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       Empecé mi viaje en el tren, y en uno de sus pasillos me encontré a un viejo amigo de los tiempos de Facultad. Parecía que era un encuentro providencial, porque hacía dos años que no nos veíamos y dentro de unos días se marchará durante varios años a trabajar a Chile, así que aquel bamboleo del vagón nos sirvió de charla y abrazo de despedida. Cuando llegamos a Almagro la primera imagen es la de una ciudad sosegada y tranquila. Las calles solitarias de chinos empedradas raramente vislumbran la presencia de vehículos de motor, abundando para desplazarse, soprendentemente, las bicicletas. Es de esos lugares de los que se siente nostalgia, una vez conocido, cuando uno tiene ganas de apartarse del mundanal ruido y refugiarse en el silencio ambiental.  Muchas iglesias y palacios jalonan sus calles embelleciendo la vista y el devenir por sus calles. El resto del año es un pueblo solitario pero en esta época bulle. En estos días del festival del teatro clásico todo parece girar en torno a este arte, no en vano es en esta ciudad donde se encuentra el Museo Nacional del Teatro.

      Toda la ciudad gira en torno a su plaza Mayor una plaza alargada y bien cuidada con una original estructura que recuerda, según decía uno que había viajado más que yo, a Bruselas. Siempre que salía era paso obligado y pude ver lo diferente que es esa plaza por la mañana cuando las sombras de las columnas se alargan con los rayos solares primigenios, a la tarde donde el calor silencia y vacía todos sus rincones. Al atardecer aquella cobra una vida inusual, todas las terrazas se llenan, muchos visitantes y mucha gente del mundo de la farándula, no era raro encontrarse por allí, a actores conocidos de series televisivas, al diseñador Elio Berhanyer que había ido a inaugurar una exposición de joyas o...a un vecino de mi pueblo.

       Las comidas allí son consistentes: migas de pastor, duelos y quebrantos, las famosas berenjenas de Almagro, un queso exquisito y chorizos y morcillas variadas. Una dieta que alimenta pero que si fuera habitual, producirá algo más que alimento. Aquí pongo mi "pero" y es referente al pan. En todos los lugares en los que he estado ponían rebanadas de pan de pueblo y he echado mucho de menos al pan blanco normal que es uno de los manjares que más aprecio.

       En cuanto a museos nombraré a dos de ellos. Por un lado el ya citado Museo Nacional del Teatro, que cuando me di cuenta estaba visitándolo el día siete del mes siete a las siete de la tarde, un museo relativamente interesante para visitar. Al entrar encontramos una frase de Shakespeare:

"Todo el mundo es teatro, y todos los hombres y mujeres no son sino actores. Tienen sus entradas y salidas de escena, y cada uno de ellos interpreta diversos papeles en la vida".

Tras pensar si tendrá razón el dramaturgo seguimos el paseo en el que podemos ver guiones mecanografiados, caricaturas, retratos, trajes de época usados por famosos actores. Distintos cuadros en el que destacaría uno de Madrazo en el que pinta a María Guerrero haciendo de doña Inés y cuidadas maquetas de obras teatrales, la que más me gustó fue una del Teatro Real en la que representaba la obra de "Los pescadores de perlas".  Algo que me pareció excesivo: la seguridad. Me parece necesaria la seguridad en los museos, pero hay formas más disimuladas de ponerla. En algunos momentos parecía que estaba visitando las joyas de la corona de Inglaterra. Entrabas en una sala y el vigilante te miraba de arriba abajo, y sentía esa mirada agarrada sobre mí durante todo el tiempo. Cuando me libraba de ella era porque ya me había atrapado la mirada del vigilante de la siguiente sala. Lo dicho: excesivo. También visité el Museo de encajes, dedicado a esa labor tan característica de este sitio como es el encaje de bolillos. Será porque carezco de la sensibilidad adecuada pero no me gustó, eso sí acaba uno enterándose de todas las intimidades del tal encaje de bolillos.

      Los espectáculos teatrales dominan todo el entorno. No es raro encontrar a los actores ensayando en distintos edificios o patios las distintas obras de teatro. A pesar de las dificultades que suele haber encontré entradas para dos obras. Las dos en lugares en escenarios bien acondicionados y empezando poco antes de las once de la noche. Todo perfectamente organizado incluida la adquisición de agua en aquellas calurosas noches techadas por estrellas. La primera obra fue "Don Gil de las Calzas Verdes" una comedia de enredos que me hizo pasar un buen rato. La otra fue la "Tragedia de Don Duardos" más bien la tragedia era de los sufridos espectadores, a pesar de ello todos aplaudimos, pero yo todavía días después de haberla visto me pregunto por cuál era el argumento. Tampoco hay que olvidar los espectáculos teatrales, como el de la foto, que se realizaban en la calle para disfrute de todos. Siempre es bueno hacer algo distinto en vacaciones y en estas impregnadas de teatro lo he conseguido.