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               Cri-cri-cri. Marta abrió los ojos, en la oscuridad de su cuarto y prestó oído a aquel ruido que le había despertado. Era un chirrido constante que se detenía y se repetía insistente rompiendo el tenue silencio nocturno. Se dio la vuelta intentando dormir, pero la oreja se le escapaba en pos de aquel ruido machacón hasta que la desveló totalmente. Tres horas más tardes, nerviosa, sus ojos seguían abiertos mirando a la nada. A lo largo de aquel día sus ojeras fueron dilatándose hasta rozar el suelo. La noche siguiente aquel cri-cri volvió a despertarla y como si estuviera atrapada en el tiempo, volvió a desvelarse. Desesperada se levantó intentando averiguar el origen del sonido y saliendo y subiendo escaleras descubrió que provenían de dos pisos más abajo al suyo, lo confirmó cuando al acercar la oreja a la puerta, pudo escuchar perfectamente como esos chirridos se acompañaban  de unos característicos gemidos y jadeos. Allí se había mudado una pareja de edad parecida a la suya. Alguna vez los había visto en el ascensor y, por cierto, él no le había pasado inadvertido por su rostro moreno y atractivo, siempre coronado por una encantadora sonrisa, y sus formas perfectamente construidas. 

             A la tercera noche se acostó con un ojo abierto pero a mitad de la noche ya se le abrió el otro por los dichosos chirridos. A la mañana siguiente ya no podía más de cansancio, y decidió comentárselo a los vecinos. Sólo estaba la mujer, pero tras escucharla le dijo que en su casa hacía lo que le daba la gana y que si le molestaba que se pusiera tapones. Su poco ánimo decayó y comentando el tema con otros vecinos resultaba que nadie escuchaba aquello y dormían a pierna suelta durante toda la noche. Ya no sabía que hacer y tras quince días así su desesperación alcanzó cotas inimaginables. Su cansancio mermaba su paciencia y hacía sucumbir su fortaleza.            

          Al fin, días después, tuvo una idea desesperada. Se levantó en plena madrugada y se dio un baño relajante, la verdad es que eso de tener los oídos bajo el agua y no escuchar el imparable ruido, le sosegaba. Se peinó con cariño, se puso el mejor de sus maquillajes, que disimulaba sus ojeras y resaltaba sus ojos y rebuscó en su armario una lencería guerrera y un vestido escueto. Se pintó uñas y labios de un rojo carmesí y, tras ponerse unas gotas de perfume en su hondo escote, entró en el ascensor cuando escuchó cerrar la puerta por el vecino que se iba al trabajo. Cuando el entró en el ascensor se le quedó mirando como el que ve a la mujer de sus fantasías, especialmente  cuando Marta se le acercó al cuello se lo succionó y no haciendo caso a su cara de sorpresa le tiñó de carmesí todos sus labios. Cuando él quiso reaccionar el movimiento oscilante de ella sobre sus empinados tacones la hizo desaparecer tras la puerta abierta del ascensor en la planta baja.           

         A través de la ventana vio acercarse esa tarde a su vecino con gesto nervioso. De nuevo se hizo la encontradiza, en la escalera, esta vez fue él quien acercó los labios y ella quien los atrapó al vuelo y lo invitó a entrar, un momento le dijo, en su casa.  Desde aquella noche Marta durmió de maravillas, su vecino llegaba todos los días a su casa demasiado agotado. Y algo tenía Marta, además, a su favor: su cama no chirriaba.