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El estaba con el ceño fruncido mientras estaba tumbado a la sombra del manzano. Algo relacionado con Ella le preocupaba. Hasta ahora su vida había transcurrido apaciblemente en aquel lugar. Siempre se había levantado a la hora que quería y se había acostado cuando le había venido en gana. Nunca fue problema para El lavado de ropa ni cualquier otra labor doméstica. Aquella era su última noche de soltero y decidió resarcirse de ello. Se fue y el amanecer lo encontró en la calle. 

Cuando volvió junto al manzano aún seguía preguntándose cómo sería Ella. Se echó a dormir hasta que, el ruido de unos pasos sobre las hojas de parra seca, le despertaron. El sintió una pequeña molestia en la costilla, pero que le desapareció ante la sorpresa al ver la “extraña” figura de Ella. Ella le tendió su mano más pequeña que la de El y entonces fue cuando Adán se dio cuenta que su vida iba a cambiar más de lo que había imaginado. A El, tras pensar esto, le entró hambre…cualquier día le tiraba un bocado al fruto brillante y de aspecto suculento de aquel árbol.