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Hay veces que sin nadie que te lo aconseje, ni saber cómo llega a mis manos un libro que luego resulta ser una verdadera joya, eso es lo que me ha pasado con “La mujer justa” de Sándor Márai. No conocía nada del autor, ni del libro y de empezar a leerlo como uno más, en cuanto llevaba leídas una cuantas páginas el estilo me atrapó.

El autor, Sándor Márai, nació en 1900 en una población húngara, hoy perteneciente a Eslovaquia. Fue un autor reconocido por la crítica y el público europeo hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. En 1948 va al exilio comenzando un peregrinaje por París, Londres, Palermo, Canadá, que finalizará en San Diego (California). En 1989, tras la muerte de su mujer y su hijo, se suicidó.

La mujer justa está compuesta de tres partes, las dos primeras publicadas en 1941 en Hungría y la tercera escrita en el exilio italiano se añadió posteriormente. La forma de escribir esta novela, me parece sumamente meritoria ya que está escrita en forma de tres monólogos, un género complicado donde los diálogos no aparecen, simplemente esas reflexiones del personaje dirigidas a un interlocutor anónimo  que consiguen atrapar la atención del lector. En la primera parte es una mujer, Marika, la que cuenta a una amiga cómo descubrió que su marido la engañaba, aunque no tenía una amante. Ese hueco ocupado por el engaño hace que la mujer no pueda sentir ese amor que hubiera necesitado. En la segunda parte es el marido, Péter, el que cuenta su historia, su matrimonio y a una muchacha mucho más joven que él, con la que se casó. En la última parte es Judit esa muchacha pobre, sirvienta, que un día se enamoró de un hombre rico la que cuenta su vida. Pocos personajes pero sus vidas se entrelazan una y otra vez a través de estas páginas.

La capacidad observadora de Márai se despliega  a través de todo el libro. Un libro que hace pensar, ya que reflexiona sobre multitud de temas: la pobreza, la felicidad, el amor, la cultura, el sexo, las relaciones entre clases sociales. Y no es difícil que al leer alguno de estos temas nos interpele y debamos detener la lectura para reflexionar sobre lo leído.

 

“Y también conocía el movimiento ondulatorio que empuja continuamente al ser humano entre la satisfacción y el deseo, entre la sed y el hastío, en una oscilación que atrae y repugna a la naturaleza humana sin darle paz ni solución. Todo esto lo sabía, aunque no con la certeza con que lo sé ahora que me acerco a la vejez. Quizá entonces todavía alimentaba una esperanza en el fondo de mi corazón, esperaba que existiese un cuerpo, un único cuerpo capaz de acoplarse en perfecta armonía a otro cuerpo para aplacar la sed del deseo y el hastío de la satisfacción en una especie de manso reposo, en ese sueño que los hombres suelen llamar felicidad. En la vida real no existe, pero yo entonces no lo sabía.

En la vida real sólo a veces la tensión del deseo, la excitación no va seguida de una fase de introversión, de ese profundo abatimiento que aparece una vez satisfecho el deseo. Desde luego, también hay hombres que se comportan como cerdos, para lo que todo es absolutamente indiferente, que ponen el deseo y la satisfacción en el mismo plano. Quizás sean los únicos que de verdad se sienten saciados. Pero yo no deseo esa clase de saciedad. Como te he dicho, en aquella época no lo sabía con certeza; quizá tenías esperanza en algo, pero sin duda me despreciaba un poco a mí mismo y, en una situación tan grotesca como aquélla, me reí de mis propios sentimientos. Había muchas cosas que todavía no sabía, por ejemplo que cuando un ser humano obedece a la ley de su cuerpo y de su alma nunca es ridículo”.