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      No me voy a referir a ese programa concurso que sigue incombustible,durante años, en las sobremesas de la 2, sino a ese conjunto de números y letras que de alguna manera usamos para definirnos. Por un lado tenemos los conjuntos de números que forman el DNI o el número de la Seguridad Social, personales e intransferibles. Por otro nuestro nombre, que depende del buen gusto de nuestros padres y los apellidos que nos caracterizan de que familias procedemos. El número de pie y los centímetros de estatura, también nos identifican de alguna manera, el peso, aunque este dato, sin duda, es más variable.

      Todas estas cifras y letras sirven de alguna manera para completar nuestra imagen físico-jurídica, pero sin embargo poco dicen de cómo somos en realidad. Nuestra esencia es algo diferente, mucho más vivo y que pasa por todos los colores del arco iris y desconocida, en muchos aspectos hasta para nosotros. Por eso si queremos conocer a una persona de poco nos sirven todas esos conjuntos de números, entran en juego otras cosas: el conocer que le emociona, de qué color le gustan las caricias, cuando lloró por última vez, con qué música se le eriza la piel, qué tipo de libros prefiere, ante que sonríe...

      Son esa serie de datos que no aparecen en ningún sitio y que nos obligan e implican un acercamiento más allá de las palabras cuando alguna vez nos atrevemos a sumergirnos en ese apasionante mundo qué es la amistad.