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             Aquel hombre caminaba por la vida como siempre, a veces  con una sonrisa, otras con las espaldas hundidas en pesadumbre y, alguna que otra, con la cabeza alzada por alguna feliz circunstancia. No era consciente, hasta que alguien un día se lo dijo, de que tenía los ojos tristes.
Y  entonces fue cuando empezó a preocuparse, porque no quería que su rostro, concretamente sus ojos, fueran un reflejo anímico de su corazón. Se miró al espejo, pero no vio nada extraordinario en ellos, tal vez porque se había acostumbrado a verlos así, tal vez porque cuando unos ojos están velados por el matiz de la tristeza se convierten en incapaces de reconocerlo. Buscó desesperado en google, pero no encontraba ninguna solución al tal mal. Pidió consejo a un oftalmólogo amigo, que tras disimular el gesto de extrañeza ante el mal de su amigo, ya que también estaba contagiado de la enfermedad de los ojos tristes, le recetó un colirio, que encima de genérico no lo pasaba la seguridad social. Le costó el dinero, pero aquello no le sirvió de nada.  Cada mañana se asomaba presuroso  y preocupado al espejo pero no veía nada diferente en ellos, sólo tras mucho fijarse era capaz de detectar, o eso le parecía a él, las minúsculas honduras en las que profundizaban sus arrugas. Oró a Santa Lucía patrona de los ciegos pero nada cambió. Se consideró víctima de una enfermedad incurable y de la que nadie hablaba. Y en alguna ocasión en que el abatimiento se convirtió en febril e irracional llegó a desear no haber tenido la capacidad de ver. Todo aquello le afectó a la mente y nadie podía entender que unos “simples”, serán para ellos que no los tiene pensaba él, ojos tristes dieran lugar a todo aquel abandono y deterioro humano.

Y en estas andaba él más encorvado y cabizbajo que de costumbre, que hasta la nariz parecía rozarle el suelo al caminar, cuando la vio sentada en un banco del parque. Era una mujer de aspecto algo desaliñado pero tras aquel aspecto astroso denotaba una singular belleza. Al sentarse en el banco, la miró para saludarla y, entonces, vio algo que le dejó boquiabierto, aquella mujer tenía unos ojos preciosos abanicados por larguísimas pestañas, pero… muy tristes. Y al decírselo a ella, le dijo que sí que ya le habían dicho lo de la tristeza de sus ojos, algo que le preocupaba y que le resultaba insuperable. Los suyos sí que se ven francamente tristes, le añadió. Algo saltó en su interior al encontrar un alma gemela en tal problema y arropados por aquella solidaridad mutua dieron rienda suelta a compartir sus contrariedades y anhelos. Las horas pasaron sin que ninguno mirara su reloj y hasta un jilguero enmudeció al despedirse el sol. Pero no había oscurecido lo suficiente como para que él no percibiera algo, los ojos tristes de ella se estaban modificando, ni siquiera eran ya ojos normales porque, ahora, un punto brillante resaltaba de su centro.   A ella tampoco le pasó inadvertida que aquel hombre de ojos mustios había embellecido como si estos hubieran sido regados por una misteriosa agua.

Y se levantaron del banco, se dieron la mano empezando a caminar juntos y al mirarse a los ojos, ahora los cuatro alzados gozosamente hacia las correspondientes cejas, fueron conscientes que, aunque allí estuviera anocheciendo, en otra parte de la tierra, en aquel momento, un nuevo día empezaba a amanecer.