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        Renata era una joven alegre y dicharachera, a quien un accidente de tráfico, cuando estaba saliendo de la adolescencia la convirtió en huérfana de padres y de esperanzas. Se tuvo que ir a vivir con una tía que no comprendía ese vicio de su sobrina por la lectura y que pensaba que le sentaría mal y como remedio y para que no se perdiera en medio de tantas letras, habló con una amiga para colocarla en su cafetería.

        Era una cafetería antigua con olor  a madera vieja y a polvo agarrotado en el que Renata pasaba las horas, los días y las semanas. En ella sentía que su cuerpo crecía y que su espíritu iba empequeñeciendo, por eso su semblante, para un observador atento, se iba oscureciendo y sus ojos, en otro tiempo vivarachos, iban abriéndose con esas formas que da la tristeza. Su pelo brillante y hermoso lo recogía en una cola con una simple goma sin otro aderezo. Y caminaba de un lado a otro con una bandeja en la que llevaba tazas, unas veces llenas y otras vacías, mientras su mente circulaba por otros lugares. Aprovechaba el poco tiempo libre para hojear el periódico en la barra o para emborracharse con las páginas de un libro que escondía tras la cafetera. A veces sólo eran tres líneas, pero le iluminaban el espíritu, le hacía reencontrarse con esa otra parte de ella que adivinaba dormida bajo su imagen. Pero donde más disfrutaba era cuando pasaba por delante de la puerta y asomaba su cabeza a través de ella oteando al mar.

        Y no se sabe cómo las esperanzas, a veces, crecen y anidan. Y Renata empezó a notar alas que la desplazaban por aquel constreñido lugar. Y sus lecturas tomaron formas de hadas y de amapolas, sus ojos empequeñecieron cuando la luz de la alegría los hizo brillar. Y un día, el último que se asomó a la puerta, se quitó la goma que sujetaba su pelo y dejó que el viento acariciara su melena. Y nadie en aquel maloliente café volvió a verla, aunque un cliente dijo que le pareció verla alejarse sobre las olas del mar y dice...¡qué sonreía!