20060615155323-pescadores.jpg

         Este mes de junio no estoy acudiendo demasiado al gimnasio, sin embargo he aprovechado algunos de los días en que el calor no ha sido sofocante, para pasear por la playa. Quizás no haya hecho tanto ejercicio físico como en el gimnasio, pero sin duda si que he realizado mucho de ejercicio síquico.  Sin  duda el mejor mes para disfrutar la playa es el mes de junio. La naturaleza,  ya despierta, nos anuncia el verano con su luz. Cuando puedo ir es a última hora de la tarde en que el sol aún brillando fuerte comienza a declinar. Hago el paseo a buen paso, me pongo el mp3 para ir escuchando música pero que no me impide oír el arrullo de las olas que van rompiendo a pocos centímetros de por donde camino. Mis  pies desnudos se deslizan por la arena dejando atrás un reguero de huellas sobre las que nunca podré volver. La brisa fresca y ligeramente húmeda del viento Sur ciñe todo mi paseo. Agradezco las gafas de sol para que no me hiera el brillo dorado que dinámicamente agita la superficie del agua y que, a la vez, me permite ver ese mundo vivo que bulle a mi alrededor. La playa está casi desierta, algo impensable el mes que viene a esta hora, pero eso no me impide a ver a algunas personas por allí.  

          En el camino me cruzo con otros paseantes unos con auriculares, otros con sombreros y, al fin, otros con las dos cosas, pero todos buscando mejorar su salud cardiovascular. Una abuela oronda y regocijada, al mismo tiempo, sujeta a su nieto que con sus primeros chapoteos la refresca de salpicaduras. Una joven madre toma el sol, sentada con la cabeza descolgada hacia atrás mientras sus hijos, laboriosos, construyen un castillo de arena de formas caprichosas.  Me sorprende ver a una señora mayor leyendo un libro del teólogo brasileño Leonardo Boff.  Una joven, de esas que dibujan un cuerpo que parece que no cambiará nunca, oculta tras unas gafas negras, lee un grueso libro. Su amiga al lado aprovecha esa peculiar intimidad para buscar pelos desperdigados por las piernas y castigarlos con las pinzas. Unos muchachos pescan junto a la orilla sus cañas se alzan enhiestas, mientras ellos, con esa paciencia que sólo da la pesca, permanecen con sus miradas fijas en el extremo de la caña. Tres señoras, en torno a una sombrilla, charlan animadamente mientras comen pipas y lanzan las cáscaras a la arena guarreando la playa, esperando que mañana la limpien porque como seguramente dirán cuando llegan: ¡hay que ver lo sucia que está la playa! Me cruzo con un grupo grande de disminuidos síquicos que toman el sol y se bañan, me llama la atención el cariño que ponen sus cuidadores que no dejan de estar pendiente de ellos. Una joven amazona chapotea con su caballo por la orilla, en una estampa única su imagen se cruza con varios barcos de pesca que salen a iniciar su jornada pesquera. 

           Cuando termino el paseo, el agua ya parece tragarse al sol y antes de salir de la playa, apetezco sentarme en la arena, frente al mar. Y mientras escucho el Canon de Pachebel, miro los mil matices de colores del cielo y el mar, saboreo el estar allí y me doy cuenta que soy un privilegiado teniendo esto tan cerca y accesible, lo que supone un verdadero ejercicio síquico de relajación y de alimento del espíritu. Vuelvo a agradecer el tener las gafas oscuras puestas, pero esta vez para ocultar de las miradas ajenas, en ese momento, el brillo que me ilumina los ojos.