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Hace mucho tiempo, en aquellos lejanos en que todavía existía el servicio militar, a Alberto lo destinaron a vestirse de caqui durante un año a las islas Canarias. Allí llevaba desde primeros de julio y, ahora, se estaban acercando las fechas navideñas. El tiempo seguía siendo bueno y caluroso, muy diferente de las gélidas temperaturas peninsulares, y el ánimo si bien había estado medianamente entero hasta ahora, ya se iba deteriorando. La proximidad de estas fechas le estaba influyendo y aunque feliz en las islas le pesaba aquella “soledad acompañada” del cuartel, sus compañeros no eran mala gente pero no había intimado con ninguno, por lo que la única relación que tenía con ellos era el tiempo que compartían tras los muros del acuartelamiento.

Pasaba mucho tiempo solo paseando por las calles del barrio de Vegueta o disfrutando de la playa de Las Canteras. Pero ahora aquella soledad se le hacía insoportable, echaba de menos a su familia a la que hacía casi seis meses que no veía,  a sus amigos y sobre todo pasar la navidad con los suyos y en su tierra. Aunque algo sí tenía muy claro, por muy especial que fuera la comida del cuartel no pasaría la noche allí dentro, compartiendo nostalgias y lamentos en medio de los vapores alcohólicos a los que estaban acostumbrados la mayoría de sus compañeros.

Esa tarde le llamó su amiga Paula, había llegado de Salamanca, donde estudiaba y se conocieron años antes, a pasar las vacaciones con su familia. Hacía tiempo que no se veían y le alegró mucho aquel reencuentro, especialmente cuando ella le dijo que por qué no pasaba la nochebuena y navidad con ella y su familia, que sus padres estarían encantados. El los conocía bien, aunque el deseo de una vida mejor le trajo a Las Palmas, habían nacido en la misma provincia andaluza de Alberto y enseguida sintonizó con aquella familia, compuesta por los padres de Paula, tres hermanos y su sobrina, por ello le llenó de alegría aquella invitación. No pasaría la noche golpeando su soledad contra las paredes.

Y aquella Nochebuena, aún acordándose mucho de su familia, Alberto se sintió uno más compartiendo la mesa y la alegría de aquella familia. Y no se sintió solo y sobre todo se sintió muy feliz, porque había experimentado en sus propias carnes  lo que es la acogida y el sentido más profundo de la Navidad.   Con ellos celebró también el almuerzo del día siguiente y el fin de Año.

A los pocos días, paseando sólo por la calle el día de Reyes mientras la gente compraba compulsivamente para regalar, pensaba que nadie le había regalado nada, sin embargo enseguida cambió de opinión al darse cuenta del regalo tan maravilloso que había tenido al sentir como nunca lo que era la hospitalidad.

Sin duda, aquella Navidad marcó decisivamente a Alberto y, a pesar del tiempo transcurrido,  todos los años cuando llegan estas fechas no deja de acordarse de aquellos amigos que viven tan lejos pero a los que lleva bien cerca en su corazón y que fueron capaces de hacerles descubrir de una manera muy especial el misterio de la Navidad.

(Menos el nombre, cualquier parecido con la realidad es total  coincidencia).