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  Al fin viernes y he podido escapar de la rutina semanal para acudir a Cádiz a la feria del libro. Un año más, el Baluarte de Candelaria un antiguo fortín militar rehabilitado para usos varios y lamido por las olas del mar, sirve como presentación a cientos de libros que se distribuyen, sin orden ni concierto, por estanterías. Me gusta sumergirme entre tanto libro, hojearlos, y saborear su presencia. Aunque se nota esa preferencia por lo comercial, ¿qué no es comercial?, en los libros que se exponen. Mayoría de esos libros tan nombrados en lista de ventas y que la globalización y el marketing hace que los encontremos en un pueblo perdido de Teruel y en una librería de Manhatan. Libros que parecen querer aupar en esta feria, pues siendo de autor desconocido no faltan en ningún stad. Viejos libros de la infancia que ahora aparecen con nueva piel, al cogerlos en mis manos tampoco ellos parecen reconocer mi piel actual. Pero rebuscando aparece ese libro escondido que a nadie llamó la atención y, sin embargo, atrajo mi vista y me impelió a hacerlo acompañante mío en el paseo que me di a continuación. De alguno de estos que se adhirieron a mí hablaré otro día.

   Cuando salí de allí, un paseo junto a un Atlántico de brillos turquesa completó el sosiego de mi espíritu. La guinda fue que al pasar por el museo de Bellas Artes estaba abierto y pude admirar una exposición de pistores costumbristas gaditanos del principio del siglo XX, una verdadera gozada para los sentidos.