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                Nos conocimos hace ya varios años, en una época en la que ninguno de los dos peinábamos canas, aunque ella por milagros de la técnica no las peina todavía, en un autobús que circulaba a esas horas imposibles de las 6,30 de la mañana. Vivimos en poblaciones cercanas, unos 20 km. Ella subía después que yo ya hubiera recorrido el trayecto que nos separaba. Los dos trabajábamos en la misma ciudad. Aquel viaje repetido cotidianamente, durante varios años, en aquel viejo autobús que nos obligaba a tener el paraguas abierto en su interior los días de lluvia, nos fue acercando. Y en medio de aquel silencio bañado sólo por el sueño ambiental, una machacona emisora con el programa de Onda pesquera y la charla desparramante de un carpintero ligón que siempre dejaba su asiento libre a la espera de alguna “presa”, empezamos a charlar y nos fuimos haciendo amigos. A ambos nos dieron traslado a nuestras localidades casi a la vez, y temí durante unos días, que desapareció, que no volviéramos a contactar, pero un par de días antes de que nuestros viajes se interrumpieran para siempre intercambiamos nuestros números de teléfono. Desde entonces, ese sigue siendo nuestro modo de contacto, pues en todos estos años con prometidos y nunca cumplidos deseos de visitarnos, sólo nos hemos llegado a ver una vez, brevemente, en un centro comercial.

Ayer estuve hablando con ella, que se recuperaba de una reciente operación de cierta importancia. Estaba un tanto alicaída, en sus años de trabajo ha tenido mucho contacto con la enfermedad, es ATS, pero me decía que cuando la enfermedad te toca a ti misma, es diferente. Es como si el mundo se detuviera y siente que todo lo que sabes sobre medicina no sirve para nada, o peor te perjudica porque te hace dar vueltas a tu cabeza en unos registros a los que el desconocimiento nunca te llevaría. Creo que tengo ahora  un buen motivo para recorrer esos pocos kilómetros que nos separan y vernos después de tantos años.