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No sé desde cuando me acompañabas, pero un día, fascinado, me percaté de tu presencia. Una imagen silenciosa y acogedora que acompañaba a mis pasos por todos lados, esquinas y recovecos. Te movías a mi vez y, en medio de penas, saltos o desesperos tu figura callada nunca faltaba. Al ser consciente de tu presencia me acostumbré a tu compañía, solícita y no exigente. Estaba deseando sentirme bañado por la luz para sentirte a mi lado, ¿o era al revés, que cuando estabas junto a mí me inundaba la luz? Te hiciste imprescindible en mis días y en mis sueños, en mi soledad y en mis deseos, en mi silencio y en mis esperanzas, y necesaria en mi cotidianeidad. Me sentía un privilegiado por haberme preferido a mí a cualquier otro.

Pero todo tiene su precio y dicen que siempre llega un momento en que las circunstancias de la vida que al igual que prohíben caminar siempre en la desesperanza también vedan una felicidad sin sobresaltos. No siempre se puede circular bajo la luz, pues precisamente ésta alumbra por su contraste con la oscuridad. Y entonces, con lágrimas pero sin palabras, nos dijimos adiós querida sombra, para que cada uno, por nuestro sitio, siguiéramos nuestro particular rumbo en pos de eso que ni tú ni yo sabemos muy bien lo que es. Hoy, con mucho trabajo, me estoy acostumbrando a andar sin nadie a mis espaldas, se me está haciendo complicado el camino, pero sin duda, lo iré consiguiendo. ¿Y sabes una cosa? Conservo aún un germen de ilusión en mi interior porque estoy seguro, que si en algún momento te necesitara, me bastará echar una mirada hacia atrás para verte detrás de mí con la más hermosa de tus sonrisas.