Todos sufrimos las consecuencias de los advenedizos, de esa gente no habitual y que  razones o circunstancias con las que no estamos de acuerdo la traen a nuestro ambiente habitual con las correspondientes molestias. Es el caso de quien durante todo el año pasea cotidianamente por la playa con la única compañía de las gaviotas y llegado el verano, los advenedizos, la copan impidiendo dar un paso sin pisar a uno de ellos o las cáscaras de pipas que derraman sobre la arena. O el del seguidor de un equipo de fútbol modesto que hasta cuando estaba en los últimos puestos de la tabla acudía a animarlo, pero en cuanto ese equipo está al borde del ascenso, los advenedizos en tropel saturan las gradas y cuando llega tiene que quedarse en la puerta sin ver el partido. O el del creyente que acude dominicalmente a su misa, pero que hoy ha coincidido con la boda de una "celebridad", los advenedizos empinados por ver el vestido de la novia le impiden acercarse y ver siquiera el campanario. O el del que cada domingo compra durante años el mismo periódico,pero hoy regala un gorro de lana, un curso de inglés y  un juego de vasos de bohemia, por lo que cuando se acerca al kiosco solo encuentra el estante vacío mientras los advenedizos cargados de los regalos se acercan a la papelera más cercana a tirar el periódico.

             Muchos y variados casos de estos advenedizos podríamos citar, pero hay un caso peculiar. La de esos que entran en nuestra vida como saliendo de debajo de las piedras y que tras dejar huella de distinto tipo, más o menos profundas, un día sin que sepamos como se convierten de nuevo en advenedizos...pero en otro lugar, por lo que desaparecen. Ya que, en general,nos molestan tanto los advenedizos, quizás sería cuestión de plantearse en que casos formamos también nosotros parte de ese peculiar colectivo.