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         Ayer estuve visitando la réplica de la Nao Victoria, aquella embarcación que al mando de Juan Sebastián Elcano y con sólo dieciocho hombres famélicos arribó en 1522 al puerto de Sanlúcar de Barrameda tras realizar la primera vuelta al mundo. Al subirme en la nave, a pesar de que estaba el mar en calma, empezó a bambolearse. Y pensé como se atrevieron sometidos a mil peligros y tempestades a lanzarse a la aventura en aquella especie de cascarón.  Pero pensándolo bien también nosotros vivimos la gran aventura de la vida en la que nos movemos con no demasiados pertrechos y sometidos a los temporales y tormentas que las circunstancias nos traen. Tanto en la vuelta al mundo como al caminar en la propia vida, el hecho de convertirse en supervivientes depende en gran parte del factor suerte ¿o deberíamos llamarla mejor azar?