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            No supo aquel humilde fontanero cómo se vio atrapado en aquella imagen. Todo empezó con una palmada en la espalda con la que un amigo le animó a presentarse a las elecciones municipales para completar las listas. Una mayoría absoluta lo convirtió en concejal y parlanchín y batallador pasó a diputado provincial. No fue consciente de la metamorfosis que iba sufriendo.            

             Su juego de herramientas quedó arrumbado en el garaje. Aquel traje que tenía para las bodas fue relegado por nuevos trajes de verano e invierno, de fiesta o de luto. Empezó a vestir de acuerdo con su imagen pública consciente de que, ahora, la gente se fijaba en él. Sus honorarios políticos engrosaban su libreta de ahorros cuando decidió cambiar su ford fiesta por un BMW con la excusa de que ahora tenía que ir mucho a la capital y no podía ir con cualquier coche. Aquel fontanero empezó a copiar lenguajes políticamente ininteligibles y nada comprometido lo que le hizo ascender en el partido, pasando a formar parte del comité provincial. Tuvo que ampliar el armario para poder meter tantos trajes y es que ahora salía mucho en las fotos de los periódicos y no era bueno para su imagen el repetir vestuario. Se compró un piso en la capital ya que se pasaba en ella toda la semana con tantas reuniones. A una de estas acudió el ministro y con él acabó tomando copas en la noche y con una creciente amistad. Tanta que una semana después le llamó para ofrecerle una Dirección General del ministerio en Madrid a la que él accedió encantado. Se trasladó a Madrid donde disfrutaba de sus contactos y relación con tanta gente importante. Dejó de ir al Corte Inglés, ahora sólo vestía de marca, para no enturbiar su imagen e iban a tomarle medidas al Ministerio. Salía tarde del mismo pero encontró un rato para recibir clases de golf y padel, convencido que en estos lugares se pergeñaban los grandes negocios.        

        En un cóctel con unos empresarios conoció y se lió con una azafata, joven, rubia y neumática y pensó que, sin duda, con mucha mejor imagen que su mujer, a la que dejó creyendo que era lo mejor para esa carrera meteórica que había iniciado. Se compró una casa en Las Rozas a la que puntualmente acudía el chofer a recogerlo. Disfrutaba cuando se miraba al espejo y observaba ahora a un hombre de mundo con imagen impecable, los trasplantes de pelo ni se le notaban, muy lejos de aquel fontanero pueblerino. Le gustaba sentirse importante y se veía como en un sueño de hadas. Pero pocos meses después aquel Ministro cayó en desgracia y cesado, y tras él como cuando se desmorona una bandeja de naipes fueron cayendo altos cargos, todos avispados encontraron acomodos variados, pero nuestro fontanero se encontró fulminantemente cesado con lo que su elaborada imagen quedó inmóvil para siempre en las escaleras de aquel ministerio a medida que las bajaba.            

         La rubia viendo el panorama se fue con otro alto cargo, más bajito y calvo que él, pero con más futuro. De las Rozas se tuvo que marchar en cuanto dejó de pagar la hipoteca. El BMW le fue embargado. En el club de Padel ya nadie le reconocía. Cuando volvió al pueblo ya le habían olvidado, no así su mujer que generosamente le puso en la puerta una maleta con sus antiguas prendas de vestir, porque hasta sus herramientas las había cogido su antiguo aprendiz hoy fontanero renombrado. Con aquella maleta a cuestas y arrastrando por el suelo penosamente su autoestima volvió a Madrid. Hoy trabaja junto al ministerio, aprovecha la sombra de aquella imagen suya paralizada en las escaleras, y con la gorra que usaba en los campeonatos de golf implora la caridad de los paseantes para que allí le depositen algunos céntimos.