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    En mi casa tenemos dos flautas, tal como suenan y nunca mejor dicho, no me refiero a las dulces de la que guardo, con cariño,  una de madera que ya cumplió sus bodas de plata sino a dos flautas traveseras. Hoy me he dedicado toda la tarde a dichas flautas. La flauta mayor hace un par de días vino con el problema de que tenía escapes. ¿Una flauta con gases?-le dije, pero el chiste no fue bien recibido y me insistió que era un problema serio y así no se podía tocar. Llamada por teléfono a uno de los mejores talleres de instrumento de viento de toda la zona sur el de Philip Herman, donde tras llorarle lo suficiente nos dijo que nos acercáramos hoy a ver si se podía arreglar sobre la marcha. Philip Herman es un simpático norteamericano afincado en Chipiona desde hace muchos años y un verdadero artista en la reparación de estos instrumentos, que ha creado escuela de la que participan sus hijos. A las cuatro y media, con un viento de levante y un calor que atonta hasta a los caracoles estábamos delante de dicho taller, adornado en la puerta por una gran lira. Nos atendió el hijo y nos dijo, tras un pequeño examen del instrumento que en poco más de hora y media la tendría arreglada. Vuelta a mi pueblo, ahora para llevar a la flauta chica al Conservatorio quejándose de que tenía mucho que estudiar del colegio. De allí tuve que pasar por una farmacia y luego corriendo de nuevo al taller, menos mal que la temperatura había descendido unos grados, al mismo nivel que el tráfico había aumentado. Allí tuvimos que esperar todavía un rato a que le dieran a la flauta los últimos toques y engrases. Aquello terminó con una clase práctica del hijo de Philip sobre como se debe limpiar y mantener una flauta travesera. Yo agradecido por las atenciones, pero algo nervioso porque veía que la flauta pequeña estaba a punto de salir de clase. Salimos de allí corriendo, menos mal que el tráfico se portó bien.

       La flauta grande eufórica, parecía nueva después de tanto mimo y con ganas de sonar en cuanto llegara a casa. La flauta pequeña salía contenta de clase, había aprendido a tocar el Himno a la alegría. Yo agotado y tras una ducha me senté a escribir para relajarme un poco. Mientras, en casa, suenan las dos flautas, una silabea con entusiasmo el himno de la Alegría, la otra lanza al viento con maestría una canción barroca. Las notas se pelean por el aire y yo deseando que las dos flautas aprendan a tocar una canción a dúo.