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        Siempre es emocionante ver a un niño dar sus primeros pasos. Cuando vemos esa figura menuda con esas nalgas engordadas por los correspondientes dodotis, que se alza de manera inverosímil sobre sus dos pies y empieza a andar de manera titubeante. Al principio tal vez caiga, rebajada su caída por los brazos de su madre, para volver a levantarse, impertérrito, oscilante, admirablemente, para ir trazando sobre el suelo un rastro invisible con el dudoso equilibrio de esos pasos casi mágicos. La madre estará atenta hasta que su atención se rebaja cuando ve como esos pasos, que se convierten en firmes, van iniciando a ese niño en su camino en la vida.

       Unos pasos que, cada vez, caminarán más seguros. Al poco tiempo no necesitarán ni esas manos de  la madre, ni la mirada que le sigue. Y un día saldrá solo por la vida y ya sabrá caminar muy rápido e incluso correr. Pero aquella seguridad en el camino habrá días que vuelva a flaquear, sobre todo cuando aparecen otros muchos pasos que interferirán los suyos y tendrá que encontrar la forma de rodearlos para no tropezarse. Y tal vez algún día, se detenga y al mirar a su alrededor, no sepa por qué le venga una cierta nostalgia de aquel día en que su paso vacilaba y tenía unas manos acogedoras y seguras donde poder agarrarse. Hay quien me dijo un día que encontró esas manos en las que, en ciertos momentos, poder abandonarse.  Y es que, a veces sienta muy bien, eso de dejar descansar los engranajes mentales que continuamente nos preocupan y dejar que se mezcan  en los brazos de esa persona a la que queremos.