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   Nunca he fumado, pero si hubiera sido fumador estoy seguro que, a mi edad, ya lo hubiera dejado. Nunca me ha molestado en exceso el humo de los cigarrillos, pero con la nueva ley del tabaco debe ser que me estoy acostumbrando más a los ambientes libres de humo que cuando entro en uno ahumado me molesta mucho más que antes.

   No sé por vuestra tierra, pero aquí en todos los bares se deja fumar con lo que aprovechan algunos para echar todos los humos que no dejan en otros lugares. Por eso cada vez se me hace más insoportable entrar en los bares. Todos los jueves tengo que hacer una hora de espera por la tarde y aprovecho para entrar en uno a tomarme un café y leer tranquilamente. Pues bien, cada semana pruebo en uno diferente. En uno a la contaminación tabaquera de dos postadolescentes se sumaba la contaminación acústica de sus charlas y el aún peor contaminación de un olor agrio que impregnaba el ambiente. Y encima uno con el móvil dirigiendo la empresa a toda voz, probablemente si apagara el móvil y asomara la cabeza por la ventana le escucharían mejor.

  Otro día cambié de bar. En este era el único parroquiano a esas horas por lo que la atmósfera estaba despejada. Tenían un sillón cómodo y acogedor, pero no todo puede ser perfecto y la televisión gigante a toda potencia ponía videoclips. ¿Tan difícil es leer tranquilo en un bar mientras se degusta un café sin que me afecte la contaminación?