Tu sonrisa interrumpió mi rutina laboral. Hacía tiempo que no venías a verme y te noté especialmente guapa. Entonces recordé que me dijiste que te habías quedado embarazada y esa hermosura, que siempre producen los embarazos, era la que desprendías. Tu barriga de seis meses, no muy grande, ya empezaba a redondear y me confesabas tus miedos acompañados de esperanzas, siendo como es el tercero y llevándose catorce años con el hermano que le precede.

          Venías a que te orientara respecto a una vieja deuda, que por motivos laborales, le pusieron hace diez años a tu marido y que ahora de nuevo había asomado sus afilados dientes y temías que los hincara sobre una de las cosas que más quieres, tu casa.  El verdadero culpable de aquello, un antiguo jefe de él, se desentendió del tema y ahora cae, como una pesada losa, sobre vuestra familia, aunque tu estás segura de que hay Alguien arriba que tiene paciencia para dar a cada uno lo que se merece. Por lo que me contaste las cosas no estaban nada bien al respecto y dudaba que más recursos sirvieran para nada, por eso lo único que cabía es pactar una forma de pago adecuada.

          Seguiste tu camino a hacer nuevas gestiones en busca de nuevas ideas con la que aminorar el efecto del problema y me dijiste que me tendrías informado de las gestiones que fueras haciendo. Cuando te alejaste, no pude menos de envidiar esa vitalidad que encierras en esa menuda figura y que, cual el ave Fénix, te hace resurgir, una y otra vex, de las cenizas aunque sea por la necesaria supervivencia de los tuyos de la que eres el verdadero motor. Tu hijo llegará en a una familia que no está nada boyante económicamente, pero puede estar seguro de que tendrá una madre que aparte de quererlo, lo sostendrá. lo apoyará y lo defenderá con uñas y dientes.