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       El fallecimiento ayer de un familiar ha hecho que hoy haya pasado parte del día en el cementerio. Alboreaba el día y mientras los rayos del sol desgarraban unas nubes negras yo estaba ante la verja cerrada del cementerio. Acompañaba a un familiar en la triste ocasión de exhumar los restos de su padre. Las carreteras de alrededor, habitualmente atestadas, estaban a esta hora solitarias y silenciosas y sólo un viento suave con cierto olor a lluvia nos envolvía. A los pocos minutos una moto se detuvo junto a nosotros y de ella bajó quien luego me enteré que era el enterrador.  Abrió la verja y entramos en aquel recinto marmóreo, florido y mudo.  Un hombre bajito de aspecto espectral, que llevaba una bolsa en la mano, y con toda la pinta de haber dormido allí nos dio los buenos días. Al poco llegó el jefe del sepulturero uniformado con una bata azul y nos dirigimos hacia donde estaba situado el nicho.

        Allí había sido colocado un tablón sobre dos caballetes alzados en unos desvencijados ladrillos, un lugar que no resistiría una inspección de prevención de riesgos laborales, y donde el sepulturero armado de un martillo se subió. Alzado en aquel pedestal aprovechó para desenfundar un cigarrillo y poniéndolo entre sus dedos con la otra mano martilleó hasta abrir el nicho. Entonces fue cuando me vinieron a la memoria las palabras de la poesía de León Felipe:

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.

Quitó los restos de los escombros y posteriormente poniéndose unos guantes de goma de los que se usan para fregar fue sacando los restos y metiéndolos en una bolsa gris donde ponía el título de "Restos anatómicos". Se dejó vacío el nicho y salimos a la salida por aquel pasillo ornado de tantos recuerdos y lágrimas secas.

        Cuatro horas más tarde volvimos por allí ahora al entierro. El tráfico ahora era denso. El cielo estaba casi oculto en nubes negras. Y el cementerio seguía vacío. El encargado con la bata azul que ya conocía esperaba en la puerta y cuando llegué a la tumba, que ya conocía, allí estaba el sepulturero, nervioso, porque el ataúd se estaba retrasando. En voz alta, para que lo oyéramos, se quejaba de que eran la una y cuarto de la tarde y su jornada terminaba a la una. Al fin para su tranquilidad llegó el ataúd y el séquito de familiares. Volvió a sentirse protagonista sobre aquel tablón y por ello sería que encendió otro cigarrillo. El cielo como queriendo apagarlo empezó a soltar agua, primero poco a poco y luego a chorros. Entre los dos operarios metieron el ataúd en aquel agujero negro. Mientras el suelo se mojaba de lluvia y lágrimas, el sepulturero acabó de poner cemento. Salimos despacio chapoteando por aquel suelo desigual y me acordé, al atravesar la verja mientras el sepulturero se iba contento a comer, de aquel otro poeta que dijo: ¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!