El nació el día en que se cumplieron, con exactitud milimétrica, los nueve meses de embarazo. Desde pequeño se comportó como un niño modélico en todos los sentidos y con los años fue creciendo su fama de responsable. Sus notas fueron siempre excelentes y aquel brillante currículo le abrió las puertas de un buen trabajo.

        Pero un día El se encontró con Ella y aquel sólido edificio de su responsabilidad, que tanta seguridad le había dado siempre, comenzó a tambalearse. Al principio los temblores eran casi imperceptibles pero más adelante se convirtieron en fuertes sacudidas que amenazaban con desmoronar su edificio interior. El comenzó a asustarse. Ella desde su privilegiada atalaya no dejaba de observarle entre pícara y divertida. Al fin, no pudo más y El decidió enfrentarse con Ella, la vida real, y preguntarle que por qué había irrumpido en su existencia de esa manera y no le permitía seguir “tan normal” como siempre y seguir siendo tan responsable y consecuente. Ella le habló despacio, no quería asustarlo demasiado y le aclaró que no todo era tan simple como El siempre había pensado y que no podía ser tan “perfecto”, que precisamente era un signo de madurez que, ahora, se hubiera dado cuenta de ello

       Salió de aquella charla tan mudo como reflexivo pero empezó a atisbar, aunque reconocerlo le doliera, que Ella tenía razón y que debía aceptarse con todas y cada una de sus múltiples imperfecciones. Larvadas, ocultas, pero que aunque siempre se negó a reconocerlas, habían estado ahí.

     Fue, entonces, cuando se dio cuenta que lo único que debía hacer, a partir de ahora, con su vida, era transformar el tiempo del verbo y pasar del pretérito perfecto al futuro imperfecto.