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             Cuando estudiaba en la facultad de Químicas, había un catedrático que, a pesar de impartir una asignatura farragosa en la que la pizarra se llenaba de largas y complejas fórmulas matemáticas, lograba hacernos amenas las clases haciendo estudiados descansos en el que introducía cosas curiosas y no menos necesarias. Algo en lo que solía insistir era en lo que él llamaba “la pipa del capitán”.

             Esto venía a cuento a la hora de plantear los resultados a un problema o a una práctica experimental y se refería a que al procurar ser exactos en las respuestas no había que excederse. Y ponía el ejemplo de un barco, a la hora de decir el peso que tiene en toneladas, es independiente de que en él esté o no, a bordo, la pipa del capitán del barco. Sería absurdo decir que el barco pesa 700 toneladas, pero que cuando está la pipa pesa 50 g más, ya que esos gramos son totalmente despreciables frente al resto. O algo similar a si nos preguntaran la distancia entre Cádiz y Madrid dijéramos que son 625 Km 12 m y 4 cm. Hay que contar siempre con los medios de medida que tenemos que está dotados inherentemente de un error experimental y un exceso de precisión será erróneo. Quería imbuirnos que a veces el deseo de hacer las cosas tan precisas hace que se raye no solo en el error sino además en el ridículo.

           Este guiño científico es plenamente aplicable a la vida cotidiana, cuando nos topamos con esas personas que pretenden imponer su “perfección” a diestro y siniestro, sin contar con ese “error experimental” que llevamos inherentes cada uno por el hecho de ser humanos. Es conveniente una cierta exigencia en hacer las cosas lo mejor posible, de todos son conocidos casos en que parecen que su vida es un puro error experimental, pero no se debe pretender el hacer que todo lo que nos rodee circunstancias y personas sean de una perfección absoluta, ya que ello conduciría a una segura frustración para el que lo pretende y para los que tienen la desgracia de estar cerca de él.