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                Un rayo de luz travieso que surcó las rendijas de las persianas le dio a Ella en los ojos e hizo que se despertara. Giró sobre la cama su cuerpo desnudo huyendo del puntual resplandor. Había descansado bien y notaba la próxima llegada de la primavera en un ansia interior que se reflejaba en su piel erizada. Estiró su brazo derecho y le alegró notar que El estaba cerca. Al notar el contacto de su piel, sus dedos coronados en uñas cortamente afiladas con una cuidada manicura, parecieron adquirir alas sobre El. Lo fueron recorriendo, arriba y abajo, jugando en aquellos recovecos que formaba su piel y notando como, poco a poco, se iba estirando. Le gustaba sentir como crecía entre sus manos y como aquel cuerpo tan próximo a Ella respondía a aquellas caricias matinales. Siguió un buen rato con ese particular juego, mientras la mano izquierda se ocupaba en dibujarse su propio cuerpo. Le gustaba, también, sentir esa euforia primaveral  con que su recortado vello púbico o sus sobresalientes pezones saludaban a sus caricias.

               Aquel rayo primigenio se derramó ahora por la habitación iluminándola con el resplandor naciente de una mañana viva. Su mano izquierda rodeaba suavemente una  peca en su barriga de la que se encontraba muy orgullosa, mientras su mano derecha ocupada en aquel cuerpo, llegó a ese lugar que, siempre, a ella le gustaba especialmente palpar. Su mano hurgaba, gustaba, sentía….hasta que se dio cuenta de algo…El tenía el pelo demasiado largo y de esta tarde no pasaba que lo llevara a ese peluquero canino que tan primorosamente dejaba a los caniches como el suyo.