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             Frente a mi centro de trabajo se levanta una torre donde se han instalado, de modo permanente, unas cigüeñas. Se han acostumbrado al tiempo de aquí y no les debe valer la pena eso de emigrar a otras latitudes, a riesgo de que alguna otra le usurpe su acogedor nido, por lo que no tenemos que esperar, como antaño, a San Blas para verlas. Sus figuras estilizadas planean continuamente por los alrededores recorriendo torreones y alturas cercanas, acariciando las calles con sus sombras.

             Siempre que las veo me acuerdo de un compañero al que conocí en Zaragoza que, como era millonario en minutos y aficionado a las aves, se dedicó en un cuaderno a hacer un estudio pormenorizado sobre las cigüeñas de una chimenea cercana. A veces, a la hora del desayuno ya no estaba y había iniciado sus observaciones que recogía fielmente, con croquis incluido, en aquel cuaderno. Luego me presentaba sutiles coincidencias, como que hacía una semana en que una de aquellas cigüeñas había dado una vuelta a una torre cercana a las 9,15 h, cosa que había repetido ese día. El colmo fue cuando, no conforme con aquel estudio a distancia, decidió aproximarse. Para ello tuvo que hablar con una vecina cuya azotea estaba muy próxima a la chimenea y allí montó su punto de observación consistente en tres palos de metal formando un trípode sobre lo que deslizó una sábana vieja previamente teñida en una solución concentrada de café, según su teoría el blanco asustaba a las cigüeñas más que color café. A la sábana le hizo un agujero por el que introducía la cámara con un teleobjetivo que pacientemente dirigía hacia aquel nido rompiendo la intimidad de aquella familia, ahora aumentada por el nacimiento de varios cigüeñelos. Aquella mirada curiosa, casi mimosa, asistió a la educación inicial de los mismos por parte de sus padres, pero cuando estuvo a punto de llegar el momento cumbre en que estos alzan el vuelo por primera vez, nos tuvimos que marchar de Zaragoza. Cuando pasamos por debajo de la chimenea mi compañero echó una última mirada, cargada de tristeza, hacia arriba. No sé si será cosa mía pero me pareció escuchar el característico sonido del pico de las cigüeñas que le decían adiós.