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      La primera vez que ví ese rostro quede impresionado. Me resultó extraño. No pude olvidar la profundidad y el magnetismo de aquella mirada, que  desde entonces parecía acompañarme al girar cada esquina del poblado.  Aquella imagen me perseguía hasta en sueños. ¡Sólo a aquel misionero se le pudo ocurrir enseñarme ese instrumento al que él llamaba espejo!