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      No le resultó extraño a la florista aquel individuo, envuelto en un aire misántropo, la primera vez que fue a encargarle un ramo de flores para entregarlo al día siguiente. Le dijo que preparara uno a su gusto, el más bonito que se le ocurriera, que quería enviarlo. En una tarjeta a la vista de ella escribió unas hermosas palabras de amor, antes de pagarle. El repartidor cuando fue a llevarlo se dio cuenta que la casa no existía y lo trajo de vuelta a la floristería donde permaneció adornándola hasta que se marchitó. Al mes siguiente volvió por allí, ella ahora se fijó en él tenía una cara amable y no supo por qué no se atrevió a decirle que aquel ramo no había podido entregarse. Repitió el mismo ritual y ella eligió un hermoso ramo. De nuevo el repartidor tuvo que volver con él porque ahora, una dirección distinta, tampoco existía. Y así un mes y otro como una rutina elaborada, cada encargo terminaba indefectiblemente presidiendo, a modo de reclamo , el mostrador de la floristería.

       Durante poco más de tres años, la entrada de aquel hombre en la floristería se hizo habitual. Ahora era como un cliente habitual de esos que no tienen que decir lo que quieren y las sonrisas de él y la florista presidían el local durante aquel rato. Pero aquel día aquel hombre solitario al doblar la esquina, perdido en sus ensoñaciones, no advirtió un camión que se le echó encima y detuvo su corazón para siempre.

       Al día siguiente, como todos los meses, se iba a proceder al reparto de aquel ramo póstumo, pero el repartidor no acudió a trabajar, la impresión que le causó el ver un atropello mientras hacía un stop con la moto, le hizo desmayarse y darse un golpe en la cabeza. Esta vez fue la florista tras un día de mucho trabajo, era el dos de noviembre, la que tuvo que llevar el ramo a la dirección indicada en la tarjeta. Como era de suponer no existía y con la duda de si volver a la floristería pasó por delante de la puerta del cementerio donde se vio arrastrada hacia dentro por una muchedumbre armada toda ella con ramos en las manos. Paseó de manera distraída por entre las tumbas, todas estaban cargadas de flores, había una muy reciente, era de alguien que había muerto el día anterior, aún no había fraguado el cemento de la lápida.  De pronto sintió una gran pena ante aquella tumba desnuda y dejó aquel precioso ramo a sus pies. Poco podía imaginar la florista que aquella tumba era de aquel hombre que se lo había encargado y como los muertos nunca hablan, de lo que tampoco pudo enterarse es que aquellos encargos no eran más que una excusa que tenía aquel hombre, secretamente enamorado de ella, de verla todos los meses y mandarle un ramo de flores, sin duda, el preferido de ella.