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“Un día más las puertas del vagón de metro se deslizaron a mi espalda y me senté en un asiento libre, dispuesta, como habitualmente, a sumergirme  en mis ensoñaciones.  Aquel largo trayecto desde Rivas Vaciamadrid, en que yo me subía, hasta el Barrio del Pilar, que realizaba cotidianamente desde hacía un mes, se había convertido en una prolongación de mi rato de sueño nocturno, que súbitamente interrumpía el despertador a las siete de la mañana.

Yo, a imitación de la gente que me rodeaba en ese viaje, venía acompañada de un libro.  Aunque se ve que la atención a esas horas la debía tener limitada ya que durante todo aquel mes sólo había leído cinco páginas del libro y, de ellas, una correspondía a los agradecimientos del autor y otra al índice.  En aquellos trayectos, mis ojos se dedicaban a mirar sin ver, mis oídos a oír sin escuchar y mi mente a vagar por el mundo de la fantasía.  Hacía, precisamente, un mes que le había dado un vuelco a mi vida.  Una bronca con mi padre y la hartura frente a sus continuas reprimendas me condujo a dejar plantados mis estudios de Derecho en el tercer curso. Había encontrado un trabajo en una floristería, un contrato basura donde trabajaba muchas horas, cotizaba poco y ganaba menos; pero al menos me sentía “algo” independiente. El bucolismo inicial de trabajar todo el día rodeada de lindas flores, se convirtió en una faena a cuya dureza no estaba acostumbrada.  Notaba que, las en otro tiempo suaves manos, se estaban convirtiendo en ásperas y callosas.  Mis uñas en otro tiempo muy cuidadas, hoy aparecían recortadas al límite como consecuencia de las frecuentes roturas que se me producían.  Pero en este rato me evadía, me gustaba soñar que mi vida cambiaría y que me toparía con mi príncipe azul, todo forrado de dinero, que me “rescataría” de la rutina y con el que comería perdices el resto de mi vida.

En estas ensoñaciones andaba cuando en la estación de Valdebernardo se detuvo el metro y, entre los que entraron, no me pasó desapercibido un chico algo mayor que yo, que se sentó precisamente en el asiento situado frente a mí.  En su rostro ovalado y acabado en una barbilla firme, destacaban dos grandes ojos color miel.  Su piel era de un desusado color moreno y los rasgos de su cara casi perfectos invitaban a su contemplación.  Sus labios eran gruesos y carnosos y entrecerrados mostraban una preciosa dentadura.  Su pelo negro y abundante caía sobre la parte superior de sus orejas y brillaba a la luz del fluorescente del vagón.  Iba elegantemente vestido con una chaqueta azul y una camisa amarilla clara, sin corbata, y dos botones abiertos que dejaban al descubierto una mata de pelo negro del pecho. Unos pantalones grises con unas rayas perfectas caían sobre unos zapatos negros y relucientemente lustrados.

No sé la causa, pero aquella figura situada frente a mí, empezó a despertar mi atención dormida y noté que mi libido empezaba a despuntar.  Contaba con una ventaja, los asientos del metro, situados unos frente a otros, son un punto de observación privilegiado para mirar con descaro, y eso es lo que estaba dispuesta a hacer.  Mirándolo fijamente me di cuenta que había despertado mis instintos.  Aquella mata de pelo asomada a través de su camisa había, sin duda, contribuido esencialmente a ello.  Siempre me habían gustado los hombres velludos y aquel detalle me hacía imaginar un pecho tan bien formado como cubierto de pelos como el de un oso.  Empecé a fantasear que a la salida del metro me abordaría para decirme que también yo le excitaba mucho y que por qué no íbamos a un hotel cercano para dar rienda suelta a nuestros deseos.  Me imaginaba descubriendo poco a poco su cuerpo, desabotonándole la camisa muy lentamente e ir asomando su pecho que me vuelve loca.  Me perdería en su pecho con mis uñas, jugando con sus pelos y arañando sus tetillas.  Perdería mi lengua por su piel y luego mordisquearía sus oscuros pezoncillos.  Dejaría que sus brazos me abrazaran, sintiendo su cuerpo adherido al mío y notando la paulatina hinchazón de su miembro en erección.  Incapaz de soportar esa presión contra mi ombligo, me agacharía y le bajaría la cremallera del pantalón, se los deslizaría por las piernas; acariciándola en la bajada con la tela y en la subida con las yemas de mis dedos.  Luego la misma doble caricia, pero ahora con los calzoncillos hacia abajo y los dedos hacia arriba a la búsqueda y disfrute de su pene. Y allí estará al descubierto, brillante y con una gran erección frente a mis ojos.  Lo acaricio despacio con la punta de mi índice, queriendo retrasar al máximo su irrupción en mi boca.  Noto, dirigiendo mis ojos hacia su cara, que esa espera acrecienta su nerviosismo y mi morbo.  Seguidamente, incapaz de resistir, yo tampoco, un momento más, lo introduzco en mi boca, muy despacio.  Abrazo toda su superficie con mis labios, destacando los restos de mi carmín rojo sobre el tono lila brillante de su prepucio, para a continuación pasar mi lengua sobre su punta.  Agarro con mis manos su culo duro y con ellas le impelo un movimiento, que hace que todo su cuerpo se sacuda en imperceptibles vibraciones.  Imagino que nuestro encuentro será breve y único, por ello me gustaría aprehenderlo y que no se me escapara; estoy deseando que se corra en mi boca.  Y como adivinando mi pensamiento, su cuerpo pega dos fuertes sacudidas y un chorro de líquido cálido  pasa a su garganta mientras otra parte tras pasearse entre sus dientes se deslizan en canales por las comisuras de los labios, resbalando por su pecho y humedeciéndome mis pezones erectos.

El metro se detuvo de nuevo, esta vez en Sáinz de Baranda, y a través del espacio que dejaba mis pestañas abrazadas con mis ojos entreabiertos, deslicé de nuevo mi mirada al objeto de mi fantasía sexual.  También  él tenía los ojos entornados, quería pensar que estaba devolviéndome su mirada.  Aprovechando el incógnito de mis párpados casi cerrados centré mi vista en la cremallera de su pantalón.  El paquete se le notaba hermosote, pero no tanto como para que me hubiera estado acompañado en mis recientes fantasías.

De pronto, algo hizo que mis pestañas dejaran de abrazarse y mis ojos se abrieran de par en par. Su pene estaba aumentando de tamaño. ¿Sería verdad eso de la telepatía? Aquello estaba tomando un tamaño preocupante.  Miré a mi alrededor, a ver si alguien estaba siendo consciente de aquel re-nacimiento, pero todo el mundo iba enfrascados en sus libros.  Yo seguía mirando, el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, pero ahora “aquello” iba realizando unos movimientos cada vez más complejos: bajaba y subía, se estiraba hacia arriba, se curvaba hacia un lado para rápidamente volverse hacia el otro lado,… Empecé a mezclar la situación con mis fantasías y me imaginaba un miembro con esa capacidad de movimientos lo que podría hacer dentro de mí. Me lo imaginaba estirándose y curvándose a voluntad, para llevarme a cimas del placer jamás imaginadas.

Entonces hizo un movimiento brusco se recolocó en su asiento y echó una mano al bolsillo, pensé que sería para “ayudarse” o tal vez para dirigirse con más certeza. Saqué mis gafas, que aunque de poca miopía, no quería perderme un detalle. Acabamos de arrancar de la estación de Plaza de Castilla. Si hasta ahora había ido de sorpresa en sorpresa, lo que venía a continuación prometía.  Sacó de su bolsillo una bolsa de plástico de la que sacó algo pequeño y marrón. Se abrió, con cierto disimulo, la cremallera y  allí colocó aquella cosa marrón, que identifiqué con un cacahuete. El paquete dio un nuevo giro y por la cremallera asomaron los bigotes de un hamster.  Sacó el hamster de su oquedad y lo puso en la mano, mientras éste comía el cacahuete con sus patas delanteras.   Cuando vi aquello no pude evitar que mi cara enrojeciera como un pimiento y que todas mis fantasías quedaran hechas añicos en aquel momento. Miré a mi alrededor, pero nadie se había fijado en nada, todos seguían leyendo.

Llegamos a la parada del Barrio del Pilar y chico y hamster descendieron del metro.  Yo no me bajé, quedé como paralizada por la experiencia y seguí dando vueltas en aquel vagón hasta que llegué de nuevo a mi estación de partida.  Regresé a mi casa y saqué del armario los libros de Derecho, para intentar recuperar el tiempo perdido.”

Todo esto estaba pensando Obdulia Ortega el día en que recibió su nombramiento como juez,  la más joven de su promoción, y como aquel hamster le había ayudado a retomar su camino tras el mes más confuso de su existencia.