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             A partir del post de Kotinussa muchos recuerdos se han removido por mi interior de aquel curso 76-77 en que, sin conocernos compartimos el mismo edificio universitario. Sin duda la situación era original, la Universidad de Cádiz era incipiente y sus instalaciones se repartían como podían. En aquel inmueble de bar compartido, por los estudiantes de Filosofía y Letras y los de Químicas, pasábamos las horas.             

            La facultad de Químicas estaba comenzando lo que hacía que se dieran situaciones pintorescas. Cualquier votación por parte del alumnado siempre las ganábamos los de primer curso ya que constituíamos casi el 70 % del total. Uno de los profesores venía a dar sus tres clases semanales desde el instituto de un pueblo cercano a cuyo claustro pertenecía, otro era trabajador de la fábrica de cervezas, algo interesante porque pudimos visitarla. Nos llamaba la atención uno joven, hoy debe ser ya catedrático que cuando hablaba de las partículas del átomo hablaba del “eletrón” y el “potrón”; nunca nadie se preocupó de decirle que no se llamaban así. De las profesoras recuerdo a una que, cuando daba su clase, acumulaba a casi todo el personal en las primeras sillas pero más que por las explicaciones era por la minúscula falda.  

             El maridaje con los alumnos de Filosofía y Letras se desarrollaba sin interferencias. Nos resultaban extraños aquellos individuos de aspecto desaliñado y que solían llevar un libro bajo el brazo, les solía sobrar tiempo para leer, algo que nosotros aparte de libros llenos de sesudas ecuaciones matemáticas y físicas, nos estaba vetado por falta de tiempo. Una cosa que envidiábamos era sus pocas horas de clase pues nosotros aparte de las teóricas de la mañana teníamos todas las tarde ocupados en práctica de laboratorio.            

            Pero todo tenía su parte buena. Cuando salíamos al atardecer del laboratorio, con la bata blanca, doblada sobre la carpeta, llena de manchas y agujereadas por las salpicaduras de ácido, atravesábamos la carretera y ante nosotros se abría uno de los espectáculos más hermosos que se puede observar: la puesta de sol en la playa de la Caleta. ¡Sólo por eso hacía que valiera la pena pasarse la tarde entre probetas y tubos de ensayo!