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Cuando escribes, tu letra se parece a tu calma

al colgar la ternura de la mórbida erre

y al achicar los nombres hasta el mismo tamaño

de la voz de retoño con que pides, preguntas.

 

Es tu letra un riachuelo, peregrino de mares,

un manantial que brota sin pedirte permiso

de un oculto venero con verdades antiguas.

Son amigas del orden tus graves consonantes

 

y la vocal te nace con olor a violeta.

Se desparrama un mundo en tus eses finales

y todo se hace limpio cuando escribes un punto.

Déjame que acurruque mi dolor en tu letra

 

y que, subido al cuenco de la uve graciosa,

escurdriñe el misterio de esas olas marinas

con que las emes caen rendidas en la arena.

¡Qué mimado misterio ocultan tus palabras,

esas flores azules de tu tinta secreta!

(Pedro Miguel Lamet)

He traído esta poesía para reivindicar el valor de la palabra escrita a mano, siempre tan diferente, tan viva, tan variada y tan delatora de la mano que la escribe.