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Hoy ha amanecido el día frío. Mi cuerpo guarda aún algunas calorías de la caricia de las mantas, pero que empieza a perder a contactar con la gélida temperatura que hace. Me lavo la cara y los ojos casi cosidos les cuesta despegarse con el contacto del agua helada.  Oscuro, cada día que pasa la mayor falta de luz va originando un menor deseo de salir a la calle. ¡Uy! Me quejaba yo del frío, esto es mucho peor. Veo la temperatura en un termómetro cinco grados, que se rebajan con esa sensación térmica que produce el exceso de humedad que tenemos por estas latitudes.

La calle está solitaria, me cruzo con solitarios paseantes, casi espectros encogidos de manos desaparecidas en los bolsillos. Un grupo de albañiles esperan su entrada en un edificio en construcción, las voces estentóreas rompen el silencio ambiental, mientras uno de ellos con ropas sucias, antes de trabajar, agota un cigarrillo con unos ojos que pretenden extender el sueño nocturno. Mis pasos siguen recorriendo calles que cada vez están más iluminadas. Llego frente a una gran iglesia de piedra amarilla cuando el sol empieza a arrancarle brillos. Miro a la torre, allí sigue la cigüeña, encogida, silenciosa como queriendo pasar de incógnito para que no la echen más al sur y tenga que abandonar su acogedor nido. Por la carretera bajan muchos coches, a esa hora dudosa en que unos traen faros encendidos y los otros apagados, todos con gente que va a empezar su jornada con más o menos ganas. Llego a la cancela de mi trabajo, tengo que sacar la mano del bolsillo para abrir el candado. En el suelo está el periódico tirado con una goma alrededor, esto de lanzar periódicos al aire sólo lo he visto en las películas norteamericanas. Entro en la oficina, enciendo luces pongo la calefacción, enciendo ordenadores y fotocopiadora y me organizo el trabajo que tengo pendiente.  Quito la hoja del calendario: ¡otro mes más! A las ocho y media, antes de abrir al público aprovecho para ir a desayunar. No me gusta que cuando alguien pregunta por mí le digan que estoy desayunando, y así lo evito.

El bar acaba de abrir. Sólo hay un joven con casco al lado que fuma, mientras toma café. Que aproveche que le queda poco para fumar allí. Comprendo que apetezca fumar pero a mí no me gustan las tostadas con humo sino con mantequilla. Una parroquiana lee el periódico, como no han llegado sus amigas le da charla al dueño del bar. Comenta que a su hija, buena estudiante le dolía la cabeza, y era porque le faltaban gafas. Concluye, peregrinamente, que todos los buenos estudiantes tienen que ponerse gafas. Me asombra su lógica aplastante. Una vez repuesto con el desayuno vuelvo a la oficina lo justo para trabajar. Por el camino me saluda el de la tienda de pinturas que acaba de abrir y una anciana con su sobrino síndrome de Down que todos los días a esa hora espera el autobús para la escuela. Los coches se van vaciando de niños que van al colegio de enfrente. La luz es preciosa. Subo de nuevo la cuesta a la oficina y abro la puerta para el público: son las nueve de la mañana.