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Siempre he dado una cierta importancia al azar en mi vida. Ya que en función de circunstancias, más o menos, azarosas nuestra vida ha llegado al punto en el que está. Algo así nos pasa con esas personas que un día conocimos por azar y luego nos cambiaron la vida o esos libros de los que nos enteramos por casualidad y nos emocionaron. Algo así me ha pasado con este libro que acabo de leer en poco más de tres días. Sé donde escuché hablar de él por primera vez, fue en una revista donde en una entrevista a una diputada, que no me cae mal, le preguntaban que qué libro aconsejaba, ella habló de éste. No sé cómo lo dijo que me cautivó el consejo y decidí buscarlo. Lo encargué en mi librería habitual que suelen tardar en traérmelo de cuatro a siete días, pero al cabo de dos semanas no sabía nada de él. Me dijeron que les habían dicho que estaba descatalogado y que no disponían de ninguno. Coincidió al poco tiempo que fui a Madrid, aproveché para preguntar en dos grandes librerías, en una simplemente no lo tenían y en la otra estaban esperándolo. Desistí del empeño de conseguirlo, pero a las pocas semanas al volver a la librería me dijeron que se lo habían mandado.  Como tenía otros entre mano lo dejé en la repisa hasta que el otro día empecé a leerlo y me engatusó con sus líneas.

Es un libro ciertamente hermoso y escrito de una forma que no estoy acostumbrado a leer. El argumento gira en torno a una antigua historia de amor entre Oki un hombre casado Otoko una joven de dieciséis años. Al cabo de los años se vuelven a reencontrar y en torno a ese breve reencuentro se vertebra una historia cargada de poesía, de pasiones y de erotismo en la que ahora intervienen de manera decisiva nuevos personajes.

Por medio de las palabras nos mecemos en la placidez del paisaje japonés :

“Desde la galería del estudio sólo se veía el jardín interior del templo, la residencia principal interrumpía la vista. Era un jardín oblongo, no muy artístico, pero la luna bañaba la mitad de su superficie, de modo que hasta las piedras exhibían colores variados por efectos de las luces y sombras. Una azalea blanca parecía flotar en la oscuridad. El arce rojo que se levantaba cerca de la galería aún tenía hojas tiernas, pero la noche los oscurecía. En la primavera, la gente solía tomar por pimpollos las yemas rojo-brillante de aquel árbol y preguntaban de qué flor se trataban”.

Otras veces nos envuelve en el erotismo:

“Tocó con los labios las mejillas ardientes de Keiko. Ella lanzó un gritito cuando su silla se tumbó y la arrastró en la caída. Ahora, los labios de Oki estaban sobre los de ella.

Fue un beso muy largo”.

El autor hace continuas retroalimentaciones e incluye escenas antiguas pero de una manera nada forzada y que aderezan convenientemente la narración y nos conduce de forma amena por este laberinto de pasiones que desde el principio huele a tragedia. A veces la vista se pierde en el paisaje y otra se encierra en una escena, un tanto asfixiante casi de teatro, en que dos personajes dialogan y dejan al desnudo gran parte de lo que encierran dentro.

Un libro que se disfruta y que abre boca para, en cuanto pueda, leer algún otro de Yasunari Kawabata.