Damián conoció a Marina por Internet unos tres años antes, aquel contacto previo internaútico se convirtió en una intensa relación que, aun pasando por distintas etapas y variada gama de colores, nunca dejó de ser intensa. Marina era muy especial usaba un seductor lenguaje que le atrapó desde el principio y su ternura le abrazaba como los brazos de un pulpo desde que se conocieron. Ella estaba casada con su antítesis un hombre burdo e incapaz de captar la sensibilidad más allá de su cuenta corriente, la que se dedicaba a engrosar con jornadas maratonianas de trabajo. Aquella amistad, a pesar de los quinientos kilómetros que le separaban se mantuvo y evolucionó en modos de comunicación, primero por el Chat, luego por los correos electrónicos y finalmente por las cartas. Marina disfrutaba escribiendo con su pluma de plata, cartas a Damián, donde su letra preciosista le transmitía primero curiosidad, luego cariño, al fin pasión y últimamente…temor. Sí, ella le decía que estaba preocupada por la actitud de su marido, lo notaba y lo sentía, ya lo había ella experimentado, que se estaba transformando en un hombre violento.            

            Imagínese la sorpresa de Damián cuando escuchó la noticia en la televisión de que Marina había sido asesinada de un disparo de revólver. Parecía que había sido un robo en la casa y la policía estaba investigando. Damián quedó alicaído y cabizbajo sin saber muy bien como reaccionar. Salió a la calle a despejarse un poco cuando mirando distraídamente en el buzón encontró una carta cuya letra reconoció al instante: ¡era de Marina! Rasgó el sobre con nerviosismo y, esta vez, la letra temblorosa reflejaba su miedo. Finalizaba diciendo que estaba aterrorizada pues el día anterior había visto cómo, su marido, cargaba una bala en un revólver y lo guardaba en un cajón.  Impelido por una fuerza misteriosa y la carta aún en su mano se dirigió en el coche a recorrer los kilómetros que le separaba de la ciudad donde había tenido lugar tan luctuoso suceso. En aquellas horas de conducción sus lágrimas se mezclaron con su rabia y concluyó que una buena venganza sería, mediante aquella carta, chantajear a aquel energúmeno y quitarle parte del lastre de sus podridas riquezas.            

               Llegó  al cementerio cuando el enterrador, cigarro en boca, daba las últimas paletadas de cemento al nicho tras el que había desaparecido el ataúd. Allí estaba el que supuso su marido, un individuo con aspecto taciturno y estudiada tristeza. Cuando lo vio salir solo, Damián se le acercó y le dijo que tenía que hablar con él de algo muy  importante. Agitó el sobre en su mano que el otro, ahora lívido, había reconocido, en seguida. El viudo le dijo que subiera a su coche y fueron a un apartado lugar, en mitad del campo, bajo un pino. Damián con esa fortaleza que le había dado la pena, le explicó todo como tenía esa carta en la que le ella le decía lo del revólver y la bala y que si quería que quedara callado debería darle 600.000 €.  A pesar de su ingenuidad, aún tuvo un instante infinitésimo pero suficiente en el que se dio cuenta de que Marina se había equivocado al contar y que, al menos, aquel revólver tenía dos balas.