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             Ayer mientras trabajaba me sorprendió una llamada del actual Director del colegio donde estuve trabajando hace unos veinte años. Ese mismo día iban a hacer una especie de recuerdo-homenaje a todos los que habiamos pasado por aquellas aulas, al parecer me habían mandado una invitación por correo pero había sido devuelta. Hay métodos más fiables de contacto, como la llamada que me estaba haciendo, y de haberlo sabido con tiempo probablemente hubiera recorrido los 600 km y veinte años que me separaban de aquel lugar. Eso no quita para que aquella llamada revolviera en mi interior muchos de los recuerdos que tenía dormido de mi última época de profesor.

             Era un centro de la antigua Formación Profesional donde diariamente lidiábamos con alumnos adolescentes la mayoría de los cuales estaban allí porque “no servían para estudiar”. Compleja paradoja la de tener que imbuirle el estudio no a chicos que querían estudiar otra cosa como una preparación a una profesión, sino a gente que no le interesaba en absoluto las aulas. No era extraño pues que en clase de Matemáticas, muchas veces, tuviéramos que re-pasar hasta la tabla de multiplicar. Sin embargo a pesar de aquel sobreesfuerzo al que obligaban las clases guardo muy buen recuerdo de aquellos cuatro años. La mayoría de mis compañer@s era gente joven y había muy buen ambiente, que nos llevaba a alargar nuestra labor educativa, más allá de las simples clases, con reuniones con los chicos e incluso excursiones y actividades de fin de semana.  Mi primer año fue bastante duro respecto al horario porque había dos turnos de clases, uno por la mañana de 8 a 14,30 y otro por la tarde 15,30 a 22 h.  Y mis 28 horas de clase se dispersaban de mala manera por todo aquel horario. Ello hacía que por ejemplo los lunes empezara a trabajar a las 12 de la mañana, los jueves sólo tuviera una hora de clase a las 9 de la noche y los viernes…tenía nueve horas de clase desde las 8 de la mañana hasta las 10 de la noche, lo que me hacía acabar la semana sin fuerza ninguna. Menos mal que en esos años jóvenes se puede con lo que a uno le echen y, sobre todo, porque al año siguiente aprovechando que marchó una compañera, mi horario se reestructuró y  quedé con turno de mañana solamente. 

                De aquellos años de inmersión profesoral quedé con un gran aprecio por la labor de los profesores, muy especialmente los que briegan día a día con los adolescentes, porque sé lo que es eso y en estos últimos años es, sin duda, mucho más complicado a causa del ambiente social que les ha tocado vivir.

                 Al atardecer, cuando parecía que este rebujillo de recuerdos se había sosegado ya, recibí otra llamada de teléfono. Ésta era de una amiga que sigue trabajando en aquel colegio, para decirme que me habían nombrado, como a tantos otros, en aquel acto y se había acordado de mí. Al escuchar aquella voz, otros recuerdos de tipo muy diferente se agitaron dentro de mí.