La oscuridad fue devorando las últimas luces del día cuando Él silencioso entró en la habitación. La descubrió en aquel lugar, como imaginaba, estática y tumbada cuan larga era. Con un paso, a la vez, osado y vacilante se acercó a Ella. Sintió cómo un deseo creciente de poseerla le iba embargando. Se aproximó a Ella disfrutando de su contemplación. La blancura de la piel de Ella actuaba como señuelo en aquella creciente penumbra. Las manos de Él rodearon a Ella, que seguía silenciosa, y, entonces, por primera vez sintió el contacto de su piel lisa y sin arrugas, levemente fría, pero Él sabía como calentarla. Mientras pensaba en ello se sintió tremendamente excitado, tanto que no prestó oídos a aquellos pasos que rápidamente se acercaban por atrás. La puerta se abrió súbitamente y Él, sorprendido, quedó paralizado, inundándose de luz la sacristía.

          -Te he dicho muchas veces que dejes la vela quieta, cuando seas mayor te dejaré encenderla-le espetó el irascible sacristán a aquel impaciente monaguillo.