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                 Para escribir se necesita inspiración, pero el problema es ¿de dónde obtener ésta? Hay algunos que viven tantas aventuras que con solo narrarlas tendrían para escribir muchos libros, pero el 95% de los mortales tenemos una vida más bien anodina y monótona, por lo que la inspiración más allá de las circunstancias externas hay que extraerlas del interior de uno. Profundizar en uno mismo no es tarea fácil para ello ayuda esos momentos en que nos detenemos en la vorágine cotidiana y aprovechamos ese rato de sosiego para escucharnos a nosotros mismos. Hay sitios y momentos que invitan a ello, pero hay que descubrirlos.

                 Por una determinada circunstancia, todas las semanas debo realizar un par de horas de espera y he encontrado un lugar de esos en que se disfruta simplemente “estando”. Es un antiguo palacio cuyos jardines han sido adaptados como cafetería. Situado en pleno centro urbano aquel oasis de tranquilidad está aislado del bullicio y el ruido del tráfico que soportan las calles del entorno. El silencio es tan grande que es posible escuchar el balanceo de las ramas con la brisa y los distintos trinos de las aves que copan sus árboles e incluso aguzando el oído es posible escuchar a alguna de las mariposas que adornan el aire. Aquel patio floreado es un auténtico goce para los sentidos, de esos lugares que invitan a encontrarse con uno mismo y a desperezar la musa. Yo suelo aprovechar ese rato, en plena digestión , para tomar un café mientras dejo que mi bolígrafo se deslice por la hoja en blanco reconstruyendo un relato que tenía arrumbado desde hace años en la oscuridad de mi mente y de un cajón. No sé si llegaré a terminarlo pero sí es verdad que disfruto ese rato.