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     Estoy acostumbrado todas las mañanas a retirar fax de propagandas de esos que me ofrecen un teléfono manos libres o una practiquísima máquina para beber agua. Pero hace unas semanas en medio de ellos apareció un extraño fax. Reconocí una partida de bautismo firmada por el párroco y enviada desde un remoto lugar de Argentina, que no sé por qué imaginé que estaría situado en plena Pampa. No traía remite y al mirar desde donde me había sido enviado únicamente ponía “cyber-telecabina”. No conocía, ni tenía ni idea quien era esa niña de diez años a nombre de quien venía esa partida de bautismo así que imaginé que desde algún locutorio público la habían mandado y por error habían trastocado el número y llegó a mi oficina.

    Me dio cierta pena pensar que en otro fax alguien estaría esperando aquel documento y que no le llegaría, pero supuse que quien lo mandara una vez que se diera cuenta de su error lo mandaría al fax adecuado. Pero me equivoqué, a la semana siguiente volví a recibirlo y abajo aparecía una nota entre urgencia y lamento: “Por favor entréguenlo a Florencia”. ¿Y quién era Florencia? La cosa se complicaba, insistían en el envío y yo ahora con un fax doble encima de la mesa. Entonces fue cuando, aunque no tuviera nada que ver con todo aquello, me puse a hacer indagaciones. Lo primero que averigüé fue el nombre de la madre y me enteré que tenía un negocio. Busqué ese negocio pero no hubo forma de encontrarlo porque la dirección que me dieron estaba equivocada. Al fin logré su móvil los dos primeros días que llamé no lo cogía nadie y pensé que como todo en aquella historia estaba equivocado, pero al fin el tercer día que llamé sin ninguna esperanza, me contestó ella y me dijo que efectivamente estaba esperando un fax que su hermano aseguraba haber mandado a pesar de que ellos decían no haberlo recibido.  

     Quedaron en pasarse por mi oficina ese mismo día, lo cual también fue tan complicado como encontrar un edificio sin número en una avenida de varios kilómetros pero, tras llamarme y reorientarles, pocos minutos antes de que cerrara la oficina lograron llegar. Ella una guapa y morena argentina de labios recortados, su marido alto y fuerte hablaba con acento cadencioso. Ambos se alegraban de tener el fax y, al despedirse, tras estrecharme la mano me agradecieron aquel esfuerzo que me había tomado, ya que aquel fax era necesario para que la pequeña Fiorella pudiera hacer su primera Comunión.