Durante la lectura de “La montaña mágica” de Mann ha habido momentos en que, participando de esa situación temporal en que el tiempo parece detenerse y mecerse en el aire, no he podido dejar de evocar dos años muy diferentes de mi vida, en lugares que distaban más de dos mil kilómetros y en que tuve la sensación de que las circunstancias externas de mi vida se detenían.

Fue como si esa “prisa” que nos acompañara por avanzar en el día a día, quedara oculta y disfrazada de una capa que parecía detenerla. Yo era consciente de que la vida seguía fuera de las fronteras que me rodeaban, si se me olvidaba, las pocas y puntuales interferencias, cartas o llamadas de teléfono, que me llegaban de los que estaban “fuera” se encargaban de recordármelo.

Siendo tan diferentes los lugares y circunstancias, había una serie de coincidencias:

-Se coincidía con gente con la que difícilmente se hubiera coincidido en la vida cotidiana.

-Nuestros orígenes tan diversos me abrían a circunstancias, personas y situaciones no imaginadas anteriormente.

-Salvo pequeñas y concretas salidas de aquel ambiente la estancia era de veinticuatro horas y, en ambos casos, casi trece meses.

-El tiempo era lo que más abundaba, quizás por eso se le daba tan poco valor. Nunca fui tan rico en tiempo como en aquellos dos años.

-En uno de los lugares pasé tanto frío como nunca tuve y en el otro disfruté de tanto sol como nunca sentí.

-A pesar de los conflictos que siempre surgen, el ambiente era relajado, no existen muchas de esas cosas que estresan la vida cotidiana: no había que hacer compras, ni actividades domésticas, no había que preocuparse de organizar el día, no había que hacer declaración de la renta, ni siquiera mirar la  cuenta del banco…¡no disponía de ninguna!

-Viví como una liberación el salir de ambos sitios y regresar a la vida cotidiana, no era consciente entonces de que nunca más tendría la posibilidad de ver al tiempo mecerse de aquella forma.

¿Habéis tenido alguna vez estas sensaciones?