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            Al fin lo consiguió, por primera vez en muchos años logró tomar unas soñadas vacaciones. Las preparó minuciosamente para que no le fallaran y se fue a un lujoso hotel de montaña. Desde la mañana a la noche tenía todo su tiempo organizado: desayuno, andar por la sierra, piscina, ducha, almuerzo, siesta, lectura, merienda, piscina, cena y mirar a las estrellas durante un buen rato antes de dormir. Pero transcurrido el primer día se percató de que aquellas vacaciones no serían tan relajadas si no era capaz de dejar de enturbiar su corazón con esos dimes y diretes que le rodeaban en su rutina diaria, esos amagos de cariño, esos ensayos de querencias y confusos sentimientos que le envolvían. Lo mejor era dejar que, también, su corazón reposara y cesara un poco en su aceleración ventricular. Y aquella segunda noche tras contemplar las estrellas, divisar tres cometas y un posible ovni, se fue a la cama con esa decisión: enlentecería un poco su corazón. Pero como nunca se sabe de qué somos capaces cuando decidimos algo, parece que, lo hizo demasiado.

                 A la mañana siguiente la limpiadora del hotel lo encontró tendido en la cama con el corazón totalmente paralizado. Pero lo peor no fue eso, sino que había pagado por adelantado quince días de estancia.