Tal día como ayer hubiera cumplido un siglo don Clemente, como yo lo llamaba. Lo conocí cuando yo tenía trece años y le quedaban pocos años para jubilarse. Era religioso y fue mi profesor de historia de cuarto de bachillerato. De trato agradable y voz peculiar aquel vitoriano no muy alto pero fuerte, me sumergió en un conocimiento de la historia moderna de nuestro país y en algunos de los cuadros de nuestros grandes pintores, que no he olvidado desde entonces.

     A partir de aquel año surgió una amistad entre nosotros que se alargó el resto de mis años de colegio e incluso años después. Cuando se jubiló echaba una mano en Secretaría y por allí solía yo visitarlo, de vez en cuando, para charlar con él. Me gustaba escuchar las historias que me contaba de épocas que yo no había conocido, como la guerra o su etapa docente en otros lugares de España o cuando me hablaba de las fiestas de la virgen Blanca en su Vitoria natal, una ciudad que a mí me parecía lejanísima, a las que todos los años acudía durante las vacaciones.  Me resultaba curioso que cada vez que salía nombrado un gabinete ministerial siempre había dos o tres ministros a los que había tenido como alumnos. Esa relación amistosa se mantuvo con los años incluso cuando yo ya me fui a estudiar fuera. Teníamos una relación similar a la de un abuelo con su nieto: cómplice y de confianza. 
     Su salud empeoró y lo trasladaron a un colegio en Madrid. La última vez que lo vi dimos un paseo por el Retiro, nos acompañaba la señora que lo cuidaba. Disfruté de aquel último paseo con él, pero me sentía con el corazón apesadumbrado al ver como la cabeza le fallaba, aunque aún era capaz de tener ráfagas de recuerdos vividos.  A los pocos meses falleció. Hoy, que hubiera cumplido el centenario, quiero tener este recuerdo bloguero hacia aquella grata amistad que tuvimos.