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(Dibujo de Sandra Pérez) 

 

      Ellas se acercaron a El, que se mantuvo estático pero, sin duda, esperándolas. Sus casi imperceptibles y acompasados movimientos cortaron el aire y se colocaron junto a El, separados con ese espacio tan mínimo que incluso cuesta pasar el aire a su través. Cada una de Ellas se acercó a El, rodeándolo, para que no se arrepintiera y escapara a última hora. Y Ellas, las dos, empezaron a hacerle aquello que El estaba apeteciendo. Con la suavidad de sus pieles como armas empezaron a darle masaje. El, dejando hacer, sintió como su epidermis vibraba lentamente. Ella, la situada a su derecha, era de activa casi brusca. Ella, la situada a su izquierda, lo trataba con más delicadeza, su aparente torpeza de movimientos le hacía ser más envolventemente sensual.

Cuando terminaron de masajearle, comenzaron a blanquearlo con espuma, y ese tacto untuoso le hicieron a El, si cabe, más deseable el contacto con Ellas. Y en esta burbujeante sinfonía permanecieron Ellas y El, sin detenerse, hasta que percibieron que El, como un vencido, se relajaba. Ella dirigieron el chorro del agua hacia El, sustituyendo en su piel el color blanco por un reluciente brillo húmedo.

Llegados a este punto, una de Ellas descansó mientras la otra se acercó a El con ese aparato negro brillante que tanto le calentaba. No había contactado con El y ya comenzó El a sentirse caliente, tanto que la humedad se le evaporó.

Ellas, las manos, concluyendo su faena, acercando el peine a El, cuero cabelludo y culminaron el lavado de cabeza.