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      El llevaba mucho tiempo allí, no sabía cuánto ni tal vez le importaba mucho. Quieto, hierático con esa frialdad que da la monotonía.  Fue, entonces, en medio de aquella monocorde existencia cuando apareció Ella. Ella era de formas redondeadas pero elegantes, de piel suave y sedosa, dispuesta a recibir siempre que fuera preciso y a transmitir siempre que fuera necesario.

       Cuando Ella se le acercó, El siempre tan brillante, parecía mirar hacia otro lado. Pero no pudo mantener mucho y tiempo esa sensación. El no se movía, ni siquiera emitía una leve vibración cuando, al fin, en medio de aquella soledad sus bocas se encontraron. Fue sólo un instante, lo que dura la explosión de un cohete, luego Ella se separó un poco pero permaneciendo muy próxima a El.

       El pareció ya no poder resistirse y como si la vida surgiera de lo más profundo de sí abandonó su quietud. Su cuerpo vibró y de su interior un ardor, ya casi olvidado, invadió su cuerpo de dentro a fuera.  Y en un determinado momento de su interior surgió un fluido cálido, ardiente que se derramó primero gota a gota y luego en cataratas sobre la boca de Ella. Ahora fue Ella la que, al recibir su preciada dádiva, se sintió crecer mostrándose ardiente y plena.

       Ya no hacía falta que Ella, la bolsa de agua caliente,  siguiera allí junto a El. Cumplido su objetivo se dio la vuelta y se fue alejando de El, el grifo, para con su contenido calentar los pies de otra Ella que carecía de un El.