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        Siempre había sido un positivista y había desconfiado de todo aquello que no era experimental: de pitonisas, chalanes, nigromantes, chamanes, hechiceros, curanderos, brujos, jugadores,... Nunca había echado una moneda al pozo de los deseos o había cerrado los ojos al soplar unas velas de cumpleaños.

        Pero un día mientras paseaba por la orilla del mar, esculcando entre la arena para hallar algún bivalvo al que clasificar en el laboratorio, descubrió algo cuyo brillo nacarado sobresalía de aquel manto de sílice. Excavando a su alrededor descubrió una hermosa caracola que lanzaba destellos de arco iris. La acarició entre sus manos y no pudo evitar esbozar un rictus sonriente al recordar aquello de que si uno se ponía una caracola en el oído se escuchaba el sonido del mar. No supo cómo se la acercó a su oreja derecha y se sorprendió al escuchar el ruido de un oleaje que rompía contra la orilla. Aquello fue como si rasgara un velo que le cubría y aquella desconfianza flaqueada en su punto más débil dio paso, desde entonces, a una credulidad ingenua. Cómo sería que se pasó toda la noche del doce de agosto, sin dormir, mirando al cielo pidiendo deseos a todas las perseidas que cruzaban sobre su cabeza.

         Lo que nunca se dio cuenta fue que, si aquel día que paseaba por la orilla, antes de coger la caracola hubiera prestado oídos al mar hubiera escuchado el mismo sonido exactamente que cuando se la acercó al oído.