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     Hoy sin saber muy bien por qué me acordé de ti. Recuerdo cuando nos conocimos hace ya 26 años, en una ciudad extraña para los dos, tú a 250 km de tu casa y yo a algo más de 900 Km. El azar y similares circunstancias nos llevaron a coincidir y de vez en cuando nos saludábamos en actos y reuniones.  Nos fuimos conociendo, muchas veces compartimos charlas y profundidades y el curso transcurrió a la vez que nuestra amistad se fue afianzando, siempre rodeados de mucha gente a nuestro alrededor.

     Pero un día, decidimos que aquella charla fuera  a solas entre nosotros. Hoy mirado en la lejanía suena casi ridículo, pero aquella escapada en una época en que las emociones, sin ser negadas, podían someterse a sospecha fue toda una aventura. Gastamos el suelo con nuestros pasos paralelos en aquel parque junto al río, que recorrimos a todo lo largo en varias ocasiones. Nuestros pasos se acompañaban de las palabras, palabras que nos liberaban al poder compartir nuestras frustraciones y esos límites, que no entendíamos, a esas ilusiones tan análogas que, entonces, los dos guardábamos dentro. Nunca contamos a nadie aquel oasis de tres horas en medio de aquel año duro. El paseo aquel sonó a despedida, porque aunque luego nos vimos alguna que otra vez sabíamos que nunca podríamos comunicarnos como entonces y que sólo faltaban unas semanas para que nos separáramos para siempre, como así fue.

     Transcurridos los años, las circunstancias se ocuparon de trazarnos con más o menos dolor la vida a cada uno y nos separó para siempre más de mil kilómetros. En ese diseño, que impone el tiempo, se hundieron muchas de aquellas ilusiones, aunque otras, más protegidas o escondidas sigan siempre vivas. No perdimos el contacto porque yo procuraba de vez en cuando llamarte para ver cómo transcurría tu vida. Cambiabas tu idioma habitual para que yo te entendiera, aunque no siempre fuera así. Una vida que, sobre todo la última vez que hablamos, la noté pesarosa y cerrada entre ti misma y un trabajo que te ocupaba todo lo demás. Me sentí mal al colgar el teléfono y me puse a escribirte, a animarte a que salieras de ese círculo cerrado en que has convertido tu existencia. Pero no sé, ni siquiera, si te llegaron mis palabras porque nunca me contestaste a aquella carta. Hoy  me acordé de ti y te he escrito aunque sé que nunca lo leerás, siempre te negaste a tener un móvil o acceder a internet y…sigues ahí recluida entre ti y tu trabajo.