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    Hoy he estado totalmente sólo en mi trabajo. Una parte del edificio quedó vacía hace unos días y de los dos que estamos el otro ha marchado de vacaciones. Se me hace extraño trabajar rodeado de tantas gotas de silencio cayendo a mi alrededor. No porque lo huya, el silencio me gusta, pero a veces la mañana se hace larga y eso que el trabajo no me falta. De vez en cuando se interrumpe por alguien que llega hasta aquel, ahora, aislado lugar, que me pide que le solucione algún papeleo o le aclare una información. Cuando sus pasos van perdiendo sonoridad a medida que se alejan vuelven las gotas de silencio.

    Un silencio que todo lo invade y que me hace pensar que el silencio total no existe. Se interrumpe por esos ruidos imperceptibles que no solemos escuchar: el sonido de la impresora en reposo, las ramas de los árboles agitadas, el tecleo de un escrito que suena como el redoblar de unos tambores e, incluso en algunos momentos, me pareció escuchar a una mosca que respiraba cerca de mi oreja.

     Es difícil que el silencio lo invada todo y si pretendiéramos forzarlo a tal extremo llegaríamos, incluso, a escuchar el bombeo de la sangre que realiza el corazón, o el zumbido confuso del no-silencio. Lo malo es que no siempre coincide en los momentos que apetecería. Yo por si acaso estos días no llevaré chubasquero a trabajar y me dejaré empapar bien por las gotas de silencio que se derramarán sobre mí a lo largo de toda la mañana. Su humedad me puede venir bien para el resto del día.