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             He finalizado y disfrutado la lectura de este libro escrito por Jesús Maeso. En él se nos narra las aventuras de Yago, un médico cristiano, que llega a la convulsa Sevilla de mediados del siglo XIV. Allí conocerá a una joven musulmana que está allí como rehén de los acuerdos entre reinos y entre ellos surgirá un amor imposible. La pareja se verá inmersa en conjuras cortesanas y en la búsqueda afanosa de un ejemplar único del Corán lleva desaparecido muchos años.

                         El autor con un perfilado lenguaje nos muestra con habilidad esta época llena de claroscuros sumergiéndonos en todo un universo de aromas, ambientes y sensaciones. Su lectura curiosa nos acercará a descubrir el significado de muchas palabras y a saborear esos adjetivos que se emparejan a sustantivos en uniones inimaginables pero de sutil perfección. Un libro que nos invita a un doble deleite: la del fondo, en una trama bien urdida en la que poco a poco se van engarzando las piezas y, por otro lado, la de la forma, en que las palabras nos mecen con sedosa suavidad.

            Transcribo un texto:


            <<“Todo lo olvidaré menos esta aurora junto al Guadalquivir. Al partir el navío de la despedida caen mis velos y se desgarra mi corazón con el tumulto de los adioses, como una caravana perdida que el camellero busca”Cuántos sentimientos rotos se lleva la galera insensible de la separación, Yago, amado mío.
            Un repentino ardor se esparció por los sentidos del galán, mientras sus encendidos latidos se aceleraban ante la sensualidad de la nazarí, que cedió a los requerimientos de su ardoroso amante. Yago desató su zilhara de tul turquesa, improvisando un tálamo con las vestiduras. La hechizante atmósfera olía a fragancia de jazmines, y se percibían los perezosos susurros de la ciudad. Parecían levitar en un universo irreal y mágico, creado únicamente para ellos por los númenes del amor.
            Los ojos incitadores y melancólicos de Zubaida exploraban los suyos, mientras le ofrecía sus pechos, grávidos como oteros perfumados, el bálsamo de sus honduras y el néctar de sus aterciopeladas ingles. Yago besó cada palmo de su piel aceitunada, insólitamente tibia, y rozó con sus dedos el oscuro valle de su sexo, gozando libres, olvidados de peligros y preocupaciones, entregados a una vehemencia volcánica que ratificaba el infinito cariño que ambos se profesaban>>.