finalmente nos rescataron de aquel perdido lugar rodeado de viñas y amapolas y llegamos a lugar de la comida.
Este es un terreno arenoso y con hierbas y plantas variadas, pues no tiene ninguna edificación. En medio colocadas varias mesas de playa y cuatro sombrillas en las que se acumulaba el personal unos 20 adultos y sólo veintitantos niños, teniendo en cuenta que la mayoría de los adolescentes se habían escaqueado de la comida. Tras asentar nuestros variados trastos y múltiple esfuerzo de horadar aquel suelo para poner nuestra sombrilla logramos sentarnos y poco a poco calmar un hambre que ya estaba creciendo más de la cuenta. La comida abundante, ensaladas, y barbacoa funcionando a destajo: carne, hamburguesas, chorizo, salchichas... conclusión: en poco más de una hora cayeron por tierra las consecuencias beneficiosas de dos semanas de gimnasia. La alergia en aquel paraje campestre migró de mi nariz a mis ojos. Y me pasé todo el resto de la tarde con los ojos encogidos por el picor. De la silla de playa en la que estaba me moví poco, no confiaba mucho en su estabilidad y temía que un movimiento brusco me llevara con mis huesos a la hierba. Cuando me levanté fue para una clase práctica de agricultura, vi plantas que en mi vida había visto y pude ver como mi amigo, de férreas raíces agrícolas, sacaba hábilmente con el azadón unas orondas patatas de la tierra y extraía unas hermosas y carotenadas zanahorias.
Cuando ya el sol empezó a descender y el cielo se envolvió de colores pasteles, decidimos volver. De nuevo autocross por aquellos caminos intransitables de manera que cuando llegamos a la conocida carretera estrecha habitual me pareció una autopista. Tras darme una ducha en casa y sentarme en un sillón di un suspiro de alivio...no estoy hecho para estas comidas campestres.
Ejercicio físico
Sigo yendo al gimnasio, ya llevo año y medio. No pensé que me lo iba a tomar tan en serio. Acabo de llegar, agotado, sudoroso, con las piernas vibrando todavía y llegado a esta hora me he hecho la pregunta metafísica del día: Voy al gimnasio, ¿para sentirme bien, cosa que ahora no la tengo muy clara, o por que la responsabilidad conmigo mismo me conduce hasta allí?
La primavera ha venido
Pues sí, ayer fue para mí la entrada oficial de la primavera. No es cuando a mediados de febrero unos grandes almacenes pretenden convencernos que ya ha llegado. Tampoco cuando las amapolas salpican los bordes de la carretera con puntos rojos. Ni siquiera cuando noto que las hormonas somnolientas del invierno empiezan a despertar. La primavera oficial me llegó ayer con la inauguración de la temporada de alergia:
-Picores de nariz con estornudos repetitivos en plan ametralladora.
-Mucosidades que me hicieron gastar, casi del todo, una caja de cien pañuelos y me pusieron la nariz como un pimiento rojo.
-Molestias en los ojos.
Todo ello no es grave pero sí sumamente molesto y aunque me permite realizar las actividades cotidianas, alguna sí que las limita o las impide. Ayer por ejemplo no me atreví a ir al gimnasio me hubiera tenido que colocar un pañuelo en cada oreja, para cuando me hiciera falta. Todos los años cuando llegan estas fechas tengo la esperanza de que al igual que un día, de pronto apareció, pase de largo sin que la note. Pero por lo visto, no va a ser este año. Al parecer lo que florece en esta época son las gramíneas. De todas formas menos mal vivo en la ciudad no quiero pensar cómo estaría si viviera en el campo. Menos mal que esta alergia tiene fecha de caducidad, cuestión de aguantar con paciencia hasta los primeros días de junio para que se vaya por donde ha venido.
Las edades comprensivas
Estamos en una etapa en que se no pide comprensión ante las actitudes de los otros por cuestión de las edades. En el caso de nuestros hijos, cuando de bebés no nos dejan dormir o de adolescentes no compartimos muchas de esas extrañas actitudes, nos dicen: “Es normal, están en la edad”.En el caso de nuestros progenitores, cuando alguno toma actitudes difíciles de catalogar, nos dicen: “Es normal, es la edad”.
Y, digo yo, a nosotros y a nuestra edad…¿quién nos comprende?
Un esguince súbito
Hoy un día más fui al gimnasio. La asistencia regular allí es por hacer algún tipo de ejercicio y no quedarme oxidado, pero ¿quién dijo que el gimnasio y el ejercicio físico crea adicción? Yo llevo en estos avatares año y medio y todavía no soy consciente de ello. Llegué a casa con las piernas aún vibrando del esfuerzo sometido y tras la ducha salí a la calle.
Ahora, tras la ducha, me sentía mejor, aunque las piernas aún vibraban un poco. El estómago me chirriaba un poco de hambre, pero ¿cómo iba a comer después del ejercicio y tirar todo por la borda? Paseaba despacio disfrutando la tarde cuando, de repente, un olor a chicharrones recién hechos escapó súbitamente de la carnicería y, sin poder controlarla, mi cabeza dio un espontáneo giro buscando en el aire el aroma de los chicharrones y me dio un esguince en el cuello, que desde entonces tengo dolorido.
Cuando fui al médico me dio la solución para que me fuera recuperando del esguince, a partir de ahora coger, siempre, por la acera de enfrente de la carnicería.
Un complicado encuentro
El pasado 24 de marzo hablaba de que iba a asistir a una conferencia del escritor Jesús Maeso. Se presumía interesante la conferencia y me apetecía conocerlo después de haber leído su novela "Tartessos" que me acercó a conocer un poco ese mítico lugar, no muy lejos de la tierra en la que piso. Pero...lo que no conté es que finalmente los hados convergieron para que no pudiera asistir. Me enteré de la conferencia por el periódico y, bien clarito, ponía allí que era a las 22 h. Cuando voy de camino veo un "terrible" cartel que dice que es a las 20h 30'. Cuando llego a la puerta de la sala están cerrando, la gente saliendo y el escritor charlando con la gente por lo que no me parecía bien interrumpirlo para que me firmara, a esas horas y en la calle semioscura, el libro que llevaba paseando. Frustrado tras aquel inexistente encuentro volví a casa.
Un par de días después me entero de que en un programa de televisión, en un canal digital, el mismo autor hablará de su último libro. Me propongo verlo, pero como no hay forma de enterarme de la hora exacta, cuando al fin pongo el programa, el presentador agradece al autor su presencia...mi gozo, de nuevo, en un pozo.
Al fin hoy me entero que a las 12 de la mañana, viene aquí a firmar ejemplares de su último libro. Insisto pensando que a la tercera va a la vencida. De camino a la librería, veo como Jesús Maeso, sale de parking donde ha dejado el coche. Me presento y lo saludo y lo acompañé, mientras charlábamos, de camino a la librería. Ya tengo en mi librería su último libro firmado por el autor. Este lo valoro especialmente después del trabajo que me ha costado conseguirlo.
César y Marisa
Traigo hoy hasta el blog una noticia que he leído en el Diario de Cádiz de ayer y como me parece buena, no todo van a ser desgracias, me apetece compartirla. Marisa, de 36 años, es una gaditana afectada de una enfermedad degenerativa, que hace que le vaya deteriorando distintos órganos, entre ellos el páncreas y los riñones. Aficionada a Internet ya había tenido algún que otro desengaño amoroso, de gente con la que contactaba y que cuando se enteraba de su enfermedad hacía mutis por el foro. Hasta que conoció a César un sicólogo colombiano, de su misma edad, nacionalizado español que vivía en Tenerife. Pero éste, tras conocer su enfermedad, siguió chateando con ella hasta que llegó un momento en que le ofreció, para trasplantar, uno de sus riñones. Otro, pensó ella, que echa un órdago, pero éste no desapareció y siguió insistiendo con su oferta. Le dijo a ella que por qué no se iba a Canarias pero ni ella ni su familia se fiaban mucho, de uno que ofrecía algo sin nada a cambio, aparte de que ella estaba en Cádiz muy apoyada por su familia. Finalmente fue César el que se trasladó a Cádiz y terminó con la desconfianza de la familia. Tras hacerle las pruebas de compatibilidad del riñón, vieron que era más compatible que el de la propia hermana de Marisa. Ya le hicieron el trasplante a Marisa, ahora algo de él siempre lo llevará con ella.
Cuando este mundo internaútico crea, en algunas personas, tantos miedos y temores sobre todo en los que lo desconocen, esta vez se puede decir que para Marisa ha sido providencial, ya que su vida ha cambiado no sólo en el aspecto de su salud sino en todos los sentidos.
Día atípico
Hoy ha sido un día atípico, salí muy pronto del trabajo pues tuve que ir a Jerez a la consulta del dentista. Se nota que este fin de semana es el premio de motociclismo, me crucé con muchas motos por el camino. Alguno a unas velocidades de vértigo que parecía que el casco no podía ir a la misma velocidad. Una de las avenidas estaba ya cortada y la preparaban con graderíos para que estos días las motos hagan sus habilidades, algo que no le hace demasiada gracia a los vecinos de la zona. Los comerciantes, sin embargo, apoyan todo lo que sea traer motos porque eso le potencia sus negocios.
Por la tarde estuve leyendo un rato "La orden negra" una novela histórica del historiador Calvo Poyato que se lee bien y me está resultando interesante. Luego me tuve que mentalizar para no dejar de ir al gimnasio. Sudor, dolor de piernas y agujetas en la barriga, pero dicen que eso es "bueno". Pero luego al llegar a casa no pude resistir la tentación de un chorizo de Teror y sucumbí a su seducción. Teror, para quien no la conozca, es una bonita ciudad Gran Canaria donde está situado el santuario de la patrona Nuestra Señora del Pino. Son unos chorizos blandos, parecen sobrasada, que durante el servicio militar me calmaron muchos días el hambre y ahora me han traído unos cuantos de allí y, cada vez que como uno, me vienen a la memoria recuerdos enterrados de cuando uno tenía poco más de veinte años. La sutil diferencia era que entonces no me entraban remordimientos por comerme esos chorizos.
Esta noche voy a ir a una conferencia de título interesante "De Tartessos al Islam" que da Jesús Maeso un profesor jienense afincado en Cádiz y una verdadera autoridad en la escritura de novelas históricas. Todo lo que sea aprender y ensanchar el espíritu es algo que se agradece.
Contaminación

Nunca he fumado, pero si hubiera sido fumador estoy seguro que, a mi edad, ya lo hubiera dejado. Nunca me ha molestado en exceso el humo de los cigarrillos, pero con la nueva ley del tabaco debe ser que me estoy acostumbrando más a los ambientes libres de humo que cuando entro en uno ahumado me molesta mucho más que antes.
No sé por vuestra tierra, pero aquí en todos los bares se deja fumar con lo que aprovechan algunos para echar todos los humos que no dejan en otros lugares. Por eso cada vez se me hace más insoportable entrar en los bares. Todos los jueves tengo que hacer una hora de espera por la tarde y aprovecho para entrar en uno a tomarme un café y leer tranquilamente. Pues bien, cada semana pruebo en uno diferente. En uno a la contaminación tabaquera de dos postadolescentes se sumaba la contaminación acústica de sus charlas y el aún peor contaminación de un olor agrio que impregnaba el ambiente. Y encima uno con el móvil dirigiendo la empresa a toda voz, probablemente si apagara el móvil y asomara la cabeza por la ventana le escucharían mejor.
Otro día cambié de bar. En este era el único parroquiano a esas horas por lo que la atmósfera estaba despejada. Tenían un sillón cómodo y acogedor, pero no todo puede ser perfecto y la televisión gigante a toda potencia ponía videoclips. ¿Tan difícil es leer tranquilo en un bar mientras se degusta un café sin que me afecte la contaminación?
Avatares
Mi compañero ha decidido alargar sus vacaciones, cosa de la que me enteré el lunes a las ocho de la mañana mediante un post-it pegado en mi pc de la oficina, y se ha tomado otra semana. Mala cosa ésta de que el lunes tenga que mentalizarme para estar solo otra semana de trabajo, no por el tema de la soledad sino porque al tener que hacerlo todo no tengo ni un minuto libre y la mesa va acumulándose de papeles que son imposibles de tramitar.
Me veo trabajando con dos ordenadores a la vez, no sé por qué hay programas que sólo funcionan en uno de ellos, y dos teléfonos, sin contar el móvil, aparte de atender a la gente que se acumula frente al mostrador o al cartero que espera, nervioso, que le prepare la correspondencia. Por eso cuando llegan las dos de la tarde y cierro la puerta, intento hacerme consciente de mí mismo y me doy cuenta que en toda la mañana no he podido "pensar", sólo tengo tiempo para actuar, escribir a toda velocidad en el ordenador mientras tengo la oreja ocupada con el auricular del teléfono.
Cuando salgo a la calle, me doy cuenta que ando como por inercia, hasta que las neuronas empiezan a funcionar regularmente sin la opresión del reloj que me impone estas sesiones laborales. No es raro, pues, que lleve unos días en que me cueste más escribir y sacar post de la chistera de mi cabeza...¡primero tendré que encontrar la cabeza!
Ignorantes pero simpáticos
Desde que somos pequeño vamos conociendo a esa gente metepatas aunque de buen corazón. Los que para evitar lloros nos dieron un bombón ignorando que teníamos una gastroentiritis. Los que en el examen nos dejaban copiar las soluciones de los problemas y luego nos pillaba el profesor porque sólo dos alumnos pusieron tan gran barbaridad. Los que nos avisan que tenemos un muñeco de papel a la espalda y cuando giramos la cabeza tropezamos con un escalón y nos caemos de boca. Los que nos advierten de una pareja que se morrea por la calle descaradamente, sin saber que ella es mi novia.
Multitud de ejemplos de estos podríamos citar, pero un caso especialmente peligroso de estos es los que se supone que están informados y se dedican a la atención al público, quieren ser serviciales pero la ignorancia no les deja ir más allá de sus narices. Es el caso típico del que va a una ventanilla y le dicen: aquí no es pero vaya a la calle Z que es allí, cuando sólo se lo imagina. Y allí va el sufrido contribuyente de una oficina a otra sin que nadie le solucione su problema.El otro día a mi trabajo me llegó una señora de andar dificultoso y que, por culpa de individuos de estos, llevaba toda la mañana yendo de un lado a otro.
Alguna vez cuando he salido a una calle del centro por la mañana la he visto llena de gente. Y he pensado ¿nadie trabaja? Pero después de experiencias de ese tipo, me pongo a pensar si muchos de los que caminan por las calles no serán sufridos des-informados que van de un lado a otro buscando ese lugar, esa persona que le solucione su, llega a pensar, irresoluble problema.
Gotas de silencio

Hoy he estado totalmente sólo en mi trabajo. Una parte del edificio quedó vacía hace unos días y de los dos que estamos el otro ha marchado de vacaciones. Se me hace extraño trabajar rodeado de tantas gotas de silencio cayendo a mi alrededor. No porque lo huya, el silencio me gusta, pero a veces la mañana se hace larga y eso que el trabajo no me falta. De vez en cuando se interrumpe por alguien que llega hasta aquel, ahora, aislado lugar, que me pide que le solucione algún papeleo o le aclare una información. Cuando sus pasos van perdiendo sonoridad a medida que se alejan vuelven las gotas de silencio.
Un silencio que todo lo invade y que me hace pensar que el silencio total no existe. Se interrumpe por esos ruidos imperceptibles que no solemos escuchar: el sonido de la impresora en reposo, las ramas de los árboles agitadas, el tecleo de un escrito que suena como el redoblar de unos tambores e, incluso en algunos momentos, me pareció escuchar a una mosca que respiraba cerca de mi oreja.
Es difícil que el silencio lo invada todo y si pretendiéramos forzarlo a tal extremo llegaríamos, incluso, a escuchar el bombeo de la sangre que realiza el corazón, o el zumbido confuso del no-silencio. Lo malo es que no siempre coincide en los momentos que apetecería. Yo por si acaso estos días no llevaré chubasquero a trabajar y me dejaré empapar bien por las gotas de silencio que se derramarán sobre mí a lo largo de toda la mañana. Su humedad me puede venir bien para el resto del día.
Historia-s
A pesar de que fui de aquella generación que se tuvo que aprender aquella temida lista de los reyes godos, eso no me influyó negativamente para que desde adolescente me entusiasmara la historia y leyera mucho sobre ella en libros y enciclopedias, a pesar que en que aquella época algunas páginas de nuestra historia estaban escritas más bien como historietas.
Pero si hay alguna historia que me apasiona es la historia de cada día, la reciente y la que han sufrido y vivido mis ascendientes o la mía propia. Lo que ocurre es que de todo esto me di cuenta tarde y en cuanto a la historia de mis ascendientes, por ley de vida, ya quedan pocos para poner aquellas historias por escritos y en cuanto a la mía intento recomponerla por escrito con la ayuda de mi memoria, por si dentro de unos años alguien hubiera que le interesara también la historia. Pero en este trabajo de reconstruir el pasado he encontrado una gran dificultad: mi memoria es buena y es capaz de traer al papel los acontecimientos y personas vividas, pero ¡qué difícil es re-vivir las sensaciones y sentimientos del pasado, siempre modificados por el paso inexorables de los años! Para tener más vivo lo que uno sintió ante uno de esos acontecimientos que cambiaron nuestra vida, hay que escribirlo casi al mismo tiempo que transcurren y no dejarlo "envejecer" que los matiza, los amolda o simplemente los convierte en políticamente correcto.
Día de cementerio

El fallecimiento ayer de un familiar ha hecho que hoy haya pasado parte del día en el cementerio. Alboreaba el día y mientras los rayos del sol desgarraban unas nubes negras yo estaba ante la verja cerrada del cementerio. Acompañaba a un familiar en la triste ocasión de exhumar los restos de su padre. Las carreteras de alrededor, habitualmente atestadas, estaban a esta hora solitarias y silenciosas y sólo un viento suave con cierto olor a lluvia nos envolvía. A los pocos minutos una moto se detuvo junto a nosotros y de ella bajó quien luego me enteré que era el enterrador. Abrió la verja y entramos en aquel recinto marmóreo, florido y mudo. Un hombre bajito de aspecto espectral, que llevaba una bolsa en la mano, y con toda la pinta de haber dormido allí nos dio los buenos días. Al poco llegó el jefe del sepulturero uniformado con una bata azul y nos dirigimos hacia donde estaba situado el nicho.
Allí había sido colocado un tablón sobre dos caballetes alzados en unos desvencijados ladrillos, un lugar que no resistiría una inspección de prevención de riesgos laborales, y donde el sepulturero armado de un martillo se subió. Alzado en aquel pedestal aprovechó para desenfundar un cigarrillo y poniéndolo entre sus dedos con la otra mano martilleó hasta abrir el nicho. Entonces fue cuando me vinieron a la memoria las palabras de la poesía de León Felipe:
Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.
Quitó los restos de los escombros y posteriormente poniéndose unos guantes de goma de los que se usan para fregar fue sacando los restos y metiéndolos en una bolsa gris donde ponía el título de "Restos anatómicos". Se dejó vacío el nicho y salimos a la salida por aquel pasillo ornado de tantos recuerdos y lágrimas secas.
Cuatro horas más tarde volvimos por allí ahora al entierro. El tráfico ahora era denso. El cielo estaba casi oculto en nubes negras. Y el cementerio seguía vacío. El encargado con la bata azul que ya conocía esperaba en la puerta y cuando llegué a la tumba, que ya conocía, allí estaba el sepulturero, nervioso, porque el ataúd se estaba retrasando. En voz alta, para que lo oyéramos, se quejaba de que eran la una y cuarto de la tarde y su jornada terminaba a la una. Al fin para su tranquilidad llegó el ataúd y el séquito de familiares. Volvió a sentirse protagonista sobre aquel tablón y por ello sería que encendió otro cigarrillo. El cielo como queriendo apagarlo empezó a soltar agua, primero poco a poco y luego a chorros. Entre los dos operarios metieron el ataúd en aquel agujero negro. Mientras el suelo se mojaba de lluvia y lágrimas, el sepulturero acabó de poner cemento. Salimos despacio chapoteando por aquel suelo desigual y me acordé, al atravesar la verja mientras el sepulturero se iba contento a comer, de aquel otro poeta que dijo: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!
Apuntes laborales
Hoy me han dado un escrito en el que me reconocen el sexto trienio. Dieciocho trabajando en la misma empresa en trabajos muy diferentes, haciendo unas funciones que nunca imaginé que iba a desarrollar. Yo estaba ilusionado por la enseñanza pero las circunstancias me condujeron hasta donde estoy hoy. Al principio me resistía a ello e incluso después de aprobar oposiciones me dedicaba a estudiar mi vocación frustrada, hasta que los años, el poco tiempo o, tal vez, el realismo me vencieron. Pero como el otro día le decía a una antigua compañera, que empezamos juntos y ahora vive en otra ciudad. ahora vivo en una etapa laboral que no la cambiaría por otra. Me gusta y disfruto con lo que hago, me permite organizarme cotidianamente, tratar con la gente, sentir que lo que hago vale la pena y, algo muy importante, sonreir varias veces a lo largo de la mañana.
Entre la variedad de cosas que hago esta mañana sin ir más lejos:
-Le traduje una carta en francés a una señora aclarándole lo que le pedían.
-Le di la enhorabuena a uno que vino a hacer una gestión, porque su mujer está embarazada. Se enteró el mismo día, tras una espera de tres años en que los han llamado de la seguridad social para la fecundación in vitro. Y acaba de cobrar el permiso de maternidad tras la adopción de una niña china con la que están encantados.
-Regué una maceta de flores amarillas que me he llevado para animar al fichero, que últimamente lo veía muy serio.
-Le rellené a uno que no sabe leer un papel para solicitar asistencia jurídica gratuita.
-Felicité a la que me soluciona en el banco los problemas laborofinancieros desde hace más de cinco años y que la semana que viene se casa.
-Informé a uno que había estado "en el colegio" (eso me dijo él, aunque bien sabía yo la de rejas que tiene ese colegio) de qué trámites tenía que hacer para poder cobrar algo.
-Aconsejé a un matrimonio maduro que reclamaran en el banco el dinero de su madre fallecida y que les habían bloqueado.
Todo ello en un edificio en que hace un par de días éramos nueve y ahora sólo quedamos dos, esta mañana yo sólo pues mi compañero estaba de permiso. Tampoco tuve tiempo de sentir la soledad, de vez en cuando, detenía la maraña de papeles que tenía entre manos y me sentía acompañado al oir la respiración de mi flor.
14 de Febrero - San Valentín

¡Qué nunca falte el hilo suficiente y las ganas de coser!
Pre-primavera

Esta mañana salí a la calle temprano a comprar unos churros. Todo estaba silencioso. Los domingos cuando el amanecer acaba de pasar parece que ha derramado unos polvos mágicos que adormilan toda la naturaleza. La calle estaba vacía y los tenues rayos del sol intentaban lamer la humedad nocturna del techo de los coches. Mirando hacia la playa veo la bruma que está levantando coloreando de un azul plomizo las aguas del mar. Me cruzo con algunos paseantes acompañados de perros sueltos y jaleosos que corren perdidos sin saber muy claro hacia dónde. Una señora coja me da los buenos días mientras su cuerpo bascula de uno a otro lado con esa tranquilidad de no tropezar, en ese movimiento de vaivén, con nadie debido a la soledad de la acera.
Pero un rumor sordo envuelve el ambiente, hay algo que no soy capaz de captar en medio del ese silencio un cierto temblor del aire, una fuerza que se oculta a mi alrededor. Al fin noto lo que es, al acercarme a unos árboles sus ramas desnudas están cargadas de una pelusilla que anuncia el despertar de la naturaleza en unos días. En esta zona sureña de muros encalados y vientos cálidos la primavera está a punto de entrar. Al llegar a casa voy a la terraza donde en medio de las macetas tengo una a la que tengo un especial cariño, su primera flor, de un amarillo brillante, me saluda desde su carnosa ramilla.
Desistimiento

Cuando se estudia Procedimiento Administrativo se estudia el desestimiento que uno de los modos de finalizar cualquier procedimiento . Es decir, que el interesado desista de seguir, ya porque no pueda o ya porque no le interese. Algo así tendré que hacer unos días con el blog, desistir de escribir en él.
Desde aproximadamente una semana tengo un problema en mi PC , empieza a hacer cosas "raras", hasta el extremo de que salen de él correos que no he escrito y mi messenger chatea con gente a las que yo no soy el que escribe . Temo que ocurra como en "2001 una odisea del espacio", donde el ordenador de la nave se hace con el mando de ella y, de manera similar, yo pueda perder el mando de este artilugio . Aunque más bien me inclino porque algún indeseable haya hecho de las suyas a través de un método que desconozco. Por todo ello, antes de que la cosa vaya a más, a partir de mañana voy a llevar el ordenador a un informático para que me lo chequee. Ello me obligará, no sin cierta pena, a apartarme de este mundillo hasta que dentro de unos días pueda tenerlo, una vez arreglado, de nuevo en mis manos.
Una presente y futura madre
Tu sonrisa interrumpió mi rutina laboral. Hacía tiempo que no venías a verme y te noté especialmente guapa. Entonces recordé que me dijiste que te habías quedado embarazada y esa hermosura, que siempre producen los embarazos, era la que desprendías. Tu barriga de seis meses, no muy grande, ya empezaba a redondear y me confesabas tus miedos acompañados de esperanzas, siendo como es el tercero y llevándose catorce años con el hermano que le precede.
Venías a que te orientara respecto a una vieja deuda, que por motivos laborales, le pusieron hace diez años a tu marido y que ahora de nuevo había asomado sus afilados dientes y temías que los hincara sobre una de las cosas que más quieres, tu casa. El verdadero culpable de aquello, un antiguo jefe de él, se desentendió del tema y ahora cae, como una pesada losa, sobre vuestra familia, aunque tu estás segura de que hay Alguien arriba que tiene paciencia para dar a cada uno lo que se merece. Por lo que me contaste las cosas no estaban nada bien al respecto y dudaba que más recursos sirvieran para nada, por eso lo único que cabía es pactar una forma de pago adecuada.
Seguiste tu camino a hacer nuevas gestiones en busca de nuevas ideas con la que aminorar el efecto del problema y me dijiste que me tendrías informado de las gestiones que fueras haciendo. Cuando te alejaste, no pude menos de envidiar esa vitalidad que encierras en esa menuda figura y que, cual el ave Fénix, te hace resurgir, una y otra vex, de las cenizas aunque sea por la necesaria supervivencia de los tuyos de la que eres el verdadero motor. Tu hijo llegará en a una familia que no está nada boyante económicamente, pero puede estar seguro de que tendrá una madre que aparte de quererlo, lo sostendrá. lo apoyará y lo defenderá con uñas y dientes.
Los advenedizos
Todos sufrimos las consecuencias de los advenedizos, de esa gente no habitual y que razones o circunstancias con las que no estamos de acuerdo la traen a nuestro ambiente habitual con las correspondientes molestias. Es el caso de quien durante todo el año pasea cotidianamente por la playa con la única compañía de las gaviotas y llegado el verano, los advenedizos, la copan impidiendo dar un paso sin pisar a uno de ellos o las cáscaras de pipas que derraman sobre la arena. O el del seguidor de un equipo de fútbol modesto que hasta cuando estaba en los últimos puestos de la tabla acudía a animarlo, pero en cuanto ese equipo está al borde del ascenso, los advenedizos en tropel saturan las gradas y cuando llega tiene que quedarse en la puerta sin ver el partido. O el del creyente que acude dominicalmente a su misa, pero que hoy ha coincidido con la boda de una "celebridad", los advenedizos empinados por ver el vestido de la novia le impiden acercarse y ver siquiera el campanario. O el del que cada domingo compra durante años el mismo periódico,pero hoy regala un gorro de lana, un curso de inglés y un juego de vasos de bohemia, por lo que cuando se acerca al kiosco solo encuentra el estante vacío mientras los advenedizos cargados de los regalos se acercan a la papelera más cercana a tirar el periódico.
Muchos y variados casos de estos advenedizos podríamos citar, pero hay un caso peculiar. La de esos que entran en nuestra vida como saliendo de debajo de las piedras y que tras dejar huella de distinto tipo, más o menos profundas, un día sin que sepamos como se convierten de nuevo en advenedizos...pero en otro lugar, por lo que desaparecen. Ya que, en general,nos molestan tanto los advenedizos, quizás sería cuestión de plantearse en que casos formamos también nosotros parte de ese peculiar colectivo.
¡Manda botones!

No soy muy aficionado, en general, a las labores domésticas. A pesar de ello, muchas de ellas forman parte de mi cotidianeidad, sin embargo hay otras que raramente hago. Eso es lo que me pasa, por ejemplo, con el hecho de coser botones. Aprendí, tras un cursillo intensivo que me dio mi madre, cuando me fui a estudiar fuera de casa y me pasaba meses sin ir. Me resultó muy práctico durante años, especialmente en el servicio militar donde otros compañeros menos avezado, distraían los ojales de las camisas con unos clips. Después se ha convertido en algo poco habitual...hasta hoy.
Necesitaba coser dos botones, uno en un pantalón y otro en una chaqueta. Lo primero fue localizar la caja de costura lo que no resultó demasiado complejo. Otra cosa fue buscar los hilos adecuados. La caja tendrá como treinta hilos de distintos colores, pues precisamente los dos tonos de verde, que necesitaba, se encontraban agotados. Así que me tuve que conformar con tonos relativa y discordantemente similares. Luego vino lo peor, cuando observé que la habitual dificultad para enhebrar la aguja se había acrecentado porque desde la última vez que la usé el agujero de la aguja había disminuido de tamaño. Así que el enhebrado en vez de a ojo tuve que hacerlo prácticamente al tacto. Labor ardua, pero que finalmente conseguí. La tela era gorda y los empujones por detrás a la aguja me ocasionaba algún que otro pinchazo y el que cada vez saliera por un punto diferente de la tela. Al atravesar el sentido opuesto tampoco se libró mi dedo de leves y sutiles pinchazos. Finalmente logré tener los dos botones colocados, el hilo disentía del de los otros pero nadie se iba a fijar en ello, así como en que tampoco guardaban una perfecta alineación.
A pesar de haber conseguido el objetivo pensé que para otra vez me compraba la chaqueta con cremallera, pero ¿no iba a resultar un poco rara?
Una antigua compañera de viaje

Nos conocimos hace ya varios años, en una época en la que ninguno de los dos peinábamos canas, aunque ella por milagros de la técnica no las peina todavía, en un autobús que circulaba a esas horas imposibles de las 6,30 de la mañana. Vivimos en poblaciones cercanas, unos 20 km. Ella subía después que yo ya hubiera recorrido el trayecto que nos separaba. Los dos trabajábamos en la misma ciudad. Aquel viaje repetido cotidianamente, durante varios años, en aquel viejo autobús que nos obligaba a tener el paraguas abierto en su interior los días de lluvia, nos fue acercando. Y en medio de aquel silencio bañado sólo por el sueño ambiental, una machacona emisora con el programa de Onda pesquera y la charla desparramante de un carpintero ligón que siempre dejaba su asiento libre a la espera de alguna “presa”, empezamos a charlar y nos fuimos haciendo amigos. A ambos nos dieron traslado a nuestras localidades casi a la vez, y temí durante unos días, que desapareció, que no volviéramos a contactar, pero un par de días antes de que nuestros viajes se interrumpieran para siempre intercambiamos nuestros números de teléfono. Desde entonces, ese sigue siendo nuestro modo de contacto, pues en todos estos años con prometidos y nunca cumplidos deseos de visitarnos, sólo nos hemos llegado a ver una vez, brevemente, en un centro comercial.
Ayer estuve hablando con ella, que se recuperaba de una reciente operación de cierta importancia. Estaba un tanto alicaída, en sus años de trabajo ha tenido mucho contacto con la enfermedad, es ATS, pero me decía que cuando la enfermedad te toca a ti misma, es diferente. Es como si el mundo se detuviera y siente que todo lo que sabes sobre medicina no sirve para nada, o peor te perjudica porque te hace dar vueltas a tu cabeza en unos registros a los que el desconocimiento nunca te llevaría. Creo que tengo ahora un buen motivo para recorrer esos pocos kilómetros que nos separan y vernos después de tantos años.
Cinco extraños hábitos

Siguiendo la invitación doble de Candela y Tana, paso a citar mis cinco extraños hábitos, que tanto se están leyendo ahora por los blogs:
1) Desde los trece años, escribo siempre con bolígrafo negro y no utilizo nunca el azul. Incluso cuando dibujo me gusta sombrear con bolígrafo de ese color.
2) Cuando me siento en cualquier fila, procuro siempre hacerlo en el pasillo. Eso es reminiscencias de sentarme en los autobuses, donde al no entrarme las piernas con el asiento de delante debo sacarlas siempre hacia el pasillo.
3) Hay telas cuyo tacto se me hace insoportable como la de los impermeables y el raso. En una ocasión en que me acosté sobre unas sábanas de raso, me tuve que levantar a los cinco minutos para cambiar las sábanas ante la imposibilidad de pegar ojo.
4) Nunca salgo de casa sin las gafas de cerca en el bolsillo, me agobia mucho el pensar que me pueda encontrar con cualquier letra y la vea turbia siendo incapaz de leerla, y tampoco sin el bolígrafo.
5) No suelo usar peine y no porque esté calvo, sino porque en cuanto el pelo me roza las orejas voy corriendo a pelarme.
No invito a nadie, porque creo que ya hay poca gente que no lo haya posteado, de todas formas si alguien quiere animarse a ello ya sabe.
Entre paréntesis

Voy a apartarme por un tiempo de este mundillo de la blogosfera, una serie de circunstancias que han coincidido en estos días me han llevado a sentir esta necesidad, a hacer un pequeño paréntesis en esto de la escritura-lectura de blogs. Serán sólo unos días en los que dedicaré ese tiempo a otras cosas: observar las yemas que empiezan a surgir en las plantas, darle un empujón a la lectura de una serie de libros que tengo pendiente, acariciar la arena de la playa con la suela de mis zapatos y ver como el brillo de la luna llena va decreciendo un poco cada día.
Espero volver pronto para seguir construyendo post con las palabras y seguir disfrutando de la lectura de vuestros blogs amigos.
Vuelta al trabajo
Tras agotar los últimos días de vacaciones que me quedaban del verano del 2005, ¿quién se acuerda ya de él?, ayer volví al trabajo e inicié mi año laboral. Como siempre que falto unos días seguidos de mi trabajo, temo la vuelta, no sabiendo lo que me puedo encontrar allí. Lo primero una llave que a mi compañero se le atascó en la puerta de entrada, desde el primer día del año...y allí seguía. La mesa llena de papeles que se acumulaban por doquier. Expedientes que se tenían que haber resuelto durante estos días, en los que se tardaba poco más de diez minutos, allí seguían cubriéndose de telarañas. Una señora había anotado una reclamación en el libro de Quejas, para colmo vive en Lepe, parece que suena chiste, pero parece un poco increíble recorrer casi trescientos kilómetros para ir a mi oficina a quejarse de cómo funciona. Una colección de nueve incidencias que mi compañero debió resolver, aparecían intacta, resolvió media y cómo tenía miedo de equivocarse prefirió dejarlas a que yo llegara. Vamos que creo que estos días ha aprovechado un poco para hibernar durante el tiempo de oficina. ¡Qué trabajo le cuesta a algunas personas darse cuenta que detrás de algo tan vulgar como un papel hay personas, con lo que eso significa! Ayer, por tanto, no tuve tiempo ni para respirar. Hoy, no sé si por agotamiento, mi compañero no ha ido, dice que está enfermo.
Siguiendo
Sigo por aquí, agradeciendo los ánimos tras el post de ayer, y mucho mejor tras el sueño reparador de la noche y el ajetreo de la mañana. No pasó ayer nada especial, sólo lo de siempre, la guinda de unas fechas que en un sólo día parece que quieren despedirse siempre de manera agobiante y explosiva. Lo peor es cuando ves que, en ocasiones, la vida es un ciclo y conoces como cuando en un reloj se acerca las doce que van a sonar las doce campanadas, y que por mucho que lo intentes el reloj no se para y al final las doce campanadas suenan y no porque te lo esperaras ibas a sufrir menos su efecto, todo lo contrario esa agónica y previsible espera acentúa sus consecuencias sobre ti y sobre tu ánimo. Sobreviviré y seguiré caminando, ya me olvidé de ayer y le acabo de sacar brillo a la mejor de mis sonrisas antes de subírmela a la cara.
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Ayer creo que me equivoqué debía haber pedido algo material a los reyes: una gran goma de borrar, con la que poder borrar este día. O tal vez me hubiera bastado con un mando a distancia que me hubiera permitido el cambiar de canal.¿Los reyes majos?

Ya iniciamos el final de la escalada de estas fiestas. Hoy queda la cabalgata, antes había una sola, ahora cada calle, cada barrio, cada asociación de vecinos, tienen la suya. Por lo que se multiplican esos señores disfrazados, a veces incluso con destacados pechos (reyas), que aumentan la perplejidad de esos niños avispados que conservan aún la inocencia. Los que deben estar haciendo su agosto son las fábricas de trajes de reyes. El otro día me enteré que el salir en mi pueblo de rey mago, supone un desembolso de 21.000 euros, no entiendo a que es debida la cola que hay para serlo.
Todavía nos quedará la noche, en que cual embozados caminaremos por rincones oscuros de la calle y subiremos sin hacer ruido las escaleras de casa con grandes cajas envueltas en sábanas. Mañana es día de ilusión para los niños, pero también de grandes decepciones. Sigo pensando que no lo estamos haciendo bien. Se observa al ver la cabecita del niño asomando entre los juguetes y triste porque le falta una de las cosas que había pedido. O cuando al final del día se van a la cama y tienen algunos juguetes, aún en sus cajas porque no tuvieron tiempo material de abrirlos. Y lo que creo es que cada año va empeorando la cosa.
Desde mi humilde postura este año he intentado hacer "objección de reyes", he dedicado sólo una mañana a ir de tiendas a regalar sólo lo imprescindible. Y cuando alguien me ha preguntado que quería, le he dicho que nada, aunque sé que probablemente algo caiga. Pero es verdad, este año no querría cosas materiales, mi regalo ideal sería este año que todos los que me quisieran regalar algo dedicaran el tiempo y la energía, que se gastan en comprar, a pensar qué actitudes pueden cambiar o transformar para que yo me sienta más feliz. Creo que eso sería más productivo a todos los efectos...y sin duda más difícil.
La sombra

No sé desde cuando me acompañabas, pero un día, fascinado, me percaté de tu presencia. Una imagen silenciosa y acogedora que acompañaba a mis pasos por todos lados, esquinas y recovecos. Te movías a mi vez y, en medio de penas, saltos o desesperos tu figura callada nunca faltaba. Al ser consciente de tu presencia me acostumbré a tu compañía, solícita y no exigente. Estaba deseando sentirme bañado por la luz para sentirte a mi lado, ¿o era al revés, que cuando estabas junto a mí me inundaba la luz? Te hiciste imprescindible en mis días y en mis sueños, en mi soledad y en mis deseos, en mi silencio y en mis esperanzas, y necesaria en mi cotidianeidad. Me sentía un privilegiado por haberme preferido a mí a cualquier otro.
Pero todo tiene su precio y dicen que siempre llega un momento en que las circunstancias de la vida que al igual que prohíben caminar siempre en la desesperanza también vedan una felicidad sin sobresaltos. No siempre se puede circular bajo la luz, pues precisamente ésta alumbra por su contraste con la oscuridad. Y entonces, con lágrimas pero sin palabras, nos dijimos adiós querida sombra, para que cada uno, por nuestro sitio, siguiéramos nuestro particular rumbo en pos de eso que ni tú ni yo sabemos muy bien lo que es. Hoy, con mucho trabajo, me estoy acostumbrando a andar sin nadie a mis espaldas, se me está haciendo complicado el camino, pero sin duda, lo iré consiguiendo. ¿Y sabes una cosa? Conservo aún un germen de ilusión en mi interior porque estoy seguro, que si en algún momento te necesitara, me bastará echar una mirada hacia atrás para verte detrás de mí con la más hermosa de tus sonrisas.
Terminando el año

Hago un alto en el ajetreo de los dos últimos días para escribir aquí unas líneas. El día está nublado, melancólico y triste. La calle silenciosa. Ayer, aunque no trabajé, fue un día movido. Por la mañana acompañando a familiares a distintas consultas médicas, primero al dentista y luego revisión anual del oftalmólogo. Consultas solitarias, se ve que las fechas parecen reducir hasta las enfermedades. Aunque no es del todo así, a un familiar cercano en lista de espera desde hacía nueve meses para una prótesis de cadera, le llamaron el 23 de diciembre para decirle que el 27 lo operaban. Así que estamos teniendo unos días atípicos, con visitas y estancias de hospital, incluída la cena de esta noche en que, por ese motivo, tendremos a toda la familia dispersa. De todas formas creo que lo importante es alegrarse porque todo ha salido bien, lo demás es meramente accesorio.
Ayer por la tarde, ya no pude dilatarlo más y me fui a hacer algunas compras ineludibles. La calle atestada de gente, había hasta que pedir permiso por los cruces de calles para poder pasar. Una de las compras que hice fue en una tienda de fotografía, donde al fotógrafo lo conozco desde hace ya casi veinte años. Esto de finalizar el año parece que atrae recuerdos y comentábamos al poco de conocernos y de una guapa y jovencísima compañera suya, de entonces, hoy convertida ya en una madura señora de familia. Y hablábamos como no sólo ella sino también nosotros habíamos cambiado en estos años y filosofamos del inexorable paso del tiempo sobre los humanos. Pero entonces entró una señora regordeta ella y bajita con una cara dibujada de las arrugas típicas de los setenta años, a la que acompañaba su silencioso marido, y le dijo al fotógrafo:
-Hola, ¿tienes un cuarto dentro para hacer "afotos"?
-No, aquí no tengo estudio.
-Entonces nos vamos, porque yo lo que quería ahora era hacerme algunas "afotos" con mi vestido de novia que traía aquí.
Al irse la señora, no pudimos dejar de comentarlo, hay personas que a pesar de que los años transcurren parece que por ellos camina más lento, porque ¡mira que poder ponerse todavía el mismo traje de novia que hace cuarenta y tantos años!
Y es que los años no pasan, los que pasamos somos nosotros y ahora que vamos a pasar del 2005 al 2006; deseo a todos vosotros: ¡UN MUY FELIZ AÑO 2006!
Gente que pasa...

Por nuestra vida, la gente pasa de distintas maneras:
-Unos, casi de puntillas.
-Otros, a saltos.
-Y en fin otros, dándonos buenos pisotones.
Compras y compras

Aprovecho este acertado dibujo de MEL, que me recuerda a los naúfragos del genial dibujante del TBO, Coll, para ilustrar este post. El tiempo de Navidad se ha convertido en una época casi compulsiva de compra, que cada vez se va adelantando más. Riadas de gente en centros comerciales a la compra de ese objeto, que muchas veces en medio de tanta variedad, se compra sin mayores ganas e, incluso, con cierta repulsión como arrastrado de una pasión consumista a la que uno se ve imposibilitado de sustraerse.
Me parecen bien los detalles con las personas que queremos, pero dudo que este sea el mejor sistema, en que lo que hacemos es engordar, en estas fechas, la caja de los comercios. Creo que sería mejor cuidar estos detalles durante el año y que si queremos regalar algo aprovechar cualquier otra fecha, en que la sorpresa dé incluso mayor valor al regalo. No creo que esta idea mía sirva de nada, pero al menos es una gota en medio de ese océano donde anda perdido, obsesionado y agobiado ese pobre naúfrago.
Días de ajetreo

Estos días previos a las fechas navideñas suelen ser especialmente complicados y agotadores. Finales de curso, reuniones, cierres de ejercicios, comidas de confraternización laboral, preparación de comidas familiares, compras de regalos, horarios anárquicos de entrada y salida de colegios, desempolvado del traje de pastora (no para mí, claro)... Como se puede ver una total ruptura de la rutina que en ocasiones viene bien, pero que al final del día hacen casi imposible sujetar los párpados. Hoy no he ido a trabajar, pero mis pies lo han notado, he tenido que darme varios paseos para recoger notas de las niñas y a ellas mismas. Esta tarde he ido con la pequeña a ver "Chicken Little", no es que sea una película de las que van a hacer época, pero aprovecho para gustar la presencia al lado de mi hija, de esos años de infancia compartida que poco a poco se van marchando.
Por último pero no por eso es lo menos importante quiero hacer un brindis, lleno de alegría, por alguien muy especial, que sumida desde hace meses en una especie de conflicto interno de compleja solución, ayer como un anticipo de esos milagros que sólo pasan en Navidad, recibió una sacudida muy especial que hizo que su vida cobrara una luz nueva y recuperara un sentido que no acababa de encontrar.
