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Desarrollo aquí unas reflexiones que leí el otro día en una de las cartas al director de una revista  y en la que me vi reflejado. Hacía referencia el autor a lo que llamaba la generación del huevo perdido. Sería esa generación de los que hemos superado ya la cuarentena y que vivimos nuestra adolescencia en una dictadura que daba los últimos coletazos. Eran los tiempos de los tecnócratas en el gobierno en que las variantes macroeconómicas iban despuntando, sin embargo no se notaban demasiado en la economía doméstica. Como detalle recuerdo como estiraban mis piernas y la necesaria espera de uno o dos meses hasta que la nómina de mi padre permitía que pudiera comprar unos nuevos pantalones a plazos. Los jóvenes de aquella generación teníamos muy  clara una cultura del esfuerzo, porque ni nuestra familia ni la sociedad nos iba regalar nada, que era necesaria si, en un día no muy lejano, nos queríamos independizar, uno de nuestros objetivos. Sin llevarnos mal con nuestros padres, teníamos muy claro unos límites muy marcados, que nos hacía revolvernos contra ellos muchas veces sólo mentalmente, y que los muy osados se atrevían a traspasar. Cuando se atisbaba la cercanía a ese límite venía aquella frase que nuestros progenitores usaban a modo de punto final de cualquier discusión: “Cuando seas padre comerás huevo”.

Hoy los años han pasado y si en algo nos parecemos a aquellos jóvenes es el color de ojos que es de las pocas cosas que no cambiaron demasiado. Ahora somos nosotros  a los que nos ha tocado lidiar con adolescentes en casa, pero que no tienen nada que ver con los que nosotros conocíamos. Estos conocen todos sus derechos que superan con creces a la Declaración de Derechos Humanos, al paso que vamos no me extrañaría que la ONU se reuniera en cualquier momento para proclamar la “Declaración Universal de Derechos de los Adolescentes”. Éstos, social y domésticamente, van alcanzando nuevas prebendas y aunque la mili les resulte como algo histórico de lo que alguna vez hablan sus padres, avanzan con la fuerza de un panzer consiguiendo objetivos. En muchos casos desconocen la palabra esfuerzo, porque todo se les da hecho. Piensan que la vida es una vacación continua que circunstancialmente se interrumpe por algunos períodos escolares. Y en cuanto a aquella soñada independencia que teníamos, ni se la plantean, Sería absurdo, para vivir peor se queda uno con sus padres.

Y mientras, aquellos padres hacemos lo que podemos, defendernos en una trinchera de esos embates para los que no estábamos preparados. Firmando continuos tratados de paz e intentando no perder la batalla. Y si antes nos limitaban nuestros padres ahora, en muchos aspectos, lo consiguen nuestros hijos. Y entonces concluyo que aquel huevo, que nos anunciaban nuestros padres que comeríamos cuando fuéramos adultos y nosotros deseábamos con ansia, en algún momento de nuestro crecimiento se ha perdido.