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       Uno de los días que estuve en Almagro tuve la "genial" idea de montar en el autobús para ir de visita a Ciudad Real, que se encuentra a 23 km. Hacía muchísimo calor. Lo primero fue encontrar la estación de autobuses. Esta consiste en un pequeño edificio en el que hay un bar en torno al cual para el autobús, ni marquesina ni nada que se le parezca. Me di cuenta que todo el mundo pedía turno y tras ponerme en la cola hice lo propio. Luego me explicaron que es que el autobús solía llegar ya lleno y no era extraño que algunos tuvieran que quedar en tierra, hasta que avisado otro autobús llegaba de Ciudad Real. Finalmente todos entramos aunque a los últimos de la cola les tocó ir de pie. Ya me imaginaba las cestas con las gallinas, pero no, lo único que me tocó delante fue una veinteañera que estuvo todo el rato hablando con una amiga superpija que se jactaba de que en Ibiza, como era azafata, entraba en todas las discotecas porque conocía a todos los relaciones públicas que, encima, le invitaban.

       Llegué a Ciudad Real, allí estuve veintidós años antes, viviendo durante nueve meses en el que fue mi inicio como docente, una profesión que me encantaba, pero de la que las circunstancias de la vida me apartaron a empellones. La ciudad está muy cambiada, me costó reconocer muchos de sus antiguos rincones, el paso del AVE y la cercanía a Madrid la han transformado. Aunque, entonces, tuve a ciento veinte alumnos no me encontré a ninguno por la calle. Eso era lo que me esperaba porque me hubiera resultado difícil reconocer a aquellos simpáticos niños de diez años en los actuales y sesudos padres de familia en que se han convertido. Visité el colegio por el que anduve y me di cuenta que los muros a pesar de que envejezcan lo hace menos que las personas con las que allí me encontré. Me senté en una plaza a recuperar fuerzas y en la mesa de al lado reconocí a un conductor de autobuses de mi pueblo con el que me puse a hablar. Tomé una cerveza con tapa y ya me iba a quejar del tamaño ridículo de la misma cuando me advirtieron que estaba incluída en el precio de la bebida.

       Como seguía haciendo mucho calor y ya había recorrido lo principal me volví hacia la estación de autobuses para hacer el viaje de vuelta. El autobús de nuevo saturado de pasajeros. Detrás mía la veinteañera de la ida que volvía de compras y que se puso a hablar con otra, no era la superpija, que estaba al otro lado del pasillo:

-Te has enterado de que X, tienes novio?

-Ya es mayorcita, tiene al menos veinticuatro años, aunque el novio es mucho mayor.

-Tú crees? No me lo parece tanto.

-Que sí, que tiene unos cuanto años más seguro, se le nota en la pinta que tiene.

    En esto uno que está a mi lado interrumpe la conversación, soprendiéndonos a todos: ¡Veintiocho! ¡Veintiocho años tiene!. Y ante la sorpresa de las dos interlocutoras, añadió: que sí, que es muy amigo mío y cuando baje os puedo enseñar hasta una foto que tenemos juntos. Las dos chicas pusieron cara de no saber donde meterse y yo no pude aguantar la risa. Si no fuera por estas distracciones que agobio de viaje. El autobús tenía el aire acondicionado puesto pero eso no impedía que las gotas de sudor chorrearan bajando mi cuello.