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Hoy algunos llegan a creer que lo que no está por Internet no tiene clara existencia, pero sin embargo hay recuerdos, sensaciones y espacios de memoria que nunca se verán retratados en la red de redes. Hoy quiero referirme a un recuerdo infantil: Chacolín.

Chacolín era un teatro de marionetas, lo de llamarlos títeres ha sido mucho después, que montaban durante mi infancia gaditana, trastocando la vida de los niños. Desde que veíamos alzarse el teatro con aquella estructura gigantesca, así nos parecía a nosotros, no descansábamos hasta que nuestros padres nos llevaban a verlo.

Las tramas no por ser similares y menos complejas nos dejaban de emocionar. Chacolín era un joven valiente, aguerrido y aventurero, protagonista de las historias. Nunca me preocupé de los rasgos que tenía, lo solía ver muy lejos. Tenía de amigo un enano, al estilo de Roberto Alcázar y Pedrín. Luego aparecían un rey y una princesa que era secuestrada por una malvada bruja. De ésta destacaba una luenga nariz y una desgreñada melena blanca que nunca conoció una peluquería. La aventura transcurría con el trabajoso rescate de la princesa, al que acudía Chacolín armado con su terrible armas dos palos planos, que siempre me recordaron a los palos de helado, con los que daba mandobles a la bruja…cuando la encontraba. A pesar de su sagacidad le costaba encontrarla, porque cuando Chacolín estaba por la izquierda ella asomaba su melena por la derecha y viceversa; hasta que gracias a la inestimable ayuda que le prestábamos desde las sillas se encontraban frente a frente y le arreaba con aquellos palos. Los golpes hacían que la melena blanca le cambiara de orientación. La bruja aprovechaba que Chacolín se daba la vuelta para levantar la cabeza, hasta que al final, tras los avisos del público, nuevos mandobles hacía que no se levantara más. El final era el reencuentro del rey con su hija con los aplausos del personal.

Nunca más volví a ver a Chacolín, tal vez esté dormido en un cajón en eterna convivencia junto a su mortal enemiga. Hoy probablemente no fuera muy políticamente correcto tanto golpe por mucha bruja que fuera y despeinada que estuviera. En Internet no se encuentra nada sobre él, sólo una leve referencia a que quien lo realizaba era “Talio”, el padre de José Luis Moreno, sin embargo no olvidaré aquellas tardes emocionantes en que me hacía disfrutar y en las que, al contrario muchas veces que en la vida real, el bien siempre triunfaba sobre el mal.

 

(Dedicado a alguien con quien compartí hace unos días, estos recuerdos en color sepia).